Título: Una sirena en Hawái
Autora: Arianne Martín
Editorial: Kiwi
Año de publicación: Agosto 2021
Género: New adult, romance
Número de páginas: 246 páginas
Precio: 3,99€ (ebook)
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SINOPSIS

Una boda para unir a dos océanos en guerra.
Una princesa que sueña con no tener corona.
Un príncipe que sueña con conocer el amor.
Un capitán que sueña con ser digno de la princesa.
Un general que sueña con comprender sus propios sentimientos.
Una isla que les transformará a todos.
Y… el regreso a la realidad.
¿Qué sucederá cuando tengan que enfrentarse a su destino y dejar de lado lo que anhelan en lo más profundo de sus almas?
¿El deber es más fuerte que el amor?

LEE EL PRIMER CAPÍTULO

Prólogo

CIUDAD SHAKA

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Capítulo 1

PALACIO REAL AKAMAI

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AANYE

A veces, me sentía una mala sirena.

A veces, deseaba ser solo una sirena normal y no la princesa.

A veces, deseaba no ser la llave para que la enemistad entre las dos familias reales más poderosas del océano se terminase.

Pero, por muchas cosas que desease, la realidad era diferente.

La realidad es que era la princesa heredera del trono de los Pacíficos.

Sabía que mi cometido era muy importante. No solo mi cometido de casarme para unir dos reinos enemistados desde hacía siglos y que traería la tan ansiada paz a los océanos. Sino mi cometido de representar, dirigir y proteger a los millones de sirenas y tritones que dependían de nosotros.

Quería ser buena para ellos, quería ser buena para el reino. De verdad que quería. Me habían criado para eso, había estudiado, investigado y dedicado toda mi vida a ser la mejor en hacerlo, pero… a pesar de ello tenía mis propios anhelos. Mis propias necesidades. Tenía un corazón.

Un corazón que sabía desde hacía años a quién quería y, desde luego, ese tritón no era mi futuro marido. Aunque no podía quejarme tampoco, había tenido mucha suerte con mi prometido. Digamos que, gracias a que ninguno de los dos estábamos contentos con nuestro destino, con nuestra unión, ese mismo rechazo común nos había llevado a hacernos mejores amigos. De hecho, éramos inseparables. Nos lo contábamos todo el uno al otro. El problema es que éramos eso: amigos. Habíamos estado de visita en la corte del otro innumerables veces, ya fuera por asuntos políticos o porque a nuestras familias les gustaba aparentar que todo iba genial entre nosotros. Pero la cuestión era que habíamos tenido mucho tiempo para conocernos y apoyarnos.

Quedaban exactamente treinta y dos días para que todos mis sueños se acabasen. Treinta y dos días para tener que abrazar mi destino y quedarme con él para siempre. El rito del matrimonio en nuestra especie era una unión mágica que te ataba de por vida a la persona con la que lo hacías. Una unión que enlazaba el alma de los dos seres. Un rito que te impedía estar con nadie más.

El matrimonio era una unión que te cambiaba para siempre y que no se podía deshacer. Por supuesto, eso estaba muy bien cuando amabas a la persona con la que te ibas a casar —o cuando, al menos, lo habías elegido porque tú así lo querías—, pero cuando era algo que te venía impuesto… era algo que daba mucho miedo.

Pero, aunque estaba asustada, era lo suficiente buena sirena y princesa para saber que eso era lo que tenía que hacer. ¿Qué eran la felicidad, los sueños y la vida de dos sirenas en comparación con los de millones? Ya lo digo yo: no era nada. Un pequeño precio a pagar. Un precio que estaba dispuesta a pagar. Pero no podía negar que quería…, quería poder vivir lo que se sentía cuando te amaban de verdad. Lo que se sentía al ser todo para alguien. Lo que se sentía cuando el tritón del que llevabas toda la vida enamorada te amaba de vuelta. Y aunque sabía que eso era, en mi caso, imposible, eso no evitaba que aun así siguiese deseándolo. No evitaba que siguiese tratando de conseguir que se fijase en mí, que me hiciera caso.

Estaba dentro del palacio, sentada en la habitación que tenía para hacer joyas. Siempre me había gustado hacer cosas con mis propias manos, me parecía algo mágico. Mientras miraba por la ventana de esa habitación, muchas veces soñaba con tener una vida sencilla en la que no era una princesa. Una vida en la que podía dedicarme a crear los más preciosos anillos, pulseras y pendientes del océano. Pero eso, de nuevo, era una tontería. Otro anhelo más que nunca se haría realidad. Hacer joyas era, y siempre sería, mi pasatiempo, pero nunca nada más que eso. No era tan ilusa como para no saberlo.

Levanté la vista de la enorme mesa de madera sobre la que trabajaba y miré con aire soñador el colgante que hacía tantos años había hecho para Kai. La piedra que colgaba en el centro era una preciosa recreación de una cola de tritón. Había conseguido una piedra que tenía exactamente el color de su propia cola y la había estado tallando durante semanas con esmero, con amor, pensando con cada pasada del cincel que realizaba sobre la piedra en él. Por supuesto, nunca me había atrevido a entregársela. Estaría tan fuera de lugar que lo hiciese.

Kai siempre había sido muy serio y profesional, casi rígido en su manera de actuar. Intransigente. Los únicos momentos en los que podía disfrutar de su atención eran cuando tenía que cumplir su labor de capitán, o conmigo, o cerca de mí. Siempre había odiado que estuviese tan cerca, viviendo en el palacio, trabajando en el palacio, pero que a la vez estuviera a millones de millas de distancia de mí. Nos conocíamos desde hacía años, pero a veces sentía como si no lo conociese para nada.

Sabía que le gustaba ser profesional. De hecho, lo era y mucho, pero, aunque esa era una de las cosas que más me gustaban de él, que se preocupaba por nuestra gente, por la protección de los demás, lo que de verdad me hubiera gustado es que conmigo dejase toda esa profesionalidad a un lado. Conmigo solo quería que fuésemos nosotros y no nuestros títulos. Quería que fuésemos Any y Kai. Pero eso no era más que una fantasía; hermosa, pero una fantasía, a fin de cuentas. Nunca seríamos nada más que la princesa y futura reina, y el capitán de la guardia real. Y eso me dolía. Aunque, por otra parte, saber que gracias a lo que era siempre lo tendría cerca me consolaba en cierta manera. Eso me hacía lo suficiente feliz como para aguantar los días malos, los días en los que me sentía egoísta y lo quería todo para mí.

Los días como hoy.

Me acerqué a la ventana de la habitación y me desabroché el vestido que llevaba puesto; luego, relajé los hombros para que se deslizase por mi cuerpo hasta caer al suelo. Cuando el vestido no fue más que un charco a mis pies, levanté la pierna y salí de él.

Me agarré a ambos lados de la ventana para subirme sobre el marco. Miré hacia abajo, a mi cuerpo, para asegurarme de que la red interior que llevaba estuviese bien estirada y, después, me lancé hacia delante. Cuando mi cuerpo atravesó la burbuja de aire que protegía el palacio y por fin alcanzó el mar, cerré los ojos encantada, disfrutando del frescor y de la sensación de humedad sobre mí, de la sensación de hogar. Antes de que todo mi cuerpo estuviese completamente en el agua había terminado de transformarme.

Durante unos segundos me quedé quieta en el agua, mirando hacia los muros de palacio, casi como si tratase de encontrar a Kai con la mirada, pero sabía que era una tontería. Mis ojos se desviaron un poco más lejos de los muros, a la preciosa ciudad llena de luces y hermosos edificios blancos, llena de vida. La ciudad se extendía por millas y millas hacia todos los lados. No solía visitar la ciudad tanto como quería, pero la verdad es que tampoco podía hacer muchas de las otras cosas que quería. Sumida en mis pensamientos, la admiré durante unos segundos más antes de darme la vuelta y nadar por detrás del palacio hacia las afueras. Quería nadar hasta mucho más lejos de los campos de cultivo.

Pocos segundos después de salir nadando por encima de los muros de palacio, sentí cómo un guardia se colocaba detrás de mí. No me sorprendió para nada, de hecho, podría haber salido por cualquier otro lugar del palacio por el que tardasen más en descubrir que me estaba escapando, pero mi intención no era la de que no se diesen cuenta. Mi intención era otra. Esta pequeña salida tenía dos objetivos principales. El primero, recoger piedras que fuesen lo suficiente imperfectas y reales como para ser ideales para poder hacer joyas con ellas, y el segundo, poder disfrutar de Kai.

No tuve que esperar mucho tiempo para conseguir lo que quería. Menos de quince minutos después de haberme marchado del palacio, apareció.

Estaba rebuscando entre unas anémonas cuando sentí que alguien se acercaba mucho a mí.

—Princesa. —Escuché cómo me llamaba, su tono era duro.

Sabía que no le gustaba que me pusiera en peligro, solía ponerse muy nervioso por ello. Pero ambos sabíamos que nunca lo había estado, no por estas pequeñas salidas que hacía fuera de palacio a recoger piedras preciosas para mis joyas y, lo más importante de todo, para verlo a él.

Cuando levanté la vista y la posé sobre su preciosa cara de rasgos duros y varoniles, el corazón se me saltó un latido. Los nervios que hasta ese momento había tenido cavando en mi estómago se dispararon y se movieron a una velocidad de vértigo, haciendo que me pusiera muy nerviosa. Por mi mente solo pasó un pensamiento coherente. «Si hubiese podido elegir con quién casarme, te hubiera elegido a ti».

KAINALU

Estaba revisando por tercera vez el protocolo de seguridad para la celebración que tendría lugar en el palacio dentro de dos días. Me negaba a pensar en qué era lo que se iba a celebrar. Eso no era de mi incumbencia. Sin embargo, que todo sucediese sin ningún tipo de incidente sí que lo era.

—Capitán.

Me di la vuelta cuando escuché que me llamaban. Fruncí el ceño mientras miraba acercarse a uno de los vigilantes de los muros de palacio. Sabía lo que estaba a punto de comunicarme.

—La princesa acaba de salir por la ventana de la torre —me dijo con la voz llena de tacto, casi con miedo, como si estuviese seguro de que mi reacción no iba a ser muy agradable.

Su manera de hablarme hizo que reflexionase acerca de cómo me había estado comportando últimamente. Y me di cuenta de que me estaba comportando como un cabrón. Sabía que estaba siendo más duro y exigente de lo que era habitual en mí. Pero es que estaba al límite. Si supiesen que esta era mi versión controlada…

—¿Quién la ha seguido?

—Nilos, señor.

—Gracias, soldado —le dije—. Puedes volver a tu posición.

Dicho eso, me di la vuelta para dar las instrucciones necesarias para que durante mi ausencia siguieran revisando lo que faltaba. Aunque no tardaría demasiado en regresar al palacio, no quería tener esa preocupación rondándome la cabeza. Bastante tenía con Any.

Salí por la enorme puerta del palacio y caminé por uno de los laterales hasta el jardín trasero. Cuando llegué junto a una de las garitas de seguridad, me quité las botas, los pantalones y la camiseta antes de entregárselos a uno de los soldados que vigilaban el perímetro del palacio para que me los guardase. No me apetecía que durante la transformación se me rompiese otro uniforme. Desenrosqué la rejilla del uniforme de tritón que llevaba bajo la ropa. Cuando se desenrolló del todo, me rozó los tobillos. Luego, me até a la cintura el cinturón de las armas.

Sin dar ninguna explicación a nadie. Era el maldito capitán y no tenía por qué justificar ante nadie por qué iba detrás de la princesa, que estaba acompañada por un guardia, en vez de quedarme en el palacio organizando lo que sí que me competía de verdad, que no era otra cosa que encargarme de la seguridad del evento que se celebraría al día siguiente. Nadé dirigiéndome hacia el lugar donde estaba seguro de que estaría la princesa. La conocía demasiado bien. La había seguido demasiadas veces.

No me hizo falta hacer ningún esfuerzo para encontrarla. La hubiese encontrado igual, aunque uno de mis hombres no hubiese estado vigilándola. Siempre que se escapaba del palacio iba al mismo lugar. A Any le encantaba hacer joyas de todo tipo, le encantada crear cosas con sus propias manos. Siempre me había parecido increíble todo lo que era capaz de hacer. Tenía un gusto y una delicadeza especial para ello.

Y allí estaba Any, nadando entre la flora silvestre que crecía más allá de la seguridad del palacio, mucho más allá de los límites de la ciudad, en mar abierto. La princesa podría conseguir cualquier piedra que se le antojase sin ni siquiera salir del palacio; para lograrlo, no tendría que mover ni un solo dedo. Cualquiera de los empleados o artesanos se la traería encantado. Pero a ella le gustaba hacer las cosas por sí misma. Le gustaba ensuciarse las manos. La pregunta acerca de por qué lo prefería hacer ella misma se me había quedado atrapada en los labios en muchas ocasiones, pero nunca los había atravesado. Que lo hiciera estaría tan fuera de lugar… Pero no podía evitar sentir curiosidad por lo que pasaba por su cabeza, por lo que sentía, por lo que le gustaba. Any era, a pesar de tener una personalidad tan abierta, un misterio en sí misma. Una vez que llegué al lugar donde estaba, me permití observarla fascinado durante unos segundos. Cuando mis ojos se deslizaron por su cola y empecé a imaginarme cómo serían los patrones de sus escamas bajo la red que llevaba puesta, me dije que era suficiente. Nunca la vería desnuda, nunca sabría cómo eran sus escamas, ya era hora de que se me metiese eso en la cabeza.

—Princesa —dije en alto su título para llamar su atención.

Any levantó la vista, enfocó sus ojos sobre mí y con solo ese pequeño gesto consiguió que el corazón me diese un vuelco. Apreté ese sentimiento hacia lo más profundo de mí, lo traté de enterrar muy adentro para que nadie, ni siquiera yo mismo, tuviese acceso a él.

Como siempre que se escapaba de palacio, Any no parecía para nada sorprendida con mi aparición. En más de una ocasión se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que ella hiciera eso solo para que yo viniese a cuidarla, pero de la misma manera en la que ese estúpido pensamiento aparecía lo hacía desaparecer. Era algo ridículo. Tenía que ser realista, yo era un puto capitán de la guardia real y ella, la princesa. Era evidente que no quería tener nada que ver conmigo.

—Capitán —pronunció mi título con tal burla que supe que estaba molesta.

No me sorprendió lo más mínimo, la princesa siempre solía parecer molesta a mi alrededor.

Hoy, sin embargo, no era la única que lo estaba. Me miró con sus ojos lilas durante tres latidos. Tres latidos que se me hicieron eternos y me desequilibraron. Tres latidos que hicieron que todas mis convicciones se tambaleasen. Y me hizo sentir raro…, como si esperase algo de mí. No sabría precisar el qué, pero algo.

—Es peligroso que estés recogiendo piedras sola.

—No estoy sola, tú estás aquí y tu guardia lo estaba antes de ti. Nunca estoy sola.

La fulminé con la mirada; no me hacía ninguna gracia que se expusiera al peligro, y mucho menos que actuase como si el peligro no existiera. Neptuno, era tan cabezota.

—¿Es que no te das cuenta de quién eres? —le pregunté molesto. Necesitaba hacerla entender.

Cualquier otra princesa se hubiese enfadado por mi comentario. Cualquier otra princesa me hubiese dicho que yo no era quién para hablarle de esa manera, que era un simple capitán. Pero Any no era cualquier princesa. Ella era especial. No se parecía a ninguna sirena o tritón que hubiese conocido en la vida. Ella era cercana, amable, cariñosa, agradable y fuerte, muy fuerte. Por eso me permitía a mí mismo hablarle de forma tan directa y dura, porque ella me importaba. Me importaba mucho más de lo que debería. Me importaba mucho más de lo que me gustaría que lo hiciera. Es más, casi todos mis problemas y dolores de cabeza se resolverían de golpe si la princesa dejase de importarme de la manera tan inapropiada en la que lo hacía.

Any tuvo el descaro de reírse ante mi dura pregunta. También, como si aquel despliegue hubiese sido poco, puso los ojos en blanco. Había muchos tritones que no tenían el valor suficiente para levantar la voz frente a mi tamaño y rango, y esa pequeña princesa me manejaba como si fuese un suave pez. Por supuesto, ella no sabía hasta qué punto me tenía en sus manos, y era mejor para todos que nunca lo descubriese.

—Antes no eras tan estirado, Kai. —La manera en la que pronunció mi nombre me hizo temblar—. Eras mucho más divertido cuando eras pequeño —dijo, y se dio la vuelta para seguir buscando piedras.

Con eso dicho, supe que la conversación estaba zanjada. Ella no iba a echarse para atrás, iba a quedarse buscando piedras. Y yo no iba a obligarla a que no lo hiciera, no porque fuese la princesa, sino porque era ella y yo quería que disfrutase, que fuese feliz, pero siempre con seguridad. Eso era lo primero.

Me quedé mirándola, disfrutando de su visión, disfrutando de tenerla cerca. Estaba tan a gusto a su lado y era tan consciente de mí mismo que había ocasiones en las que incluso se me olvidaba vigilar lo que nos rodeaba. Gracias a Neptuno que siempre había un montón de guardias vigilando también el perímetro exterior de la ciudad, porque esta pequeña sirena me hacía perder la cabeza.

Haber conseguido llegar a ser capitán era de lo que más orgulloso estaba en el mundo. Me había esforzado muchísimo para llegar hasta aquí y había entrenado mucho más duro que cualquiera de mis compañeros, porque sabía desde muy pequeño, desde que me quedé huérfano y se me permitió entrar a formar parte del ejército en vez de ir a un hogar de acogida, que quería llegar a ser alguien. La primera vez que vi a Any, me di cuenta de que quería ser un guardia real.

 Cuando regresamos al palacio, antes de que ella entrase por la ventana de su estudio, nos quedamos observándonos el uno al otro durante interminables segundos. Interminables segundos durante los cuales fui incapaz de respirar. Me pareció ver un destello de tristeza en sus ojos que hizo que se me encogiese el corazón. Pero ¿qué podría hacer yo para borrarle esa tristeza de la cara cuando no era nadie? Antes de que me diese tiempo de reaccionar, de hacer algo o de preguntarle siquiera, Any se dio la vuelta y entró a su estudio, dejándome solo y frío.