Venganza

VENGANZA VS AMOR
¿Qué pasa si tienes que elegir entre cumplir la venganza por la que llevas luchando toda la vida o conseguir el amor que no sabías que querías?
¿Qué sentimiento será más fuerte?
Giulia Ricci es soñadora, inteligente y preciosa. Está absolutamente fuera de mis límites. No debería fijarme en ella, pero, sobre todo, no debería dejar que se cuele en mi interior. ¿Cómo voy a poder cumplir con mi venganza cuando tengo su esencia tatuada en el alma?
Drago Russo es el mejor amigo de mi hermano. Esquivo, solitario e intenso. Todo lo que me vuelve loca en este mundo. Llevo enamorada de él desde siempre. No sé cómo lograr que se fije en mí. Solo sé que es peligroso. ¿Será esa certeza suficiente para conseguir alejarme de él?
¿Y si, cuando decides experimentar pensando que vas a alcanzar la felicidad, te das cuenta de que exponerte te hace vulnerable?
PERSONAJES
Drago Russo

Giulia.
La última persona que quiero ver en el mundo.
Una cosa es saber que este año va a estar en Nueva York, demasiado cerca de mí, si se me permite opinar; y otra muy diferente es que venga a mi propia casa.
Es un problema enorme, sobre todo porque me había jurado a mí mismo mantenerme lo más alejado posible de ella.
En principio era sencillo. Esta ciudad es tan grande que no tendría que preocuparme por encontrármela por casualidad. En especial, porque no vamos a frecuentar los mismos lugares. Pero ¿cómo cojones se supone que lo voy a lograr si aparece por mi apartamento?
El corazón se me para de golpe al comprender lo que eso puede significar. Enzo no pretenderá que ella se quede aquí…
—Verás… Mi hermana ha tenido que buscar otro piso… —Mi amigo parece ligeramente avergonzado, pero las explicaciones que intenta darme se apagan en el mismo momento en el que oigo pasos y mi visión se dirige al pasillo. No desaparecen porque él deje de hablar, sino porque yo no puedo centrarme en otra cosa que no sea ella.
Todo. El tiempo, el espacio y el sonido palidecen en comparación con la promesa de su presencia.
(…)
Para mí, ella es el mayor peligro del mundo.
Ahora, sus ojos caramelo hacen contacto con los míos y fulminan todo lo que hay en un kilómetro a la redonda.
Estoy perdido.
Quizás lo he sabido siempre.
Debo resistir a la tentación.
Giulia Ricci

—Esto no va a acabar bien —asegura Elisabetta, llevándose las manos a la cara cuando nos quedamos solas en mi habitación.
—¿Cómo que no? Es la mejor idea que he tenido nunca.
—Francamente, me preocupa mucho que pienses eso. Es imposible que tu maravillosa idea —dice haciendo comillas con los dedos para que entienda que es sarcasmo, pero no habría hecho falta, ya que desde su postura corporal hasta la forma en la que pone los ojos en blanco lo gritan muy alto por ella— funcione. De hecho, vaticino que va a provocar un desastre de niveles nucleares.
—No seas dramática, es perfecto. Drago está aquí. Siempre he sentido algo por él y ahora lo tengo justo al lado cuando me he propuesto experimentar. Es absolutamente maravilloso. Es el destino.
Elisabetta abre la boca tan grande que me hace reír, y eso que no pretende ser cómica. Se la ve preocupada de verdad.
—No puedo creerlo. ¡En serio piensas que es un buen plan!
—Pues claro.
—¿Pero tú has visto a ese hombre? —pregunta, y al instante noto como las mejillas se me calientan. Oh, sí. Lo he visto demasiado bien—. Vale. No hace falta que respondas.
—¿Qué le pasa?
—Que es completamente inalcanzable. Un témpano de hielo es más templado que él. No sabe hablar sin gruñir, no le gusta la gente, no lo he visto sonreír en la vida. Me atrevería a añadir incluso que es peligroso.
—No digas tonterías. Lo conozco desde hace mil años y te aseguro que no es capaz de dañar a nadie.
—Creo que no estamos hablando de la misma persona, Giulia.
—Desde luego que no. Ninguna excusa que me des me va a hacer cambiar de opinión.
—Dios, es imposible razonar contigo —asegura, tumbándose de espaldas en la cama. Un gesto muy dramático, si a alguien le interesa mi opinión—. Cuando te rompa el corazón en vez de consolarte me jactaré de que te lo había advertido.
PRIMEROS CAPITULOS
PRÓLOGO
DRAGO
—¿De quién es esta maleta? —pregunto, pero no me hace falta escuchar la respuesta de Enzo porque el propio objeto lo grita por sí mismo. ¿Qué otro ser humano sobre la faz de la tierra tendría una maleta en forma del libro de Orgullo y prejuicio además de ella?
Giulia.
La última persona que quiero ver en el mundo.
Una cosa es saber que este año va a estar en Nueva York —demasiado cerca de mí, si se me permite opinar—, y otra muy diferente es que venga a mi propia casa.
Es un problema enorme, sobre todo porque me había jurado a mí mismo mantenerme lo más alejado posible de ella.
En principio era sencillo. Esta ciudad es tan grande que no tendría que preocuparme por encontrármela por casualidad. En especial, porque no vamos a frecuentar los mismos lugares. Pero ¿cómo cojones se supone que lo voy a lograr si aparece por mi apartamento?
El corazón se me para de golpe al comprender lo que eso puede significar. Enzo no pretenderá que ella se quede aquí…
—Verás… Mi hermana ha tenido que buscar otro piso… —Mi amigo parece ligeramente avergonzado, pero las explicaciones que intenta darme se apagan en el mismo momento en el que oigo pasos y mi visión se dirige al pasillo. No desaparecen porque él deje de hablar, sino porque yo no puedo centrarme en otra cosa que no sea ella.
Todo. El tiempo, el espacio y el sonido palidecen en comparación con la promesa de su presencia.
El pensamiento ridículo que tuve cuando volví a verla en verano me atraviesa con fuerza, como si mi yo del pasado sintiese ganas de reírse de mí. «Si hay alguien con quien puedo mantener las barreras bajas, es con ella; es dulce y buena. No pasa nada malo por que me abra un poco. En septiembre cada uno continuará con su vida y esto no será más que un recuerdo de cuando me permití respirar un poco y distanciarme de la venganza». ¿Cómo fui tan ingenuo?
Ese fue mi primer error.
El segundo: no darme cuenta de que era emoción lo que me revolvía el estómago.
Para mí, ella es el mayor peligro del mundo.
Ahora, sus ojos caramelo hacen contacto con los míos y fulminan todo lo que hay en un kilómetro a la redonda.
Estoy perdido.
Quizás lo he sabido siempre.
Debo resistir la tentación.
PRÓLOGO
GUILIA
Me paro frente a la puerta del despacho de mi padre con el estómago revuelto.
Faltan dos semanas para que abran las inscripciones en la universidad y se me acaba el tiempo.
Es ahora o nunca.
—Adelante —dice, unos segundos después de que mis nudillos toquen la madera maciza.
Trago saliva y empujo.
—Hija —me saluda con cariño mientras camino hasta su escritorio.
Nos observamos y el silencio nos rodea durante unos eternos instantes hasta que no puedo soportarlo.
Estallo.
—Quiero ir a estudiar Literatura a la Universidad de Columbia, en Nueva York. —Las palabras me salen en un torrente ininteligible que, francamente, dudo que mi padre haya podido captar. Y eso que llevo semanas practicándolas, por no decir meses, delante del enorme espejo de cuerpo entero de mi habitación.
No soy una persona sutil y nunca lo he sido. Tras dieciocho años a mi lado, mi padre está más que acostumbrado a ello, así que no se sorprende de que no me ande con rodeos antes de pedir lo que quiero.
Para mi desgracia, me conoce tan bien que no tarda ni dos segundos en darse cuenta de lo que de verdad sucede. Una sonrisa molesta se forma en su cara.
—¿Qué tendrá Drago Russo que hace que mis hijos lo persigan hasta el fin del mundo?
—No es eso —le respondo, notando cómo las mejillas se me calientan y se tornan de un delator tono frambuesa—. Elisabetta y yo queremos ver mundo, empaparnos de otras culturas.
—Claro, hija —me interrumpe él con una voz que deja absolutamente claro que no se cree ni una sola palabra, pero que me respeta lo suficiente como para no hacerme confesar en este momento mis verdaderas intenciones—. Tu hermano me dijo algo muy parecido hace tres años.
—¿Y?
—Pues supongo que poco puedo hacer para que no sigas sus pasos.
Sonrío.
Empieza un nueva era para mí.
CAPÍTULO 1
UNIVERSO
Definición oficial: todo lo que existe físicamente, la totalidad del espacio y del tiempo, de todas las formas de la materia, la energía, y las leyes y constantes físicas que las gobiernan.
Drago’s version: este puto lugar del que deseo desaparecer con toda mi alma.
GIULIA
Presente
Escuchar una conversación a escondidas puede ser más peligroso de lo que una se imagina.
«Menuda mojigata».
«Es terrible no poder gritárselo a la cara porque su padre sea Bastian Ricci».
El diálogo que he captado esta mañana fuera del baño se repite una y otra vez en mi cabeza como una burla dolorosa.
A mi favor diré que, si mi nombre no hubiera salido de sus bocas, no les habría prestado atención, pero, cuando lo han pronunciado, me ha resultado inevitable.
He aguantado bastante bien que se burlasen por mi falta de experiencia, pero, cuando han empezado a preguntarse que cómo pretendo ser escritora si no tengo nada que contar… Eso sí que me ha dolido. Mi sueño. La ilusión de mi vida… Algo se ha roto en pedazos dentro de mí. Es complicado luchar contra su afirmación de que no valgo cuando yo me lo repito a mí misma todos los días.
No sé quién es peor, si ellas o el síndrome del impostor.
He crecido escuchando cosas como «Eres demasiado joven para ser escritora», «Escribir no te va a dar de comer. Menos mal que tu padre es un empresario de éxito y te puede mantener…».
¿Cómo de feo es que te entren ganas de asesinar a quien te lo dice en vez de sonreír sutilmente como si no te importase y te estuvieran regalando la mayor enseñanza de tu vida?
Por eso he irrumpido en el baño, para que dejasen de poner en palabras lo que se repite cada día en mi cabeza.
Se han callado al instante y me han saludado con sendas sonrisas falsas, que apenas he registrado, tratando como estaba de no atragantarme con la bilis. Suelo ser mucho más valiente que en ese momento. De hecho, en cualquier otro escenario me habría enfrentado a ellas. Pero hoy, tras tirarme un rato encerrada en uno de los lujosos cubículos —donde ni siquiera he sido capaz de hacer pis—, he salido casi corriendo.
Después, me he replanteado toda mi existencia.
Cosa que no debería haber sucedido.
Hecho del que me avergüenzo.
El problema es que han conseguido que tenga ganas de pasar el verano más loco posible.
En principio, descubrir lo que piensan sobre mí no tendría por qué afectarme tanto. Pero una cosa es tener las cosas claras en el plano teórico y otra muy diferente, cómo actúas cuando la situación se te presenta de verdad.
Ni todos los vídeos de crecimiento de YouTube consiguen prepararte para la vida real, lo que es duro de narices.
Por eso me paso toda la mañana de mi último día de instituto antes de irme de vacaciones a Lierna reproduciendo esas tres palabras en mi cabeza una y otra y otra vez.
«Es una mojigata».
Las repito hasta que, por desgracia, me las creo.
El cerebro es una mierda.
Los sentimientos, todavía más.
Cuando, por fin, a última hora me encuentro con Elisabetta, le cuento todo en una explosión de emociones. No tengo muy claro cómo logra comprenderme, pero el caso es que lo hace.
—No le des vueltas, Giulia. Da lo mismo lo que piensen. Escribes muy bien.
—Eres mi mejor amiga.
—Y absolutamente sincera —responde, y lo sopeso durante unos segundos.
—Vale, en eso tengo que darte la razón —claudico—. Pero es que me molesta. Sería justo decir que vivo en mundos que solo existen en mi cabeza o en los libros, pero de ahí a jactarse de que soy una mojigata… ¿Sabes la cantidad de hombres que han pasado por mi cama?
Elisabetta se ríe.
—Los ficticios no valen. Se refieren a sexo en el plano real. Donde, te recuerdo, no ha entrado nadie.
—Todavía —la corto.
—En mucho tiempo no lo hará.
—Eso no es verdad —respondo molesta, porque bueno, estoy molesta.
—Lo será mientras sigas suspirando por un hombre que se fue hace cuatros años y que no va a volver. Lo será mientras, en vez de tratar de vivir, te escondas en los libros.
—No me escondo —me quejo, pero la fuerza en mi voz ha desaparecido porque, aunque a ella no se lo vaya a reconocer, un poco de razón sí que tiene.
¿Qué voy a hacer si ningún hombre es ni ha sido nunca comparable con Drago?
—Giulia…
—Estoy bien, de verdad que sí —miento descaradamente, y ambas lo sabemos.
Mi mejor amiga tuerce el gesto como si no quisiera acabar con la conversación, pero, cuando me mira a los ojos, debe ver lo dolida que estoy, ya que decide dejarlo correr.
—No les hagas caso y sigue luchando por tu sueño. Vales mucho, transmites tantos sentimientos con tus palabras que el mundo no puede perdérselas. Además, en septiembre estaremos en Nueva York y podrás probar un montón de cosas nuevas.
Mi estómago hace una enorme pirueta ante la mención de Nueva York, porque ahí es donde siento que va a empezar mi vida de verdad. El problema es que tiene mucho que ver con que Drago esté allí. No quiero reconocerlo, pero creo que, mientras no cierre el ciclo con él, nunca podré intentarlo con otro hombre. No querré hacerlo.
Quizás Eli tenga razón y debería experimentar. Tengo ganas. Quiero dejar el pasado atrás.
Es el momento de cambiarlo todo.
CAPÍTULO 2
FASES DE LA LUNA
Definición oficial: la Luna recorre su órbita en torno a la Tierra. A medida que gira a nuestro alrededor, el globo lunar recibe la luz del Sol desde diferentes direcciones y esto hace que vaya cambiando de aspecto.
Drago’s version: o cómo toda mi vida cambia por una pequeña decisión.
DRAGO
Mi hermanastro está sentado entre el público, en un lugar apartado sobre todos los demás. Es un cabrón prepotente al que le encanta dejar claro que es importante. Que deben temerlo. A mí, su actitud solo consigue que me entren ganas de saltar del ring y reventarlo a hostias. Ojalá pudiera luchar contra él en el campeonato, sería el jodido momento más feliz de mi vida.
Pero tengo que olvidarme de él, estoy en medio de una pelea.
Me centro en mi oponente y le lanzo una serie de puñetazos, antes de perder la batalla contra mí mismo y volver a llevar la mirada hasta mi hermanastro. Él sonríe de forma maquiavélica. Le encanta joderme. A veces fantaseo con decirle que tenemos el mismo padre y sentarme a ver su reacción, pero me contengo. Esa patética venganza no es comparable con la que tengo entre manos. Se enterará en el debido momento. Eso es todo lo que importa.
Mi oponente se acerca y le permito darme un derechazo, pero apunta tan mal que, en vez de en la cara, termina acertándome en el hombro.
Cuando su guante impacta contra mi articulación, esta se me sale unos centímetros.
Joder.
No debería haber dejado que me golpease. No debería haberlo hecho para dar un poco de juego y que este no sea otro aburrido combate en el que, técnicamente, estoy muy por encima de mi oponente —que va hasta arriba de esteroides y no le hubiesen dejado pelear si fuese un circuito legal de boxeo—. Siempre me preocupo de ofrecer un buen espectáculo para que el público continúe abarrotando mis peleas. Cuanta más gente me siga, más altas serán las apuestas sobre mí y más fácil llamarán la atención de mi padre.
Mi contrincante da un par de saltos mal coordinados frente a mí, encantado de haber golpeado a la leyenda. Todos sus movimientos gritan bien alto que no es un profesional, solo un tío que se ha pasado con el dopaje y se ha sentido lo suficientemente grande como para probar el boxeo.
Mi tolerancia al dolor es bastante alta, pero, cuanto más alargue la situación, más grave se hará la lesión, y no puedo permitirlo. Quiero estar en plena forma cuando empiece la liga clandestina en septiembre.
Tengo que estarlo.
Nadie puede enterarse de que se me ha salido el hombro. Hay mucho dinero y prestigio en juego en este mundillo como para que vean un punto débil. Me pasaré toda la temporada recibiendo golpes en el mismo sitio una y otra vez. No lo permitiré. Este va a ser mi año. El año en que voy a ganar y terminar con todo.
Nada me va a desviar de ese camino.
Miro detrás del hombre, hacia el poste más cercano del cuadrilátero, y calculo mentalmente la distancia. Con mi mano dominante fuera de combate y un dolor insoportable recorriéndome el brazo, me ensaño con su estúpida cara en una serie de hooks rápidos y luego finjo trastabillar. Mientras mi oponente todavía está asimilando los golpes, yo giro el cuerpo para colocarme en el ángulo correcto contra el poste. Casi se me escapa un grito de alivio cuando caigo sobre el hombro y este se me encaja. Me contengo para que mi cara no exprese nada. Luego, me doy la vuelta y lo ataco de nuevo, esta vez con ambos puños. Jab, cross, jab, cross, haciendo caso omiso del dolor.
No tarda en caer al suelo, hecho un amasijo de sangre y carne. Dentro de unas horas, ni siquiera su propia madre lo reconocerá.
Espero paciente, recuperando el aliento, mientras el árbitro cuenta los segundos. No habría hecho falta. Es más que evidente que se ha desmayado. Pero, de nuevo, vivimos para el espectáculo.
Cuando me levantan la mano que me alza victorioso, la multitud se vuelve loca gritando, silbando y ensalzándome. Ojalá su fervor me llenase lo más mínimo.
Me bajo del cuadrilátero y me dirijo a los vestuarios sin esperar ni a Enzo ni a mi entrenador. Sé que vendrán conmigo. Son las únicas personas en las que tengo confianza plena.
Solo quiero que la puta noche termine de una vez.
Nada más poner un pie en la estancia, me dejo caer en el incómodo banco de madera y cierro los ojos, molesto, sabiendo que me espera una buena bronca, para la que no me queda paciencia.
A decir verdad, nunca tengo paciencia para nada.
—Has sido descuidado ahí arriba —me amonesta Maverick en el mismo momento en el que atraviesa la puerta.
Hago caso omiso de su observación porque sé que se preocupa por mí mucho más de lo que me merezco. Tiene razón, pero no pienso reconocerlo, y tampoco voy a negarlo, no tengo ganas de discutir. Estoy dolorido y cansado. Cansado de la vida, supongo.
Solo quiero que termine la noche y todos me dejen en paz.
—Quizás no te hayas dado cuenta de que he ganado —no puedo evitar farfullar para ver si con eso hago que disminuya el sermón que está deseando echarme.
—Se te ve agotado, tío —interviene mi mejor amigo. Lo que faltaba, que los dos se pongan a tocarme los huevos en equipo—. Deberías regresar conmigo a casa.
Ahí va otra vez Enzo. Cada jodido año intenta convencerme de lo mismo. No es algonuevo, pero lo que sí me sorprende es la forma en la que reacciona mi cuerpo al escucharle. Que mencione nuestro hogar me hace sentir una punzada en el pecho con la que no estoy familiarizado y que rechazo por completo. Una punzada que se parece demasiado al anhelo. Pero ¿qué puede anhelar alguien como yo, que ni tiene futuro ni quiere tenerlo?
Hace tiempo que mi existencia se basa exclusivamente en cumplir un propósito: la venganza.
Hace tiempo que lo único que impulsa los latidos de mi corazón es la certeza de que, pronto, mi padre encontrará su final, ese que tanto merece, de mis propias manos. Solo respiro para poder sentir cómo se le escapa la vida del cuerpo mientras le rodeo el cuello de forma implacable.
—No tengo tiempo para eso —le respondo lo mismo que cada año desde que volvimos a juntarnos.
—Me temo que ahora sí que lo tienes. —Señala mi hombro con un ligero movimiento ascendente de la cabeza antes de volver a clavar sus iris marrones en mí—. No creo que puedas hacer mucho con una lesión —asegura con un brillo de ojos malvado, de quien sabe que tiene la victoria de su lado. Pero no me conoce lo suficiente si cree que con eso va a lograr convencerme.
Cómo me jode que se haya dado cuenta de lo sucedido sobre el ring.
—Cállate, Enzo.
—El chico tiene razón —me corta Maverick mientras revisa mi hombro. Es jodidamente molesto que tanto mi entrenador como mi mejor amigo se pongan de acuerdo para tocarme las pelotas.
—¿Es que acaso ahora vais a uniros para estar en mi contra? ¿Debo deciros por dónde deberíais meteros vuestros consejos de mierda? ¡Joder! —exclamo cuando Maverick aprieta el dedo en el lugar exacto en el que se me ha salido la articulación—. Deberías tener más cuidado, eso duele un huevo —digo, apretando los dientes para no dejar escapar la retahíla de insultos que me llenan la boca. Es algo que a mi entrenador no le gusta y, aunque no se lo demuestre nunca, lo respeto lo suficiente como para ser lo menos maleducado posible en su presencia. Tampoco me cuesta tanto.
—Como te iba diciendo, Drago, Enzo tiene razón. Por cómo se te ha desencajado el hombro, vas a estar alejado de las peleas un par de meses.
—Mierda.
—Le he mandado un mensaje al doctor para que pase por el vestuario.
Justo en este preciso momento, como si mi entrenador lo hubiera invocado con su sola mención, Hunter entra a la roñosa y destartalada estancia. Me tenso. Espero que a mi hermanastro no se le ocurra venir por aquí también. Estoy demasiado cerca del borde.
—Vamos a revisar cómo estás —murmura, dejando el maletín de cuero a mi lado en el banquillo. Un maletín que es demasiado lujoso incluso para una clínica privada. Desentona completamente con el lugar en el que estamos. A decir verdad, desentona por completo con el barrio entero. Por supuesto, nadie se atrevería a meterse por eso con él. No si aprecian su vida. Cualquiera que conozca un poco el submundo de Nueva York y le lance una sola mirada a Hunter, no tardará en darse cuenta de que todo, desde su carrera hasta el traje negro de tres piezas que lleva, está patrocinado por la mafia.
—¿Es que a nadie le ha pasado desapercibido que me he lesionado? —mascullo cabreado.
—Sí, pero a los que te conocemos no puedes engañarnos. —Hunter responde a mi pregunta retórica—. No deberías combatir en estos lugares de mala muerte fuera del calendario oficial de peleas.
Me río.
—No hay calendario oficial en las peleas callejeras, Hunter.
—Oh, por supuesto que lo hay, Drago. Deberías saber que a los De Santis no les va a gustar que no estés al cien por cien. Eres su apuesta para este año.
Aprieto los dientes, molesto ante la mención del apellido de mi padre, Don de una de las cinco familias de la mafia italoamericana que jamás ha querido reconocerme.
Ese comentario termina por joderme del todo la noche.
Media hora después, cuando salgo a la calle —en la que me golpea un calor pegajoso, a pesar de que es pasada la medianoche—, levanto la vista por instinto. Ahí arriba se encuentra lo poco que me hace feliz en esta vida: las estrellas. Pero, como estamos en medio del jodido distrito de Mott Haven, todo lo que diviso es una capa de polución y un cielo negro sin apenas pintas brillantes.
Eso es lo que me hace aceptar la proposición de Enzo. Realmente quiero regresar a la que considero mi tierra pese a haber nacido en este lado del océano. Allí, en Italia, es donde pasé los mejores momentos de mi vida. Tiene razón, aquí no puedo hacer nada hasta que se me cure el hombro. Así como también tiene razón al decir que necesito estar fuerte para lograr mi objetivo este año.
Tengo una venganza de la que encargarme.
CAPÍTULO 3
NOVA
Definición oficial: del latín nova (nueva), se denominó así a las estrellas nuevas que aparecían en el cielo, aunque estas estrellas ya existían y lo que se observaba, en realidad, era un incremento muy brusco en el brillo aparente.
Drago’s version: cuando te das cuenta de que siempre ha estado ahí.
GIULIA
Hay que ver lo que tiene que hacer una para inspirarse.
Pulso sobre la publicación de Instagram que subió mi hermano la semana pasada, cuando todavía estaba en Nueva York, y elijo la cuarta foto del carrusel. Esa en la que aparece Drago en el fondo.
Al mirarlo, el corazón comienza a latirme de forma desigual y el estómago se me llena de mariposas. Abrazo la sensación con ganas, disfruto mucho de estar enamorada. Lo que siento por él es la mejor fuente de inspiración para mis novelas. Y, para qué mentir, el propio Drago también. Es un regalo para la vista.
En la fotografía, la cual he analizado más veces de las que probablemente sea saludable, Drago está en una fiesta con mi hermano, pero parece que no es feliz. Si hiciese caso a su mandíbula apretada y a la cara de pocos amigos que luce, podría llegar a pensar que está allí por obligación. Error. Cualquiera que conozca a Drago sabe que él nunca hace nada que no quiera. Creo que es el hombre más determinado, guapo, inteligente… Bueno, es el hombre más fascinante que hay sobre de la faz de la tierra. Y el más sexy también. Se les podría escribir una oda completa a sus bíceps.
Es una pena que el tono de sus ojos no se pueda apreciar en la imagen. Normalmente varía desde el azul al gris dependiendo de la luz, el color de la ropa que lleve o su estado de ánimo. Fue lo primero que descubrí de él cuando aún era una niña.
Amplío la foto un poco más y, justo cuando su imagen ocupa toda la pantalla, se me ocurre la frase perfecta para la escena que estoy escribiendo. Emocionada, bloqueo el teléfono y lo dejo sobre la colcha morada de mi cama antes de agarrar el portátil rosa que tengo a los pies.
Mis dedos se deslizan sobre las teclas como si estuvieran poseídos. Nada me inspira tanto como mirar a Drago. Es una pena que no tenga redes sociales y que deba stalkearlo desde la cuenta personal de mi hermano. También es una pena que mis recuerdos sean cada vez más borrosos por el tiempo que llevo sin verlo. Pero pronto la tortura de estar tan alejada de él se va a terminar. Cuando acabe el verano, iré junto a Elisabetta a Nueva York, y vale que la ciudad es grande, pero estoy segura de que volveremos a encontrarnos, y si no lo hacemos por el destino, lo haremos porque yo me encargaré de conseguirlo.
Cuando termino la escena, cambio el portátil por el móvil de nuevo y, como una adicta, regreso a ver la fotografía, momento que mi hermano elige para abrir la puerta de mi habitación de golpe. Sin llamar.
Lanzo un grito, por aquello de que estoy comiéndome con los ojos a su mejor amigo, y veo cómo el puñetero teléfono va cayendo a cámara lenta. En serio, podría darme un infarto de lo lento que se precipita. Y va a acabar justo con la pantalla encendida a la altura de mis tobillos.
Me lanzo a por el smartphone más rápido que si fuese la última onza de chocolate que queda en toda la casa y tanto mi hermano como yo la quisiéramos, situación que hemos vivido infinidad de veces a lo largo de la vida. Gracias al cielo, llego antes que él. Bloqueo la pantalla y, por si acaso, me lo meto debajo del culo. Solo entonces levanto la vista hacia Enzo, que me mira con una sonrisa burlona y absolutamente molesta.
—¿Qué estás escondiendo, enana? —me pregunta, juguetón, dando un paso hacia la cama.
Mi corazón, que en este momento está cerca de mi garganta y no en el mismo sitio de siempre, decide que hemos vivido lo suficiente como para morir justo ahora. Solo se me ocurre una cosa que estoy segura de que espantará a mi hermano y conseguirá que me deje en paz.
—Estoy viendo porno. —Las palabras se escapan de mi boca y hacen que Enzo se pare de golpe.
Tuerce la boca con el mismo gesto que pondría si alguien le hubiera frotado caca de mono en la boca y que en cualquier otro momento me habría parecido la leche de gracioso. Es una pena que no pueda disfrutar lo más mínimo de la situación.
—No quería saberlo —se queja como si le hubiera fastidiado la vida.
—No haber preguntado y, ya que estamos, no haber entrado sin llamar.
—Touché.
Se mete las manos en los bolsillos y me mira con los ojos entrecerrados, como si me estuviese analizando. Creo que es justo en este momento cuando se da cuenta de que ya no soy una niña. Espero que, por lo menos, toda la vergüenza que estoy pasando le sirva para aprender a tocar la puerta de mi habitación cuando quiera algo.
—¿A qué venías? —le pregunto sin paciencia. Necesito que se largue de una vez para esconder las pruebas de lo que estaba mirando.
—Ah, eso. —Pongo los ojos en blanco—. Solo a decirte que Drago va a pasar este verano con nosotros.
¡¿QUÉ?!
Juro que no estaba preparada para eso.
Trato de no reaccionar más allá de que el corazón se me desboca todavía más y el estómago se me sube hasta la garganta justo a su lado. Me retengo por muy poco de pellizcarme en el brazo para asegurarme de que no estoy soñando.
—Vale —es la única palabra que logro pronunciar.
Mi hermano me observa con un halo de desconfianza y achica todavía más los ojos.
—Viene a descansar. Ha tenido un año muy duro, unos años muy duros —explica. No tengo nada claro si la última aclaración va dirigida a mí o a sí mismo.
De nuevo, trato de poner cara de póquer. No sé qué pretende que diga.
—Vale —repito, como si fuese un disco rayado o no tuviera ninguna palabra más en mi repertorio. Ahora mismo, no me siento muy locuaz que se diga.
—Voy en serio, Giulia, quiero que lo dejes tranquilo. Me ha costado mucho convencerlo. Se lo he ofrecido todos estos años desde que se fue y esta es la primera vez que acepta. No lo molestes.
Ya no puedo aguantarme más. Por ahí sí que no voy a pasar.
—¿Molestarlo, yo? —Me señalo el centro del pecho ofendida—. ¿Cuándo he hecho eso?
—Oh, por favor, Giulia —responde, haciendo un gesto lateral con la cabeza que viene a decir que si lo tomo por tonto y que consigue que tenga que contener las ganas de estrujarle el cuello—. Siempre has ido detrás de él como un cachorro enamorado.
Dejo escapar un grito de dolor porque, en vez de palabras, parece que me hubiera lanzado un cuchillo.
De verdad que creo que este rato está siendo con mucha diferencia el más bochornoso desde que tengo memoria, y eso es decir mucho.
—Es lo más ofensivo que he oído en la vida. No veo a Drago de esa forma —miento.
—Perfecto. Entonces, no habrá ningún problema —recula al ver que me ha ofendido de verdad. Vale, puede que sea más perceptivo de lo que me gustaría—. Solo quería que lo supieras.
—Bien. Pues ya me he enterado, puedes irte —digo, elevando el mentón con dignidad y señalando la puerta con la barbilla.
Necesito que esta conversación termine de una vez para poder ahogarme de la vergüenza en soledad. No me hacen falta testigos para esto.
—Vamos, enana, no te enfades —pide, poniendo su mejor voz de bueno y acercándose a la cama para hacerme cosquillas.
Intento impedírselo estirando la pierna, pero es mucho más grande y fuerte que yo, por lo que supera la barrera de una manera insultantemente fácil.
—Sabes que te quiero un huevo.
—Eres un cutre —le digo entre risas.
—Soy tu cutre.
Poco a poco, el enfado va dejando lugar a la emoción. Da igual lo que diga Enzo: sé que Drago no piensa lo mismo que él. Siempre me ha tratado con mucho cariño, como si fuera especial. Puede que eso sea, junto a sus otros muchos atributos, lo que me ha llevado a enamorarme perdidamente de él. El único problema es que piensa que aún soy una niña. Debo cambiar eso, su forma de verme.
Un verano mágico y del todo inesperado se acaba de dibujar ante mí.
A pesar de que me encanta vivir en Milán —una ciudad de lo más cosmopolita, llena de tiendas, turistas y vida—, siempre he amado los periodos estivales que pasamos en Lierna. El año ya se presentaba perfecto porque Elisabetta va a pasar estos meses con nosotros. Su padre lleva un tiempo delicado de salud y no es prudente que se mueva de Milán, por lo que su familia ha decidido —tras mucho insistir por parte de mi amiga y de la mía propia también, todo hay que decirlo— que, para que ella no se pierda esta época mágica, la dejarán venirse con nosotros. Ahora, sabiendo que Drago también estará, puede que se convierta en el mejor verano de mi vida.
Eso es si consigo sobrevivir a los días que quedan para que nos vayamos, lo que, a juzgar por la fuerza y rapidez con la que me late el corazón, no es tarea sencilla. Puede que me muera de la emoción antes.
—Déjame —le pido entre carcajadas a Enzo.
—Solo si me perdonas.
—Vaaaale —digo, alargando la palabra y sintiendo cómo el enfado va desapareciendo de mi sistema. Sé que, al igual que yo, Enzo también está nervioso por la vuelta de Drago. Cuando se marchó justo después de que su madre muriera, digamos que no fui la única que se quedó destrozada con su partida.
Cruzamos un par de frases más entre bromas y mi hermano decide por fin marcharse. Cuando cierra la puerta a su espalda, me lanza una mirada más de advertencia. Me fastidia que se haya dado cuenta de lo que siento por su amigo. Yo, que siempre lo he considerado solo un poco más maduro emocionalmente que una piedra. Y, encima, tiene que ser justo ahora, cuando Drago decide volver a aparecer después de cuatro años.
Cuatro años durante los cuales su mirada gris ha patrocinado todas y cada una de mis fantasías.
Me dejo caer en la cama, agarro como puedo la almohada y me la coloco sobre la boca. Solo entonces dejo escapar el grito de alegría que estaba reteniendo.
Voy. A. Ver. A. Drago.
Dios mío.
Mi cabeza se pone a maquinar.
CAPÍTULO 4
TIERRA
Definición oficial: tercer planeta del sistema solar por distancia a nuestra estrella y hogar de la especie humana. La Tierra traza una órbita levemente elíptica en un año y gira sobre su propio eje una vez cada 24 horas.
Drago’s version: volver a estar cerca de mi madre.
DRAGO
El olor viciado del cementerio me golpea con fuerza en el mismo momento en el que atravieso la verja.
Huele a humedad, a calor antinatural y a musgo. Es un aroma que detesto.
Siempre me he considerado demasiado valiente para mi propia supervivencia, pero, si hay algo que me paraliza, sin duda es este lugar. Por eso me quedo parado durante unos segundos en el camino, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo, como si hubiera alguien con quien pudiera ensañarme para deshacerme de esta sensación de mierda. Ojalá fuera tan fácil. Mataría a cualquiera para recuperar a mi madre.
Joder. Odio este puto sitio.
Podría parecer que recorro este camino todos los días, porque mis pies me llevan automáticamente hasta la tumba en la que está enterrada la persona que más quiero. Cuando me quedo mirando la lápida individual de mármol, siento como si no hubieran pasado cuatro años desde la última vez que estoy frente a ella, como si ayer mismo la hubiera visitado, roto de dolor, justo antes de largarme a la otra punta del mundo.
Perder a mi madre cambió mi destino para siempre; me dio un propósito, algo por lo que vivir y, sobre todo, algo por lo que morir.
He pasado tanto tiempo fuera que ni siquiera había visto en persona el cambio de material de la tumba. Cuando la enterramos, fue cubierta por una simple losa de piedra, demostrando lo pobres que éramos. Pero pronto cambié eso. Con mi primer sueldo, ganado con la sangre de otros, cambié el material por el mármol más caro que tenían. Aun así, no es suficiente para mi madre, una mujer que se desvivió por darme todo lo que necesitaba y rellenar los huecos de mi corazón para que no me faltase calor y afecto. Es una pena que en vida no pudiera cubrirla de lujos, tal y como sí que podría hacer ahora. Aunque, con su forma de ser, estoy seguro de que cualquier otra cosa le hubiera importado más. Por ejemplo, verme feliz.
Eso no puedo dárselo. Ni siquiera recuerdo la última vez que lo fui.
Se me escapa una pequeña sonrisa cuando me fijo en el ramo de violetas, las favoritas de mi madre, que hay sobre la tumba. Sé de inmediato de quién son. De Giulia, la única persona de mi entorno que tiene la delicadeza suficiente para acordarse de ella después de tantos años y traerle flores.
Cuando el sol se pone en el horizonte, salgo del cementerio, me monto en el coche y dejo Milán para siempre antes de dirigirme a Lierna por última vez.
Este será mi último verano.
