🦋 La chica que aprendió a volar 🦋

La vida de Olivia no ha sido fácil. Creció con unos padres negligentes que apenas le prestaban atención. Arrastra heridas del pasado que minaron su autoestima. Consecuencia de su falta de cariño en la infancia cae en las redes de una relación tóxica con un hombre que la maltrata. Él día que él cruza el límite más grande Olivia decide que no va a aguantar más. Con la ayuda de sus amigos de un grupo de lectura, Lena y Aren, Olivia tendrá la posibilidad de empezar una nueva vida.

La chica que aprendió a volar es un canto a la esperanza. Una historia que nos enseña que es posible reconstruir tu vida y sanar las heridas más profundas de tu alma.

Porque todos tenemos el poder dentro de nosotros para cambiar nuestra vida.

Porque siempre hay alguien dispuesto a ayudarte a dar el primer paso.

Porque para que los demás nos quieran primero tenemos que queremos nosotros mismos.

Esta es una historia de amor. Una historia de vida. Esta es la historia de cómo Olivia se reconstruye y encuentra un amor de verdad. Esta es la historia de cómo Olivia aprende lo alto que puede volar.

PERSONAJES

Olivia

«No recordaba mucho de los primeros días. Solo la sensación tan desesperante de estar perdida. Me había alejado de mi mundo que, aunque era una mierda, era todo lo que conocía. Sentía una opresión en el pecho que apenas me dejaba respirar. Tenía miedo, miedo de que esta nueva realidad se me escapase de las manos. Tenía tanto miedo que eso mismo era lo que me impedía disfrutar. Me daba la sensación de que, en el momento en el que me relajase, Marcos entraría por la puerta de la panadería y me obligaría a volver con él. Cada vez que ese pensamiento se cruzaba por mi cabeza, me hacía un ovillo y me obligaba a respirar.»

Aren

«Si me hubieran preguntado un año antes si te podías enamorar de alguien sin conocerlo en persona, les hubiera contestado con un rotundo no. Era imposible. Es más, me hubiese reído de forma ácida e, incluso, puede que, si ese día tuviera ganas de hablar, los hubiese llamado ilusos. No creía en el amor; más bien no creía en las personas. Digamos que no era alguien que fuese capaz de crear lazos a la ligera. Pero ahora, después de haber experimentado lo que era enamorarse de alguien al que no había conocido en persona, alguien que no era más que un ente que flotaba en el mundo y con el que solo hablaba por Internet, mi respuesta hubiera sido un rotundo sí. Sí era posible que te sucediese. De hecho, también era posible sentir que esa persona estaba presente en cada pequeño acto cotidiano. Si alguien me hubiese pagado cada vez que, al hacer cualquier cosa, pensaba en que lo quería compartir con Olivia, en ese momento sería dueño de un imperio.»

Escena novela

🦋📖Ver a Olivia en el obrador conmigo hacía que todo el cuerpo me hormiguease, lleno de emoción. No había nada que me gustase más en el mundo que compartir aficiones con ella. Que ella quisiera compartirlas conmigo.

Llevábamos un rato preparando los ingredientes. Cuando teníamos todo dispuesto sobre la mesa y hecho una montaña con la harina, se colocó delante de mí, muy cerca, para que pudiera enseñarle a amasar; el olor a flores de su pelo llenó mis fosas nasales. Tuve que cerrar los ojos para poder disfrutarlo. Me volvía loco tenerla tan cerca.

—Tienes que hacerlo así —le expliqué, inclinándome sobre ella para llegar a la masa que tenía delante.

Metí los dedos y empecé a amasar, haciendo los movimientos necesarios para que todos los ingrediente fuesen juntándose. No tardé en darme cuenta de que mi idea de ponerme cerca de ella era a la vez un placer y una tortura. Era embriagador, pero me hacía desear cosas que no podía darle. También me di cuenta de algo que no decían en las películas ni en los libros cuando narraban estas preciosas escenas: mi chica se estaba emocionando y estaba empezando a crecer entre mis piernas por tenerla tan cerca. Cada vez que nuestras manos se rozaban y su risa llegaba a mis oídos me emocionaba aún más. No podía evitar excitarme teniéndola pegada, con el calor de su cuerpo entibiando el mío; pero no pensaba prescindir de esos momentos tan maravillosos a su lado, por lo que decidí retirar la cintura lejos de ella para que no pudiese descubrir el efecto que tenía en mí y se asustase y me centré en disfrutar del momento.

PRIMEROS CAPITULOS

Prólogo

Durante muchos años había vivido sumida en la oscuridad, dentro de un pozo desde el que no podía ver el exterior. El primer libro que cayó en mis manos fue como una pequeña luz que me permitió ver un poco mejor lo que había a mi alrededor. El segundo me hizo un poco más consciente de la naturaleza de mis muros. Cuando ya llevaba una veintena de lecturas, fue cuando empecé a ver la luz que había fuera de las paredes de la cárcel que me ahogaba.

Había estado dormida, viviendo una vida que creía merecer, una vida que pensaba que era igual para todas las personas. Había creído que no había nada mejor a lo que poder aspirar. Cuando abrí el primer libro, empezó el comienzo del final. Mi mente fue cambiando poco a poco con las luchas que los demás protagonizaban y yo convertía en mías. Luchas que me hicieron comprender que podía tener voz propia, que debía tenerla. Esa pequeña acción insignificante a ojos de cualquiera fue un enorme paso para mí.

El mundo empezó a transformarse frente a mis ojos. Las historias de amor que leía en los libros me hacían creer que también podían existir para mí. Lo anhelaba. Deseaba el amor puro de alguien que me quisiera a su lado. De alguien que me considerara su igual.

Muchas veces me preguntaba si de verdad había personas que vivían de esa manera. Empecé a plantearme si el mundo era como yo lo conocía o como aparecía en los libros. Empecé a buscar más información, a formarme; leí cualquier novela que cayese en mis manos.

Los libros se convirtieron en una pequeña llama encendida en medio de toda la oscuridad que me rodeaba. Una pequeña llama que me preocupé por cuidar y alimentar. Me aferré a ella con fuer- za, porque era lo más hermoso que tenía en este mundo.

La lectura fue mi vehículo hacia la libertad.

Capítulo 1

Olivia

Fue un 16 de octubre, pero podría haber sido cualquier otro día, lo comprendí años después. Marcos estaba al límite, él siempre lo estaba; y yo, yo había despertado de mi sueño hacía tiempo, la sumisión quedaba muy atrás. No era la misma. Aunque todavía no me había convertido en la persona que me habría gustado ser, estaba trabajando en ello.

Una vez que había descubierto cómo era el mundo más allá de los enormes muros tras los que vivía, lo único que necesitaba para liberarme de ellos era encontrar la fuerza para alzar mi voz o que el miedo a quedarme superase el de marcharme.

Esa tarde, cuando terminó mi turno, con toda la biblioteca impoluta, me senté frente al ordenador, emocionada. Siempre lo estaba, pero ese día todavía más. Solo nos conectaríamos Aren y yo, porque éramos los únicos de nuestro grupo que nos habíamos apuntado a esa lectura conjunta. Llevaba un año participando en la iniciativa y esa era la primera vez que sucedía.

Abrí el navegador y tecleé en el buscador mi dirección de correo, la que me había hecho solo para poder hablar con ellos. Cuando se cargó el perfil y aparecieron todos mis contactos, sonreí al ver el punto verde al lado del nombre elreinodeláguila; Aren siempre era muy puntual. No podría evitar sonreír cuando recor- daba la conversación en la que me explicó el motivo del nombre de su correo. Los padres de Aren y de su hermana habían amado la historia. En especial, los vikingos, motivo por el cual decidieron poner a sus dos hijos nombres de esos guerreros. Aren significaba «el que reina como un águila», de ahí su correo.

A pesar de que estaba emocionada, cada poco tiempo, casi como si fuera un acto reflejo, levantaba la vista y barría la biblioteca para asegurarme de que todo estaba bien. En el fondo de mi mente siempre tenía una sensación de alarma grabada a fuego. Después de revisar todo y ver que no había peligro, conseguía relajarme durante otro rato más.

Pinché sobre el grupo Trono de cristal que Aren había creado para que pudiéramos comentar el libro, y tecleé una frase con una sonrisa dibujada en la cara.

¿Te ha dado tiempo a leer los cuatro capítulos que tocaban?

Directa al grano. Esa era la forma más fácil de hablar con él, la que me ponía menos nerviosa.

Aren:

Buenas tardes para ti también. Los tengo leídos desde el mismo día en el que empezamos. Con todo el interés que tienes por esta autora, no puedo evitar sentir curiosidad.

Su respuesta consiguió que el estómago me hiciera una pirueta divertida.

Aren:

Mucho, estoy deseando leer más.

¿Y? ¿Te ha gustado?

Después de esas frases de saludo atípicas, empezamos a comentar los capítulos que habíamos leído. Tenía muchísimas ganas de saber lo que pensaba él. No sabía poner en palabras la razón por la cual ese libro era tan importante para mí, pero la realidad es que lo era. La protagonista, Celaena, era una mujer muy fuerte y decidida a la que me habría encantado parecerme. Me llenó de felicidad descubrir que a Aren también le había gustado muchísimo su fuerza.

La mayoría de las veces que hablaba con mis amigos del grupo de lectura tenía la sensación de que por fin había encontrado mi lugar en el mundo. Me sentía insegura, no podía evitar hacerlo, siempre tenía dentro de mí una pequeña voz que me decía que no era suficiente para nadie; pero hacían que, cuando estaba charlando con ellos, esa voz fuera apenas un molesto susurro. Tras apagar el ordenador y volver a mi vida real, normalmente aparecía de nuevo, repleta de dudas y gritando con fuerza.

Estaba muy a gusto charlando con Aren, pero ya llevábamos media hora y estaba empezando a ponerme nerviosa; tenía miedo de perder la noción del tiempo y que se me hiciese demasiado tarde. No quería ni siquiera pensar en esa posibilidad. Y, aunque odiaba estar incómoda mientras hacía algo que me gustaba, no podía evitar sentirme así. Odiaba no poder disfrutar de nada. ¿Sería capaz de acabar algún día con eso?

Cuando esa posibilidad se me pasó por la cabeza, la deseché de inmediato. No quería pensar en ello. Me producía ansiedad. Era más de lo que podía soportar.

Estaba tecleando una respuesta cuando lo escuché.
—Lo sabía, joder. Lo sabía.
La voz de Marcos llegó clara y alta hasta mis oídos. Cerré los ojos y traté de controlar mis temblores, pero no pude hacerlo, no del todo al menos. Me di la vuelta despacio para mirarle. Parecía furioso, de pie detrás de mí, con la mirada fija en el ordenador. Estaba tan asustada que no sabía qué hacer. Me quedé paralizada mirándole, preguntándome cuánto tiempo llevaría allí leyendo lo que había escrito, lo que Aren había escrito. Sus ojos se apartaron de la pantalla y se posaron sobre mí. Supe que estaba esperando que le diese alguna explicación, pero, aunque hubiera querido, no habría podido hacerlo. En el mismo momento en el que él apareció, dejé de ser yo. Al menos, la parte de mí que me gustaba. Dejé de ser la chica que tenía sueños, inquietudes y ganas de seguir adelante. Ganas de cambiar. Marcos anulaba todo eso solo con su presencia.

—Vamos —dejó salir la palabra entre dientes apretados mientras se acercaba mucho a mí. Tanto que apenas me dejaba respirar—, recoge eso, puta —ordenó, agarrándome con fuerza de la parte trasera de la cazadora para obligarme a ponerme de pie.

Marcos nunca había actuado de una forma tan agresiva. Cuando me di cuenta de ello, fue cuando supe lo mucho que había perdido los nervios. Comprendí que estaba en una situación muy peligrosa y sentí mucho miedo, mucha indefensión. Me bloqueé.

Sin apenas ser consciente de lo que hacía, recogí las pocas cosas que tenía colocadas sobre la mesa y las guardé en la mochila.

Salimos de la biblioteca y nos montamos en el coche. Estaba sumida en una especie de bruma que me impedía retener lo que sucedía a mi alrededor. Encerrada dentro de mi propia mente. Escondida en una esquina, hecha un pequeño ovillo. En un lugar en el que nadie podía hacerme daño.

Me puse el cinturón con manos temblorosas y miré al frente. Marcos arrancó el coche y salió del aparcamiento haciendo chirriar las ruedas. Estaba tan asustada que ni siquiera pasé vergüenza.

¿Qué iba a suceder?

Marcos no dijo una sola palabra durante todo el trayecto a casa. La quietud que se respiraba dentro del vehículo me asfixiaba. Sabía que era la calma que precedía al desastre, lo podía notar en cada uno de sus movimientos controlados: en su forma de cambiar de marcha, en cómo apretaba la mandíbula, como si le costase trabajo no explotar. Tenía miedo. Sentía pánico por su reacción. ¿Hasta dónde llegaría esa vez?

Aparcamos en el único hueco que había en nuestra calle. Se bajó del coche dando un sonoro portazo y le seguí sin decir nada. Cada uno de los movimientos que hizo, desde meter la llave dentro de la cerradura del portal hasta llamar al ascensor, los realizó de malas maneras, con excesiva fuerza. Quería que supiera que estaba enfadado. Yo solo podía temblar. Solo podía desear que todo acabase cuanto antes.

Subimos en el ascensor. Marcos se puso de espaldas a mí como si quisiera demostrar que yo no existía. Cuando paramos en nuestra planta, lo seguí por el pasillo hasta la puerta de casa. Lo vi entrar y lanzar las llaves sobre la encimera del recibidor. Dudé durante unos segundos en el umbral antes de entrar y cerrar detrás de mí. Colgué el bolso en el perchero con manos temblorosas mientras él se pasea- ba por el salón, frotándose la cabeza y el cuello. Lo observé sin saber dónde colocar las manos, dónde colocarme yo; sin saber qué hacer. Estaba a merced de Marcos y de sus necesidades, como siempre.

Cuando encendí la luz del pasillo, él pareció reparar en mi presencia. Se dio la vuelta y clavó su mirada furiosa en mí. Cerró los ojos con fuerza, tratando de tranquilizarse, como si lo que había hecho hubiese sido demasiado para él. Temblé. Como si hubiera obrado mal, como si le hubiera hecho algo imperdonable. Bajo la fuerza de su mirada, con su desaprobación escrita en cada uno de sus movimientos, me dije que no había hecho nada malo. Tuve que repetírmelo muy fuerte. Tuve que repetírmelo una y otra vez para evitar que él me convenciese de lo contrario. Aguantaría su furia, pero no le permitiría que me convenciese de que había hecho nada malo. Eso no me lo podía quitar. Sería mi pequeña revolución. Era lo que me habían enseñado los cientos de heroínas de los libros que había leído.

—Conque tenías que quedarte más rato en el trabajo, ¿eh? —me echó en cara la excusa que le había dado esa mañana para poder hablar con Aren.

La excusa que usaba siempre que tenía una reunión con el club de lectura. El único momento que tenía para mí sin que él me asfixiara.

No dije nada. ¿Qué iba a decir?

—¿Cuánto tiempo llevas engañándome? ¿Te piensas que soy tonto? Sí lo haces, joder. Soy demasiado bueno contigo, ese es el problema. Que crees que me puedes vacilar —siguió insistiendo.

Tenía ganas de discutir y echarme en cara lo mala novia que era.

Seguí sin decirle nada. Marcos no quería escuchar mi versión, no quería escuchar lo que necesitaba ni lo que sentía, nunca lo había hecho. Prefería sacar él mismo sus propias conclusiones. Había aprendido por las malas que era mucho peor contestarle cuando se enfadaba. Lo único que anhelaba era que me dejase, que se diese cuenta de que no me iba a defender, que iba a estar tranquila, que haría caso a lo que él me dijera. Traté de hacerme pequeña, todo lo pequeña e invisible de lo que era capaz, contra la esquina del pasillo, pero ese día no me sirvió de nada. Marcos no lo iba a dejar pasar.

—Estoy esperando una explicación. ¿Qué coño hacías con el tío ese?

—Estábamos hablando de libros —respondí tartamudeando, poniéndome las manos cerca de la cara para protegerme.

Marcos estaba demasiado cerca de mí. No me dejaba pensar. —Te lo estás follando, ¿verdad?
—No.
—Dime la verdad, puta —exigió, agarrándome de la camiseta y zarandeándome.
Me puse a llorar, no podía hacer otra cosa. Era incapaz de hablar.
—¡Que me la digas! —gritó, volviéndose loco.
No vi llegar la mano que me golpeó en la cara. Solo sentí un dolor agudo seguido de un líquido caliente resbalando por la comisura de la boca. Tenía los ojos cerrados con fuerza, por lo que el puñetazo me pilló desprevenida. Subí las manos más arriba, tratando de protegerme con los antebrazos.

—No, no, no —repetí una y otra vez.

Me habría gustado gritar, pero no pude hacerlo. No tenía la fuerza necesaria dentro de mí. Solo quería hacerme pequeña y desaparecer. La respiración agitada de Marcos cerca de mi cara me hacía sentir náuseas. Después de un par de empujones más, que me dejaron arrinconada contra la esquina de la entrada, sentí que se alejaba de mí. Solo cuando noté que su cuerpo no estaba sobre el mío, me atreví a abrir los ojos y a separar ligeramente los brazos para poder ver a través de ellos. Necesitaba saber dónde estaba Marcos. Cuando lo enfoqué, vi que tenía ambas manos colocadas sobre la cabeza y miraba hacia el salón. No dejé de observarlo hasta que se dio la vuelta y caminó hacia allí. Aproveché la oportunidad para salir corriendo y encerrarme en el baño que estaba a mi derecha. Cuando por fin cerré la puerta y puse el pestillo, me permití plantearme la situación en la que me encontraba. Tenía el corazón alojado en algún lugar de la garganta. Apenas podía respirar, no escuchaba otra cosa que no fueran los latidos de mi corazón en los oídos. El golpe del labio me palpitaba y ardía. Podía notar la sangre fluyendo por la comisura de mis labios. Me puse la manga sobre la boca para tratar de pararla. El sabor metálico de la herida se mezclaba con el salado de las lágrimas. Sabía a desesperación y a pánico. ¿Cómo iba a salir de esa? ¿Qué iba a hacer? Fui incapaz de contener el llanto que escapó de mi interior. Nunca me había sentido más perdida, más sola y asustada en la vida.

Me sobresalté cuando Marcos llamó a la puerta un rato después. Miré hacia esa separación de madera llena de ansiedad. Fui deslizándome poco a poco por la pared hasta llegar al suelo.

—Joder, Olivia —su voz se escuchó a través de la puerta—, no llores. Si no me hubieses obligado a hacerlo, esto no habría sucedido.

Se quedó durante unos minutos en silencio, esperando a que le contestase, como si me estuviera dando tiempo para que me disculpase. Pero la realidad era que no quería hacerlo ni como mecanismo de protección. Solo necesitaba que me dejase tranquila. Quería estar sola. En cualquier otro lugar, en cualquier otra situación.

Quería no tener la sensación de que mi vida pendía de un hilo muy fino sujeto por una persona inestable que podía soltarlo en cualquier momento. Porque, por mucho que se arrepintiese luego, había situaciones y decisiones que más tarde no se podían reparar, desde las que luego no se podía dar marcha atrás.

Después de un rato, lo escuché alejarse y caminar por la casa. Iba y venía a la puerta del baño de manera intermitente tratando de hacerme hablar. Cada una de las veces aparecía con una actitud distinta, como si estuviera probando todas las opciones que conocía para convencerme de que saliese. De que estuviese con él, de que reconociese lo mala que había sido, lo mal que me había portado. Quería dejar patente que, si había una víctima en esta situación, era él. Después de un tiempo, se fue un rato más largo que los anteriores y pensé que la situación que estaba viviendo era una especie de tortura.

Me tensé cuando lo escuché regresar a la puerta.

—Me tengo que ir al trabajo, nena. ¿Seguro que no quieres decirme nada antes de que me vaya? —preguntó con voz desesperada. Miré la hora en el reloj para cerciorarme de que estaba diciendo la verdad. ¿Cómo podían haber pasado ya dos horas desde que me había recogido?—. Cuando vuelva hablamos. Estoy seguro de que, si prometes que te vas a portar bien, podré perdonarte. Sabes que no sé vivir sin ti. Por eso me he enfadado tanto. No soporto que me mientas.

Cerré los ojos con fuerza y me llevé las manos a los oídos para tapármelos. No quería escuchar lo que me decía, que me lavase el cerebro. No quería que me hiciera sentir culpable. Me negaba a caer de nuevo en esa trampa. No quería estar metida en el mismo agujero en el que me encontraba desde hacía cuatro años. Puede que estuviera atrapada con él, pero eso no significaba que fuera dueño también de mi mente, de mis ideas.

—Dime algo, nena —insistió, segundos antes de que sonase un golpe contra la puerta.

Estuve a punto de gritar. Me apreté más fuerte contra la pared, muerta de miedo, hasta que me di cuenta de que el ruido no significaba que fuese a tratar de entrar a por mí, seguramente lo había hecho al golpear la cabeza contra la puerta. Sabía que lo mejor sería decirle algo, pero no me sentía capaz de pronunciar palabra alguna. Lo único que deseaba era que desapareciese para siempre. Que desapareciese y se llevase todo lo que había vivido con él hasta ese momento, todo el miedo y el dolor.

—Hasta luego —dijo pocos minutos después.

Escuché sus pisadas alejarse, seguidas del ruido de la puerta de entrada abriéndose y cerrándose de golpe.

Se había ido.

Su marcha debería haberme hecho sentir mejor, debería haberme aliviado, pero ese día no lo hizo. No era capaz de sacudirme la sensación de peligro de encima.

¿Qué iba a hacer con mi vida?

Capítulo 2

AREN

Si me hubieran preguntado un año antes si te podías enamorar de alguien sin conocerlo en persona, les hubiera contestado con un rotundo no. Era imposible. Es más, me hubiese reído de forma ácida e, incluso, puede que, si ese día tuviera ganas de hablar, los hubiese llamado ilusos. No creía en el amor; más bien, no creía en las personas. Digamos que no era alguien que fuese capaz de crear lazos a la ligera. Pero ahora, después de haber experimentado lo que era enamorarse de alguien al que no había conocido en per- sona, alguien que no era más que un ente que flotaba en el mundo y con el que solo hablaba por Internet, mi respuesta hubiera sido un rotundo sí. Sí, era posible que te sucediese. De hecho, también era posible sentir que esa persona estaba presente en cada pequeño acto cotidiano. Si alguien me hubiese pagado cada vez que, al hacer cualquier cosa, pensaba en que lo quería compartir con Olivia, en ese momento sería dueño de un imperio.

Ese día, cuando el despertador sonó a las cuatro de la mañana, estaba mucho más contento de lo normal. Comencé mi rutina habitual, la que me había forzado a adquirir para mantener mi mente fuerte y sana, o por lo menos lo más sana posible. Salí a correr los cinco kilómetros de rigor frente a la playa. Había pocas cosas que me oxigenasen más que la sensación del aire marino llenando mis fosas nasales y el calor del esfuerzo apretando mis pulmones y músculos. Para mí, correr era igual a vida. Se me vaciaba la mente y se me llenaba el espíritu.

Cuando llegué a casa, media hora después, me di una ducha rápida. Con el pelo todavía mojado, me vestí y bajé las escaleras de casa hacia la panadería. Puse los hornos en marcha y me hice un café descafeinado de cápsula en la pequeña cafetera que tenía en el obrador. Todavía no era hora de encender la grande del local. Mi hermana Lena se encargaría de hacerlo cuando bajase a las seis de la mañana, hora en la que abríamos al público nuestra panadería-cafetería rebautizada como Las Tres Escobas. Puede que no fuera un mago, pero me gustaba estar rodeado de toda la magia que me era posible, quizás por eso me gustaba tanto Olivia. No me hicieron falta más de dos conversaciones con ella para darme cuenta de lo especial y diferente que era. Única. Es más, si ese día me había levantado tan contento y lleno de vitalidad, era porque a la tarde habíamos quedado para hablar. Si no lo hubiera sabido antes, ese habría sido un gran indicio de lo colado que estaba por ella. Pero la realidad era que sí que lo sabía. Lo sabía desde hacía meses. ¿Cómo no iba a hacerlo? Era lo suficientemente mayor y me gustaba observar las reacciones de mi cuerpo y mis pensamientos. A fin de cuentas, ser escritor era eso, ¿no? Ver todo lo que había a tu alrededor, saber analizarlo para luego plasmarlo en palabras y, si tenías mucha mucha suerte, ser capaz de transmitírselo a los demás.

Cuando mi hermana bajó las escaleras una hora después y arrastró los pies dentro del obrador mientras yo estaba cortando los dibujos de las barras de pan que iba a meter en esa hornada, me acerqué a ella para plantarle una taza de café en las manos.

—¿Por qué tienes una sonrisa en la cara? —me preguntó, tratando de parecer una gruñona, cosa que no consiguió.

La conocía lo suficientemente bien como para que su mal humor mañanero no me intimidase lo más mínimo.

—¿Qué hay de malo en estar alegre? —le contesté con una sonrisa divertida.

Ella me observó por encima de su taza con escepticismo mientras daba un trago a su café.

—Que tú no eres una persona alegre —respondió.

Lancé una carcajada y me puse delante de ella para darle un beso en la frente antes de seguir con mi trabajo.

—Para eso estás tú, ¿no? Para divertir a tu hermano aburrido.

—Me alegro de que lo sepas reconocer —dijo, antes de darse la vuelta para empezar con su rutina del día y abrir la panadería —. ¡Te quiero!

—Y yo a ti —respondí, aunque no era necesario que lo hiciese para que ella lo supiera; hacía mucho tiempo que nos lo habíamos demostrado el uno al otro.

La mañana se pasó más rápido de lo que había pensado. Vinieron muchos clientes, y eso que yo tenía la cabeza continuamente en que esa tarde había quedado con Olivia para hablar del libro que estábamos leyendo nosotros dos solos. Cada vez que lo recordaba, el estómago me daba un salto, como si estuviera montado en la mayor montaña rusa construida por el hombre.

Cuando Alejandra, la chica que se encargaba del turno de tarde en Las Tres Escobas, entró por la puerta de la panadería, me lavé las manos para poder marcharme. Quería que la mañana acabase ya.

—Me subo a casa —le anuncié a Lena, depositando un beso sobre su mejilla cuando pasé a su lado.

Entré en el obrador a colgar el delantal y salí por el lado derecho del mostrador para poder acceder a las escaleras que llevaban hasta nuestra casa. Cuando llegué al final de estas, saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta para acceder al enorme apartamento que había sido nuestro hogar toda la vida. Me quité las botas para no ensuciar el suelo y me puse las zapatillas de casa, llenas de dibujos de rayos y gafas. Era un fanático de Harry Potter, que alguien me detuviese por ello.

Comí en silencio mientras buscaba algunos vídeos en el móvil. Me encantaba ver a la gente construir hermosas maquetas de todo tipo de edificios, aunque mis favoritas eran las de invernaderos; las plantas tenían algo que me transmitía mucha paz. Cuando terminé de comer, fui hasta mi habitación y me tumbé sobre la cama. Solía dormir un rato después de la comida para recuperar algo de sueño perdido. Siempre me tocaba madrugar y nunca me dormía pronto, me gustaba demasiado leer. Así que, para no morir joven, solía descansar durante el día.

Cuando me desperté, unas horas después, fui al baño antes de encerrarme en mi despacho a escribir. Toda la alegría, nervios e ilusión que había sentido a lo largo de la mañana se diluyeron a los pocos minutos de estar sentado frente al archivo del libro en el que estaba trabajando en ese momento. Di un sorbo al café que me había preparado y miré hacia el jardín por la enorme cristalera. Estaba atascado, muy atascado. Las putas palabras no querían salir de mí; tenía una novela casi planificada, pero no terminaba de ver a los personajes. En especial, el que se me estaba resistiendo era el protagonista masculino. No era capaz de conseguir encontrar una personalidad para él que cuadrase con la historia.

Después de solo unos pocos minutos, me levanté de la silla y me acerqué a la ventana del balcón para mirar hacia el jardín, tratando de encontrar la inspiración. Apoyé el antebrazo sobre el marco superior y observé, solo observé. Estaba… desilusionado. Me faltaba alegría, color. Me faltaba algo y sabía lo que era. Me faltaba Olivia. A veces, me entraban ganas de preguntarle dónde vivía y plantarme en su ciudad para conocerla. Lo necesitaba. Nunca lo había hecho porque también sabía que no era lo que ella quería. Necesitaba encontrar de nuevo la luz, siempre había sido una persona muy gris. Ahora me sentía un poco más gris oscuro. Sabía que, si la tenía cerca, algo de su color fuerte aclararía el mío.

La alarma de mi teléfono móvil sonó, sacándome de golpe del estado de reflexión en el que me había sumido. Sin pararme a pensar en lo que hacía, salí corriendo hacia el escritorio. Todos esos sentimientos de alegría y emoción que se habían esfumado de mi cuerpo me llegaron de golpe, porque esa alarma significaba que había llegado la hora de comentar la lectura conjunta. Últimamente, Olivia era la única que conseguía sacarme de mi tono gris, ese que lo cubría todo en mi vida. Cada vez que charlaba con ella, sentía como si un foco de luz y calor se encendiese justo encima de mí. Un foco que lo iluminaba todo con una preciosa luz dorada.

A pesar de que no podíamos hablar mucho y la mayoría de las veces estábamos con otras personas cuando lo hacíamos, me volvía loco su forma de ser, sus pensamientos, sus ideas y sus bromas. Sentía la necesidad de entablar una relación con ella más allá de los libros. Quería tocar el tema personal, pero, cada vez que había dirigido la conversación a esos lares, ella se había puesto tensa y apenas había aportado datos. Siempre solía tener que irse muy pronto cuando eso sucedía, por lo que había comprendido rápidamente que, si quería poder disfrutar de su compañía, tenía que hablar de otras cosas.

Nunca había visto a Olivia en persona, pero tampoco me importaba. Ella, su personalidad, era como un gran imán para mí, y yo no era más que un pequeño tornillo que ni quería ni podía escapar a su poder de atracción.

Me sentía tan frustrado.

Sabía que por eso estaba al borde de la depresión. Había estado dentro de esa mierda que te absorbe por completo el suficiente tiempo cuando mis padres murieron como para no reconocer ahora que estaba peligrosamente cerca de nuevo. Por eso no podía escribir. Por eso apenas podía sonreír. Había vuelto a hacer una cantidad exagerada de ejercicio para tratar de mantenerla a raya, pero lo único que me separaba de ese oscuro lugar era ella. Olivia. Me llenaba de la alegría que tanto necesitaba. Esa alegría que yo era incapaz de producir por mí mismo.

Sentía que me faltaba algo, y ese algo era ella.
Me frustraba mucho no poder tener lo que quería.
Cuando llegué al escritorio, me lancé sobre la silla, casi derramando en el proceso todo el contenido de la taza de café sobre el teclado del ordenador. Maldije y traté de serenarme. Saber que estaba a punto de hablar con Olivia hacía que todo mi interior se encendiese y se pusiera a funcionar a toda máquina. Estaba lleno de nervios y de anticipación, lleno de ilusión.

Por muchas ganas que tuviera de decirle algo, detuve los dedos sobre las teclas y me obligué a esperar a que fuera ella la primera en hablar. Me gustaba darle su tiempo. Que la decisión fuera suya. Eso me hacía saber que le gustaba hablar conmigo, que lo deseaba, que también sentía, aunque fuera una milésima parte, la conexión que yo sentía con ella. Me gustaba pensar que por lo menos estaba la mitad de a gusto cuando hablábamos juntos que yo.

Olivia:

¿Te ha dado tiempo de leer los cuatro capítulos que tocaban?

Sonreí con su pregunta, me gustaba cómo era: fuerte, directa, sabía lo que quería. «Me ha dado tiempo a leer mucho más, sobre todo porque con cada página sentía que te tenía a mi lado», pensé, pero en realidad tecleé otra cosa. No podía escribir eso, no sin conseguir que Olivia no volviese a hablarme más.

Buenas tardes para ti también. Los tengo leídos desde el mismo día en el que empezamos. Con todo el interés que tienes por esta autora, no he podido evitar sentir curiosidad.

Como cada vez que hablábamos, nos enfrascamos en un debate sobre lo que pasaría a continuación en la historia. Nos encantaba especular y tratar de adivinarlo, éramos especialistas en ello. Motivo por el cual muchas veces, en las lecturas conjuntas, nos decían que nos callásemos porque, en la mayoría de los casos, se nos ocurrían teorías tan locas y maravillosas que nuestros amigos se enfadaban cuando no sucedían. Últimamente, se me daba mejor inventar tramas para otros libros que para los míos propios.

Olivia:

Celaena esconde algo, estoy segura. Todavía no sé el qué, pero lo hace.

Tengo el mismo presentimiento. Hay algo raro en su comportamiento, en su forma de pensar. ¿Qué crees que es?

Olivia:

Todavía no lo tengo claro, dame un par de capítulos más y te monto una teoría XD

No me hacía falta tenerla delante para darme cuenta de que estaba sonriendo mientras escribía eso.

¿Crees que van a llegar a palacio? Tengo la sensación de que ella se va a escapar, o que alguien la va a rescatar. No sé, es un pálpito extraño.

Le pregunté, no lo tenía nada claro. Me daba la sensación de que estaban tardando demasiado en llegar. O bien la autora nos quería enseñar el reino, que conociéramos el mundo, o bien nunca nos íbamos a internar en el castillo. Sentía mucha curiosidad por saber qué pensaba Olivia. Ella solía tener muy buen ojo para deducir esas cosas.

Me quedé mirando los tres puntos que indicaban que estaba escribiendo, deseoso de conocer su respuesta, pero, antes de que ninguna frase apareciese en la pantalla, los tres puntos desaparecieron. Seguí observando la silueta de su avatar, a la espera de que volviese a ponerse a escribir, pero no hacían más que pasar los minutos y seguía sin aparecer ningún mensaje.

¿Hola? ¿Olivia?

Escribí con la esperanza de que me dijera que se había entretenido con algo, pero eso no sucedió. Después de un rato mirando al frente sin ver nada, volví a leer la conversación, tratando de determinar si algo de lo que había dicho podía haberla molestado, pero no lo encontré. Nuestra charla había sido muy normal y para nada comprometida. Aparté los ojos del chat y minimicé la pantalla para dejar de atormentarme. Algo me decía que ese día Olivia no iba a escribir más, una especie de presentimiento. Nunca se había ido sin despedirse, pero siempre mantenía las horas de conexión a raya. Era de las pocas personas de nuestro grupo de lectura, de los amigos que tenía por redes, que siempre se conectaba a las mismas horas y nunca fuera de ellas.

Me obligué a pulsar sobre el icono del programa Scrivener que tenía anclado a la barra de tareas del ordenador. Me obligué a hacerlo para desprenderme de esa extraña sensación que me apretaba la boca del estómago, esa sensación que me susurraba que le había pasado algo a Olivia, que esa desaparición repentina y sin despedirse no era normal. Que ella nunca haría eso. Me obligué a hacerlo porque la cruda y dura realidad era que no tenía forma de comprobar si estaba bien.

Durante toda la tarde fui pinchando de vez en cuando sobre el icono de la conversación para asegurarme de que Olivia no había escrito nada más. Todas y cada una de las veces me llevé una desilusión. Aproveché ese estado de ánimo tan angustioso para escribir una escena en la que la protagonista de mi actual proyecto tenía que encargarse de realizar una misión que le habían encomendado y que no quería llevar a cabo porque iba en contra de sus principios.

A eso de las nueve de la noche, me di por vencido y apagué el ordenador. Era ridículo pensar tanto que Olivia iba a decir algo como que iba a ser capaz de escribir una sola palabra más.

Con una sensación amarga de pérdida alojada en la boca del estómago, apagué la luz del despacho y cerré la puerta.

Capítulo 3

OLIVIA

Estaba en el suelo del baño. Llevaba más de dos horas sentada allí, desde que Marcos había anunciado que se marchaba. No podía seguir más tiempo así, necesitaba hacer algo. Mis dedos temblaron sobre el teléfono móvil que sujetaba entre las manos como si fuera un salvavidas en mitad del océano. Aunque estaba muerta de miedo, no quería seguir viviendo de esa manera. Sabía que fuera había algo más de lo que tenía. Tenía que haberlo. Necesitaba respirar. Marcharme de esa casa en la que me iba a morir. No quería volver a pasar por la misma situación nunca más. No podía hacerlo. Me daba miedo ver a Marcos, tenerle cerca. Me daba asco.

Había intentado darle una oportunidad una y otra vez, pero era incapaz de controlar su carácter, de no explotar por todo. Dudaba de que después de pegarme esa tarde no fuese a volver a hacerlo. En el pasado, siempre que había cruzado una línea ya no había existido marcha atrás. No quería volver a estar con él. No quería vivir bajo su yugo. No quería que me tocase cuando volviese a casa. Temblé solo de pensarlo y todo el vello de mi cuerpo se erizó.

No sabía qué me daba más miedo, que regresase enfadado o arrepentido. ¿Qué iba a hacer si quería acostarse conmigo? Sabía que no iba a aceptar un no por respuesta. Ese pensamiento fue el que me hizo pulsar sobre el nombre de Lena en la pantalla del móvil.

El teléfono comenzó a sonar y cerré los ojos, apoyando la frente sobre las rodillas. Esperaba que Lena lo hubiese dicho de verdad cuando unos meses atrás me había dado su teléfono personal y me había asegurado que podía contar con ella para cualquier cosa que necesitase. Juro que ese día llegué a pensar que se había dado cuenta de la situación en la que vivía. A pesar de que en ese momento sentí una mezcla de vergüenza y temor, grabé su número. Una pequeña parte de mí supo que algún día necesitaría ayuda para salir del lugar en el que estaba metida.

—¿Sí? —preguntó una voz de mujer al otro lado de la línea.

No había calculado la reacción que tendría en mí escuchar a Lena, una persona que era mi amiga, una persona que asociaba con la seguridad y con los buenos momentos. Empecé a llorar de forma desconsolada. Todos los sentimientos que había conseguido mantener bajo control erupcionaron a la superficie sin que pudiera evitarlo. Necesitaba tanto contar con alguien… Necesitaba tanto a alguien que me comprendiera y ayudase…

—¿Hola? —preguntó de nuevo, esta vez con la voz cargada de malestar, de miedo.

Me di cuenta de que, al no conocer mi número de teléfono, la estaba asustando.

—¿Qué te pasa? ¿Quién eres? —Sus preguntas viajaron por la línea cargadas de desconfianza, pero, a la vez, de interés.

Por mucho que no encontrara las palabras, supe que tenía que decir algo antes de que ella colgase y perdiese mi oportunidad. ¿Qué iba a hacer si bloqueaba el número desde el que la estaba llamando?

—Lena —dije. Mi voz sonó sin apenas fuerza, dañada por todo lo que había estado llorando.

—¿Quién eres? —insistió. —Soy Olivia —expliqué.

—Olivia. —Pude notar el alivio en su voz cuando comprendió que la llamada no era una broma—. Dios, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? Me estás asustando. ¿Qué necesitas? —dijo, lanzando un montón de preguntas a la vez.

No sabía qué decir. Me daba vergüenza explicarle lo que había pasado, lo que me llevaba pasando tanto tiempo, pero necesitaba ayuda.

—He tenido un problema con mi novio —dije, mi voz sonó insegura y temblorosa.

—¿Un problema? —preguntó con voz dura—. ¿Qué clase de problema?

Ahí estaba su pregunta, la que tanto había temido. Era hora de contar la verdad. De explicarle a otra persona lo que me estaba su- cediendo. Solté el aire poco a poco, con miedo de lo que iba a decir. De lo que iba a sacar de dentro de mí y de la reacción que tendría el mundo ante ello. Esa era la prueba de fuego que me diría si yo era la que estaba equivocada, si estaba sola.

—Me ha pegado —respondí con un fino hilo de voz.

—Hijo de puta —dijo ella con la voz cargada de rabia—. ¿Estás a salvo ahora? ¿Dónde estás? ¿Cómo puedo ayudarte? —volvió de nuevo con preguntas.

La reacción de Lena hizo que un alivio indescriptible, como el que nunca había experimentado antes, me recorriera todo el cuerpo. No me preguntó acerca del motivo por el que me había pegado. No le interesaba. Supe entonces que para ella nada habría justificado que lo hiciera. Una losa que ni siquiera sabía que llevaba a cuestas se levantó de mis hombros. Escuché pasos al otro lado de la línea y supe que estaba caminando.

—Estoy en el baño de casa —le conté, respondiendo a una de las preguntas que me había formulado.

—¿Dónde está él? ¿Quieres que llame a la policía?

—No, no hace falta, ya no está. Solo quiero irme de aquí —le dije, porque necesitaba hacerlo de una vez, necesitaba sacar ese anhelo de mi interior.

Decirlo en alto lo hacía mucho más real.
—Gracias a Dios —dijo, aliviada—. ¿Cómo puedo ayudarte? —No tengo familia —confesé—. No tengo a nadie. No están muertos, pero no son buenas personas.
—Vaya, lo siento mucho. Pero no te preocupes, eso da igual.

No estás sola, ¿vale? ¿Dónde vives? —me preguntó.
Por su tono de voz, era fácil deducir que estaba tratando de organizarlo todo. Lo agradecí muchísimo. Tanto que las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos de nuevo. Lágrimas silenciosas cargadas de alivio y de incertidumbre, cargadas de un «no estás sola».

—En Madrid —respondí.

—Perfecto, yo soy de Comillas, un pueblo de Santander. Seguro que desde la capital es fácil encontrar un transporte que te traiga hasta aquí. Voy a buscar en el ordenador —dijo como si lo que me estaba proponiendo fuese lo más normal del mundo.

—¿Quieres que vaya allí contigo? —le pregunté para asegurar- me de que la estaba entendiendo.

—Claro —respondió—. Quieres hacerlo, ¿verdad? No creo que sea una buena idea que te quedes en Madrid.

—Por supuesto que quiero —respondí inmediatamente, temerosa de molestarla—, es solo que estoy sorprendida de que me trates tan bien —comenté, y no pude contener el llanto.

—Eres mi amiga, Olivia. Estoy para lo que necesites. Y, aunque no lo fueras, me comportaría de la misma manera. Nadie debería tener que pasar nunca por lo que acabas de vivir.

—No sé cómo agradecértelo —le dije.

Lena, a la que conocía desde hacía poco más de un año de un grupo de lectura, con la que solo podía mandarme mensajes en determinadas horas, aunque habíamos congeniado y solíamos hablar mucho por privado, estaba mostrando más interés por mí de lo que nunca había mostrado mi familia, de lo que nunca había mostrado nadie.

—No tienes que agradecerme nada. Solo ven aquí para que pueda ver con mis propios ojos que estás a salvo.

—Quiero estar a salvo.
—Lo vas a estar, te lo aseguro.
Después de eso estuve al teléfono con ella, escuchándola teclear en el ordenador mientras buscaba un medio de transporte para que pudiera ir hasta Santander. No había ni tren ni autobús directo hasta Comillas.

—¿Seguro que no te importa tener que conducir hasta la estación de madrugada para ir a buscarme? De verdad que puedo quedarme esperando hasta la mañana y coger un autobús hasta allí.

—Olivia, te lo he dicho en serio. Por favor, no te agobies. Si por mí fuera, te iríamos a buscar ahora mismo hasta Madrid, pero es mejor que te largues de allí ya. No es prudente que pases más tiempo en esa casa.

—Sí, no quiero quedarme a esperar aquí —respondí, temblado por el miedo solo de pensar en esa posibilidad.

Quién sabía si Marcos me iría a buscar a las estaciones cuando llegase a casa y no me viese. No quería ni siquiera imaginármelo.

—Te voy a mandar un WhatsApp cuando colguemos para que tengamos un chat abierto para poder hablar hasta que estemos juntas. No quiero que pienses ni por un segundo que estás sola. Lo sabes, ¿verdad? Sabes que no lo vamos a permitir —preguntó con fuerza.

—Sí —respondí, cerrando los ojos para tratar de contener el torrente de lágrimas calientes que se acumuló tras mis párpados con sus palabras de apoyo.

Cuando colgué el teléfono, después de que organizásemos todo, la realidad me golpeó de nuevo, la realidad de la situación en la que me encontraba. Tenía miedo de salir del baño, pero también tenía miedo de quedarme allí dentro. No podía seguir paralizada. Tenía que hacer algo.

Con el corazón alojado en algún lugar de la garganta, apagué la luz del baño para que fuese más difícil verme y abrí la puerta con cuidado. Asomé un poco la cabeza y miré a ambos lados, asegurándome de que era verdad que Marcos se había marchado. Sentí una oleada de alivio al descubrir que sí que lo había hecho. Con la hoja de la puerta todavía agarrada, cerré los ojos y aspiré con fuerza para armarme de valor. Si quería salir de esta casa, necesitaba hacerlo primero del baño. Eché a correr. A pesar de estar sola, todavía me costaba sentirme segura. No quería estar atascada en esa casa ni en esa vida un solo día más.

Llegué a la habitación que compartíamos y abrí el armario. Saqué la única mochila que tenía y empecé a llenarla con ropa. No pude meter mucha porque era pequeña, así que cogí solo lo indispensable. Cuando terminé, corrí hacia la sala, a la estantería donde tenía los pocos libros que conseguí comprar con tanto esfuerzo, y rebusqué entre sus páginas los billetes que había ido guardando allí para cuando los necesitase. Nunca nos sobraba el dinero, siempre sucedía algo que hacía que Marcos gastase más de la cuenta. Sabía que no encontraría el que había escondido entre los libros. Marcos odiaba la lectura. Siempre encontraba el momento para decirme lo aburrida que le parecía por pasarme horas metida entre las páginas de las novelas. Mientras estaba en casa viviendo otras vidas, viviendo mil aventuras, haciendo todo lo que no me atrevía en la vida real.

Cogí todo el dinero que había ahorrado. No era demasiado, pero sí el suficiente como para poder pagar el billete y subsistir durante unos meses.

Volví al baño para lavarme la cara antes de marcharme. Podía notar que tenía sangre reseca en la comisura de la boca, la notaba tirando de mi piel. Me puse frente al espejo con la cabeza agachada. Tenía miedo de mirarme, de ver cómo estaba, no quería enfrentarme al reflejo que me devolvería. Me armé de valor y levanté la cabeza; debía hacerlo si quería salir de allí. Tenía los ojos hinchados y brillantes de tanto llorar. Y ojeras, unas enormes ojeras que hablaban de todos los años que llevaba sin descansar en condiciones, que evidenciaban que nunca podía estar tranquila, que siempre me mantenía alerta, con un ojo abierto para tratar de anticiparme a lo que pudiera suceder. Bajé la vista hasta mi boca. Tenía una raja en la comisura que apenas se podía ver por toda la sangre reseca que la cubría y una sombra púrpura se estaba empezando a hacer visible en la piel bajo la herida, evidenciando que durante los próximos días tendría un buen moratón en el lugar en el que Marcos me había pegado. Sin querer centrarme en ello, bajé la vista, abrí el grifo y me agaché para lavarme la cara. Quería pasar lo más inadvertida posible para la gente con la que me cruzase, y sabía que llena de sangre no lo conseguiría.

Abandoné el baño, cogí la mochila, mi bolso —que había colgado en el perchero antes de que todo estallase— y salí por la puerta de esa casa. Esa casa y esa vida que quería dejar atrás. Bajé las escaleras corriendo hasta la calle. Sentía que solo sería capaz de volver a respirar cuando estuviera lejos de esa cárcel. Dejé de correr cuando comenzaron a fallarme las piernas y a arderme los pulmones, aunque seguí caminando todo lo rápido que era capaz. Cuando llegué a la boca de metro más cercana, bajé las escaleras hasta el andén, pagué el billete y me monté en la línea que me llevaría hasta la estación de tren de Chamartín. Apenas recuerdo nada del viaje, solo la desagradable sensación de estar todo el rato mirando a mi alrededor, temerosa de cruzarme con alguna persona que me reconociese. De que, por algún motivo, mis planes de huida se desmoronasen.

Llegué a la estación media hora antes de que saliese el tren hacia Santander. Fui a la taquilla y compré el billete. Solo en ese momento, con el boleto que me llevaría lejos en la mano, me permití relajarme un poco. Me senté en uno de los bancos delante del andén por el que pasaría el tren, mirando a las vías como si por desearlo con todas mis fuerzas fuese a llegar antes. Después de unos minutos, me di cuenta de que me esperaban más de cuatro horas de viaje. No iba a aguantar tanto tiempo sin beber. Necesitaba levantarme para ir al servicio y comprar agua, pero las ganas de quedarme allí sentada eran muy fuertes, me daba miedo que el tren se marchase sin mí. Traté de convencerme de que por hacerlo no se me iba a escapar. Cuando lo conseguí, después de asegurarme de que todavía quedaba tiempo mirando el cartel que indicaba la hora de llegada de mi transporte, salí disparada en busca del servicio. No me costó nada encontrarlo y menos hacer mis necesidades. Cuando salí, me acerqué a una máquina expendedora, desde la que se veía el andén, para comprar agua. Miré con deseo una chocolatina y decidí que era el momento de concederme un capricho, que dos euros no iban a marcar la diferencia en mi reducida economía. Compré las dos cosas y corrí de nuevo al banco en el que me había sentado antes. Guardé la chocolatina; me la comería más adelante, cuando tuviera hambre. Me coloqué la mochila sobre las piernas y esperé sin dejar de observar las vías. Unos diez minutos después, cuando me monté en el tren, sentí como toda la tensión que me había mantenido en pie y me había hecho actuar hasta entonces se esfumaba, dejando solo el miedo y la preocupación por lo que haría a partir de entonces. Cuando trataba de enfocar hacia el futuro, solo me encontraba con una cortina blanca. No había nada, no era capaz de imaginar cómo sería mi vida. No tenía nada claro lo que quería, solo sabía de sobra todo lo que no quería volver a experimentar nunca.

Capítulo 4

AREN

Giré la cabeza sorprendido cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe en mitad de la noche. Estaba tumbado en la cama, leyendo Trono de cristal. Se me había quedado mal cuerpo después de que esa tarde Olivia dejase de hablarme de repente y, entre sus páginas, era de la única manera que sentía que tenía algún tipo de conexión con ella. Me había acostado pensando, imaginando más bien, que ella estaría igual en su casa y que cabía una pequeña posibilidad de que leyéramos lo mismo a la vez. Conectados, a pesar de estar lejos.

—¿Qué pasa? —le pregunté asustado a Lena, levantándome de la cama por acto reflejo.

Si irrumpía en mi cuarto sin llamar, y a esas horas de la noche, era porque algo andaba mal. Aunque hubiera sido una situación normal, su cara descompuesta habría sido suficiente para llegar a esa conclusión.

—Es Olivia. Tenemos que ir a buscarla —dijo, entrando y quedándose en medio de la habitación, congelada.

Su respuesta hizo que me tensara todavía más. No era para nada lo que había esperado que contestase. De golpe, cientos de razones por las que Olivia había dejado de hablarme y desaparecido sin despedirse esa tarde, a cada cual peor, comenzaron a desfilar por mi mente. Le había ocurrido algo, lo había presentido. No había sido un comportamiento normal. Sentí como la espalda se me cubría de un sudor frío.

—¿Qué le pasa? —pregunté casi gritando, acercándome a mi hermana.

Estábamos el uno frente al otro, en mitad de mi habitación, visiblemente preocupados.

—Me lo había imaginado, Aren, te lo juro. Tenía que haber hecho algo antes —empezó a farfullar Lena fuera de sí, llena de inquietud, moviendo la cabeza a ambos lados.

La atraje contra mi pecho y la envolví entre mis brazos.

Uno de los dos tenía que tranquilizarse, porque si no, no íbamos a conseguir hablar. Necesitaba que Lena me dijese qué le pasaba a Olivia. Necesitaba saberlo para poder arreglarlo. Le acaricié la cabeza.

—Cuéntame lo que ocurre —le pedí, agarrándole la cara con las dos manos para que me mirase.

Ella tragó saliva antes de contestar, lo que hizo que mi ya de por sí alta tensión se elevase todavía más.

—El novio de Olivia le ha pegado hoy y me ha llamado para que la ayude.

Joder. No. No. No.
Eso no podía estar pasando. No a ella. No a nadie. No de nuevo. —¿Dónde está? ¿Sabes su dirección? —le pregunté, mientras me alejaba de ella e iba hasta el armario para ponerme unos pantalones y una sudadera.

Teníamos que ir a buscarla ya.
—Está en la estación de trenes —me explicó con voz distraída. Me giré para ver qué le pasaba y la vi mirar el móvil. Supuse que estaba leyendo una conversación con Olivia. Me sentí tentado de pedirle que me dejase llamarla, pero, si ella no me había pedido el teléfono para llamarme a mí y sí a Lena, era por algo. No quería hacer nada que pudiera causarle incomodidad.

—Va a coger un tren para venir hasta Santander. Le he dicho que la vamos a buscar allí.

—Por supuesto —secundé—. ¿Está a salvo? —le pregunté, aunque fue más una súplica. Necesitaba que ella lo estuviera.

Necesitaba escuchárselo decir a Lena.

—Lo está, ahora sí que lo está. Nosotros nos vamos a encargar de ello —me dijo mi hermana, acercándose a mí y dándome la mano para transmitirme tranquilidad.

Le devolví el apretón.
—Estamos juntos en esto —afirmé.
—Siempre estamos juntos en todo —me respondió ella. —Ahora, vamos a estarlo para Olivia —le aseguré para tranquilizarnos a los dos.
—Todavía quedan cuatro horas para que llegue, pero quiero ir ya a la estación —comentó.
—Yo también. No pienso quedarme en casa sabiendo que ella está

de viaje. Vete a cambiarte de ropa y nos vamos —le dije, deshaciéndome de la parte superior del pijama para poder ponerme la sudadera.

—Eres el mejor —me dijo Lena, acercándose a mí. Se puso de puntillas para darme un beso—. Te quiero.

—Y yo a ti —le respondí, agarrándola de los hombros para atraerla contra mi cuerpo y abrazarla fuerte.

No tenía muy claro cuál de nosotros lo necesitaba más en ese momento.

Menos de quince minutos después, estaba abajo, en la panadería-cafetería, llamando a José, el hombre que se encargaba de hacer el pan los fines de semana y cuando yo tenía algún día libre. Respiré aliviado cuando, al preguntarle si podía trabajar esa maña- na, me respondió que sí. No es que hubiera cambiado nada si no hubiera podido hacerlo —ir a por Olivia era prioritario—, pero no quería dejar a nadie del pueblo sin nuestro pan. Teníamos algunos clientes que eran casi como de la familia.

Estaba terminando de coger unas botellas pequeñas de agua y unas magdalenas, por si tenían hambre en algún momento de la madrugada, cuando escuché cómo se abría y se cerraba la puerta de casa segundos antes de que Lena bajase corriendo las escaleras.

—¿Vamos? —me preguntó cuando llegó frente a mí.
—Por supuesto —le respondí.
Puse la alarma antes de cerrar la puerta. Salimos y caminamos hasta el aparcamiento que estaba a un par de calles, ya que la zona en la que vivíamos era peatonal. Cuando llegamos al coche, nos montamos y partimos hacia Santander. Conduje en silencio. Tanto Lena como yo estábamos sumidos en nuestros propios pensamientos. Cada uno luchando contra su ejército de monstruos. Supe, sin que ella tuviera que decírmelo, que estaba recordando el pasado, al igual que yo. Mientras conducía de ca- mino a la estación, sentía que estaba viviendo un déjà vu, aunque no era el mismo lugar ni la misma persona, pero sí el mismo motivo. No podía dejar de recordar el día que me había montado en un avión para ir a recoger a mi hermana. Para alejarla de ese cabrón. El dolor y el enfado de entonces se mezclaban con la rabia y la angustia que sentía en ese momento, haciendo que todo se multiplicase. Estaba apretando tanto la mandíbula que iba a terminar rompiéndome algún diente antes de que amaneciese.

Cuando llegamos a la estación, no me costó nada encontrar aparcamiento. Pude elegir entre las innumerables plazas vacías que había. Nos bajamos del coche todavía en silencio y entramos en el edificio. Sintiéndome impotente y deseando poder hacer algo, le pregunté a Lena cuál era el tren que había cogido Olivia para poder buscarlo en las pantallas. Sentí que de esa manera tenía aunque fuera una pizca de control. Respiré aliviado cuando lo encontré. Era una tontería, lo sabía, pero ver ese número en la pantalla me hizo sentir que todo era mucho más real, que de verdad Olivia estaba a salvo, o por lo menos todo lo a salvo que podía estar en esos momentos, y que estaba viniendo hacia nosotros. Sabía que solo me quedaría tranquilo cuando la tuviera delante y estuviéramos dentro del coche. ¡Qué cojones! La única manera en la que estaría tranquilo sería sabiendo que estaba en casa, segura. Pudiendo vigilar que nada ni nadie la dañase.

Fuimos hasta un banco que estaba enfrente de una pantalla y desde el cual se podía ver el andén, y nos sentamos muy juntos. En silencio. Agarré la mano de Lena y se la apreté. Eso era lo único que podía hacer por los dos, demostrarle que estábamos para apoyarnos mutuamente y, ahora, también para apoyar a Olivia.

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