Ancestral
¿PUEDE LA MAGIA ANCESTRAL SUPERAR AL ODIO TERRENAL?

Préparate para adentrarte en el urban fantasy más repleto de magia y risas
UNA BRUJA EXPERTA EN ROMPER LAS REGLAS
Faye Johnson es la bruja perfecta durante el día, pero cuando cae la noche, se vuelve una maestra en desafiar las normas. En la clandestinidad, acepta todos los trabajos que los demás consideran inmorales, desde vender pociones a vampiros hasta lidiar con licántropos problemáticos. Todo parece funcionar hasta que entra en su vida Reese Marlasis.
UNA UNIÓN ANCESTRAL
Cuando Reese Marlasis regresa a la ciudad para investigar la sospechosa muerte de su tío, no puede imaginarse que va a encontrar a su compañera ancestral. Y es que en cuanto ve a Faye surge una tensión que él sabe descifrar bien: muy a su pesar, la magia los ha unido como pareja. Todo se complica aún más cuando descubre que solo ella estaría dispuesta a aceptar el encargo de romper este vínculo mágico.
UN ENEMIES TO LOVERS REPLETO DE MAGIA, MISTERIO Y RISAS
Sin embargo, Reese comete varios errores. El primero es no contarle a Faye que ella es la persona a la que está irremediablemente ligado. El segundo es ignorar la atracción irresistible que siente hacia la bruja. Y el tercero es quizá el más grave: ¿de verdad cree que es posible engañar al mismísimo destino?
ENEMIES TO LOVES · UNA BRUJA SIN ESCRÚPULOS · UN LOBO ALFA DE MANADA · VAMPIROS, DEMONIOS, HADAS Y OTROS SERES OSCUROS… · TOCALA Y TE MATO · PROXIMIDAD FORZADA (muy a su pesar…)
PRIMEROS CAPITULOS
PRÓLOGO
Prólogo
Se va a liar una buena movida
Faye
Nueva York, 23.55 h
Hay un cadáver a mis pies.
Cierro los ojos y respiro hondo para tranquilizarme.
A ver cómo salgo de esta.
Siempre me pasa igual. Si hay dificultades en un kilómetro a la redonda, allí estaré yo.
Digamos que es uno de mis talentos naturales.
Si además involucra algo sobrenatural, las posibilidades de que me tope con ello se multiplican. Nunca he tenido la menor oportunidad de librarme de este… «contratiempo».
Y es catastrófico porque justo ahora, que estoy a un paso de conseguir el puesto como ayudante del brujo jefe, no puedo permitir que ninguna de mis actividades nocturnas extracurriculares me afecte.
Sopeso todas las opciones que tengo, por eso tardo unos segundos en reconocerlo. Es el alfa de la manada de los licántropos. Tampoco ayuda que el callejón en el que ambos nos encontramos esté tan mal iluminado.
Definitivamente la situación no es fácil de controlar. Estamos demasiado cerca de la discoteca de seres sobrenaturales más concurrida de todo Nueva York.
En ese momento, mi conciencia libra una batalla contra mi ambición. ¿Quedarme y ayudar o largarme y seguir con mi propósito de parecer una bruja que cumple las normas y no se escapa de la comunidad cuando cae la noche?
Solo para permitirme tener unos segundos más de reflexión, muevo las manos en la secuencia correcta mientras recito las palabras que me sé de memoria para impedir que la magia escape del lugar. Quizá eso me regale un poco de tiempo.
—¿Por qué estás tardando tanto, Faye? —me llega la voz de Levi desde la entrada del callejón y me sobresalta. Me gustaría decirle que no grite, pero no puedo hacerlo sin elevar yo también la mía. Al ver que no respondo y, tras lanzar un sonoro suspiro, escucho sus pasos acercándose—. Más te vale que me estés obligando a meterme en este lugar mugriento por una buena razón… —Su voz se apaga cuando se coloca a mi lado y baja la cabeza para contemplar el cuerpo—. Ouch.
—Sí, ouch. No sé cómo vamos a salir de esta.
—¿Ese no es el alfa de los Marsalis? —pregunta agachándose para verlo mejor.
—El mismo.
—Se va a liar una buena movida. Era un tipo majo —añade Levi, como si en vez de encontrarnos ante un asesinato, siguiésemos buscando al demonio que nos han pagado por encontrar—. Tenemos que largarnos. Toda la manada sabe ya que está muerto. Van a sentir cómo se desvanecen sus marcas.
—He hecho un conjuro para que no emita magia durante un tiempo. Eso ralentizará el proceso. No puedo dejarlo aquí tirado —aseguro mientras observo a la víctima, que sigue sangrando. Lleva muerto apenas unos minutos. Por instinto, muevo la cabeza a los lados en busca del posible asesino, pero como ya sabía de antemano, no hay nadie.
—A ver, él no se va a quejar —bromea mi amigo, que tiene un sentido del humor demasiado tétrico para el gusto de cualquiera. Supongo que es un daño colateral resultado de convertirte en vampiro. Al ser un vejestorio con pinta de veinteañero, se me olvida que ha vivido demasiadas cosas. Hace falta mucho más que un cuerpo apuñalado para impresionarlo. Al igual que a mí. La diferencia es que yo todavía estoy muy en sintonía con mi humanidad. Me cuesta mucho dejarlo aquí tirado sin más.
—Podríamos descubrir quién lo ha matado —insisto, pasando por alto su comentario.
—¿De verdad quieres quedarte?
La pregunta, con el significado implícito que tiene, resuena entre los dos mucho tiempo después de que mi mejor amigo la lance. Lo que no está diciendo es si voy a elegir a este alfa, con el que apenas he tenido contacto, por encima de limpiar la memoria de mi abuela. Necesito mantener mi fachada de bruja perfecta para lograr el puesto de ayudante y tener acceso a los registros importantes de nuestra comunidad. Necesito hacerlo por ella.
Suspiro.
Levi alza el brazo para pasármelo por el cuello y acercarme a él en un gesto que pretende ser reconfortante. Ya sabe cuál es mi decisión antes de que abra la boca.
—Hay que ver lo sencillo que es perder los escrúpulos en este mundillo —murmuro—. Vámonos.
Mientras nos alejamos antes de que llegue nadie de la manada a investigar y gracias a todo lo que es sagrado, solo puedo pensar en que cada vez me resulta más sencillo escoger el camino moralmente cuestionable.
Esta noche, cuando me acuesto, después de terminar el trabajo para el que me han contratado y con el dinero guardado bajo los listones del suelo de la esquina derecha de mi habitación, rezo para que nadie descubra que he estado en la escena del crimen.
1
Ojalá pudiera borrar su sufrimiento
Reese
Nueva Orleans, 22.55h
Tengo que atrapar a este lobo.
Los árboles pasan a mi lado a toda velocidad. Necesito encontrarlo. Viro a la derecha cuando percibo el olor de su estado de ánimo agrio. Diviso un destello de pelaje gris y acelero. Se está alejando del bosque. Mierda. No puedo permitirlo. No puedo dejar que regrese a la ciudad otra vez a sembrar el caos. Borrarle la memoria a la gente es algo muy farragoso y, a pesar del esfuerzo, siempre se escapa algún detalle. De no ser así, a día de hoy no tendríamos miles de historias de licántropos.
Esta persecución con la que llevamos tres días tiene que acabar ya.
Clavo las patas con fuerza en la tierra húmeda para no resbalar y corro todavía más rápido. Los troncos se vuelven borrones que apenas logro esquivar. Me centro en evitarlos con el instinto. Es mucho más efectivo que cualquier otro sentido.
Solo un poco más.
Ya casi está.
Estoy tan cerca del lobo que me arriesgo a impulsarme con las patas traseras y lanzarme unos centímetros hacia delante para desequilibrarlo.
La satisfacción me recorre cuando lo logro, pero solo puedo saborearla durante un instante antes de que ambos comencemos a rodar por la tierra embarrada. Mi pelaje se ensucia y me golpeo con fuerza contra una piedra en la pata. Se me escapa un gruñido. Mierda. Pero no me permito ni un segundo para experimentar dolor o para reponerme. En este momento la adrenalina tendrá que hacer su trabajo.
Mientras ruedo, cada vez que estoy con las patas en la dirección correcta, trato de hundirlas en la tierra. Acabo frenando antes que el otro lobo que, sumido en la desesperación y llevado por su instinto, da vueltas sin control y lanza mordiscos al aire. Quiere hacer tanto daño como siente en su interior. Lo comprendo. He estado ahí, pero no puedo permitirlo.
No hay muchas reglas en nuestro mundo de licántropos. Puede que seamos las criaturas mágicas con menos normas y restricciones. Solo las básicas para mantener a nuestra especie a salvo. Y él ha incumplido la más importante de todas: no mostrar a los humanos lo que es.
Cuando deja de rodar, se queda quieto durante unos segundos para recomponerse, y yo aprovecho para agacharme y prepararme a la mitad de un salto para atacar. Es el lugar perfecto para arrinconarlo.
Veo los ojos dorados de Dorian y le hago un gesto con el hocico para que vaya por el otro lado. No nos hace falta hablar para entendernos, fruto de todos los años que llevamos juntos.
En cuanto se mueve, lo estampo contra el tronco. Suelta un chillido animal cuando se golpea el costado contra la madera astillada. Pero eso no me hace detenerme. Llevamos días intentando darle caza. Ha entrado en estado salvaje. Necesito romperle mucho más que un par de costillas para que no represente una amenaza. Por eso sigo golpeando, mordiendo. Hasta que siento cómo su resistencia se quiebra.
Como el resto todavía no ha llegado, tengo que ser yo quien tome la decisión de qué hacer con él. ¿Matarlo u obligarlo a vivir? ¿A quién quiero engañar? Hubiese tratado de imponer mi decisión de igual manera. Siempre lo hago. Por eso tengo una relación tan tensa con el licántropo al mando de la unidad.
Dudo unos instantes antes de convertirme en humano, aunque no debería. Hay un motivo por el que no es bueno pasar largos periodos de tiempo en nuestra forma secundaria. Yo debería saberlo mejor que nadie. Pero, aun así, no puedo evitar disfrutarlo. Ser un lobo significa libertad. Significa no necesitar a nadie. Ser humano, sin embargo…, es mucho más complicado.
El lobo tirado a mis pies gruñe a pesar de encontrarse en un estado deplorable y me saca de mis reflexiones. Aprieto la mandíbula antes de mandar la orden a mi cerebro. Antes de decidir convertirme.
Es una explosión de magia. Noto cómo cada célula de mi cuerpo se remueve. Es como si mi piel se diera la vuelta. Como si tuviera dos lados. Los huesos crecen y se alinean, la carne se apelmaza o se hincha y, tras una fracción de segundo, soy otra parte de mí. La humana. La que menos me gusta. Aquella que necesito utilizar para no volverme salvaje.
Dorian se transforma también y siento la magia que sale de él rozarme la piel antes de que sus pies descalzos entren en mi campo de visión junto al otro licántropo.
El lobo desprende un aroma a desesperación que poco tiene que ver con que lo hayamos atrapado y mucho con el motivo que lo llevó a acabar así.
—Nos has dado muchos problemas —digo acercándome a él. Por supuesto, no me responde. Se limita a dirigir sus ojos apenas lúcidos hasta mí con una mezcla de odio y un dolor tan intenso que cuesta mirarlo sin que se te cuele en el alma. Es la clase de sufrimiento del que todos huimos. Ese que tenemos pánico de experimentar, que ni siquiera queremos tener cerca, aunque pertenezca a otra persona por temor a que lo atraigamos—. Hazme un favor y conviértete en humano. Tu vendetta ha acabado, no vamos a permitir que sigas mostrándote y poniendo a nuestra especie en peligro. Tu caza de humanos acaba de terminar.
El lobo solo me observa y, por la rabia que veo en sus ojos, comprendo que no me está entendiendo. No sin dejar a un lado al animal y permitir que el lado racional lo acompañe. El problema es todo a lo que se va a tener que enfrentar. A las consecuencias de sus actos pero, sobre todo, al suceso que lo ha llevado a este estado. Quizá lo más honrado sea matarlo. Aun así, voy a obligarlo a vivir. A pesar de que muchas veces me pregunto si es lo correcto. Quizá dentro de unos días se dé cuenta de que todavía le queda algo por lo que luchar, quizá él mismo decida acabar con su vida o vuelva a hacer lo mismo y finalmente sea yo el que me vea obligado a matarlo. Quizá eso es lo que necesita.
Miro el pequeño bolso de cuero que tengo colgado alrededor del cuello y al rozar el vial, siento alivio. No lo he perdido. Las transformaciones son muy duras y, al igual que la ropa se destroza, en muchas ocasiones también otros objetos.
Cuando levanto la poción y se la lanzo, nos acercamos todavía más a él para arrinconarlo. Se va a revolver a pesar de que ahora mismo parece no tener fuerzas. Que te obliguen a transformarte con magia duele como el infierno. Es antinatural. Es como si alguien te metiera la mano dentro de la cabeza y te atravesase todo el cuerpo hasta llegar a la cola para darte la vuelta como un calcetín. No es algo hermoso de sentir, ni de ver.
—Todo va a salir bien —dice mi mejor amigo para tratar de aliviar al licántropo, pero ninguno de los presentes se lo cree. No con lo que le ha sucedido. No con toda la sangre humana que adorna su pelaje. No después de lo que ha perdido.
A los pocos segundos de que el líquido comience a deslizarse por su pelaje, empieza la transformación. Los saltos antinaturales entre el estado animal y el humano, las convulsiones, el sonido de los huesos al romperse y volver a repararse… Contemplo con horror sin apartar la vista cómo los cambios se suceden durante más tiempo pero de forma errada. A veces tiene cabeza humana y cuerpo animal, a veces es un hombre con patas o cola de lobo y, cuando por fin estoy a punto de estrangularlo para que deje de sufrir, la conversión se realiza de forma correcta y, ante nosotros, aparece una persona con aspecto destrozado y sin conocimiento.
—¡Reese! ¡Dorian! —comenzamos a escuchar las voces de nuestros compañeros de grupo.
—Espero que nunca me tengan que hacer esto, tío —reflexiona Dorian en voz alta observando al licántropo con una mezcla de pena y asco.
Siento que tengo que aligerar el ambiente. Han sido unos días bastante duros.
—Me acabas de dar una idea maravillosa —lo provoco y elevo la comisura del labio en una sombra de sonrisa—. Tranquilo que por si el dolor no te permite disfrutar de la función, lo grabaré con el móvil para que puedas verlo siempre que quieras.
—Eres un cabrón retorcido. —Finge estar escandalizado por mi amenaza, pero puedo captar el alivio en su voz por haber conseguido distraerlo.
En el momento en el que llega el resto de los integrantes de mi unidad, todo se difumina. En cuanto aparece el lobo al mando, me relego a un segundo plano y me alegro de no tener que dirigir. Siempre me pone demasiado tenso porque soy consciente de que no debería encargarme yo.
Nos acercamos a los todoterrenos para vestirnos y recoger algunos víveres antes de meternos en el coche. Estamos demasiado lejos de nuestra base y, teniendo en cuenta las condiciones del lobo, lo mejor es que nos quedemos allí a pasar la noche. No es bueno que siga teniendo contacto con la civilización.
Un par de horas después estamos todos sentados alrededor de la hoguera, relajados pero, al mismo tiempo, muy atentos a la menor señal de que el hombre que hemos rescatado recupere su estado salvaje.
Esto es lo peor. El hombre está desesperado, asumiendo inevitablemente lo que ha sucedido. Ese es el problema; que, aunque trates de huir de algún suceso que te haya atormentado, este siempre vuelve cuando regresas a tu forma humana. Convertirte en lobo, entregarte al animal, solo paraliza el dolor por un tiempo, pero no lo elimina. No soluciona las cosas. Y cada vez que veo ante mis ojos llegar a alguien a esa conclusión, yo mismo revivo el instante en el que me sucedió a mí. A veces me pregunto si de verdad los estamos salvando o si en realidad los estamos obligando a vivir en un mundo que ya nada tiene para ellos.
Me meto otro pedazo de carne en la boca y trato de disfrutar de su delicioso sabor para apartar la amargura que ha comenzado a trepar por mi garganta. Siempre la misma mierda.
Esta es la parte que menos me gusta del trabajo. Por otro lado, la libertad de no vivir en manada y de no tener que encajar con ellos es sin duda lo mejor. No he nacido para pertenecer a una manada, por mucho que este grupo de lobos disfuncionales formemos una especie de familia a la que ninguno quiere pertenecer.
Ojalá pudiera borrar su sufrimiento en vez de obligarlos a procesarlo.
—Gran trabajo, Reese. —Taylor interrumpe mis cavilaciones.
Levanto la mirada para observar al jefe.
—Quizá deberíamos haberlo matado.
—Quizá —concuerda él.
No podemos hablar más, ya que justo en ese instante todo mi mundo comienza a derrumbarse.
Empieza con un golpe de calor sobre el pectoral izquierdo mientras mantengo una aburrida conversación trivial por obligación. Reconozco al instante lo que está pasando, puesto que ya me ha sucedido antes, solo que esta vez es una pérdida verdadera.
La punzada solo tarda unos segundos en aparecer. Luego lo hace el miedo, que eclipsa todo lo demás.
Me llevo la mano al pecho y de golpe lo comprendo. Mi tío ha muerto. Por unos instantes me quedo sumido en una especie de bruma de incredulidad y dolor, mucho dolor.
Solo cuando soy capaz de hacer algo más que boquear tratando de tomar aire, me llevo las manos a la parte baja de la camiseta y me la levanto. Necesito comprobarlo. Solo cuando veo que mi runa familiar ha desaparecido, el impacto me desgarra con fuerza; solo cuando percibo ese dolor en cada célula de mi cuerpo por la pérdida imposible, siento que necesito compartir mi sufrimiento con alguien. Y ese alguien es mi mejor amigo. El hombre que se ha arrodillado a mis pies y me mira con horror y con tanta pena que me desgarra aún más. No necesita que le diga lo que pasa. Lo sabe de sobra. Pero, aun así, necesito verbalizarlo. Sacarlo de dentro.
—Mi tío acaba de morir.
Y este es el final de mi vida. Ojalá lo hubiera sabido en ese instante.
2
Solo hay un tipo de magia prohibida
Faye
Solo hay un tipo de magia prohibida.
No puedo evitar reflexionar sobre ello mientras observo las tazas de porcelana que reposan en la mesa redonda cubierta con un mantel de terciopelo morado que tengo frente a mí.
Mis decisiones últimamente están siendo, como poco, cuestionables.
Ninguna bruja en este mundo juega con la muerte o con la resurrección. No si quiere seguir siendo ella misma. Desde que el mundo tiene memoria, cada hechizo o ritual que se ha realizado de ese calibre ha terminado con la bruja enloquecida, y muchas veces en consecuencia, muerta, casi siempre a manos de su propia comunidad.
Y de ello es de lo que acusaron a mi abuela.
No me lo trago.
Me gustaría pensar que estoy por encima de caer en la tentación de realizar algún ritual así, pero a juzgar por la situación en la que me encuentro en este momento y por todas las líneas que he cruzado los últimos años para limpiar su nombre, no estoy cien por cien segura.
Si alguien que amo muriese…, sí, no estoy segura.
—Levántate y salta —le ordeno a Damaris, la actual ayudante del brujo jefe, rompiendo el silencio en la trastienda, tras echar un vistazo a su taza y asegurarme de que está vacía.
Levanta la mirada de las cartas de tarot que tiene frente a ella y que está lanzando para practicar, y me observa con extrañeza. Mierda. Tenía que haber echado más Kadupul. Odio no tener acceso a los libros específicos para la clase de pociones que necesito hacer. ¿Qué pasa, que solo puedes aprender a manipular a la gente si eres parte del consejo o el jefe de una comunidad de brujas?
Había sospechado que no llevaba suficiente cantidad, pero como tuve que hacer trabajos asquerosos durante un mes para aquel vampiro solo para conseguir un bote pequeño, la verdad es que me costó bastante utilizar más.
Mi intento de realizar una poción de control ha fracasado.
Sigo mirando a Damaris con fastidio. Es una mierda que no pueda controlarla, pero ¿quizá está lo suficientemente drogada como para que mantengamos una conversación sin que se acuerde? Desde luego, con la mala leche que gasta, si en cualquier momento le llego a pedir algo tan ridículo estando lúcida, me hubiera mandado a la mierda. Quizá la poción le haga estar un poco más colaboradora de lo habitual.
A juzgar por la forma fija en la que me mira, no creo que esté fina del todo. Mierda. Espero no haberle hecho papilla el cerebro.
—Damaris —comienzo a hablar con el tono de voz más dulce que soy capaz de utilizar—, ¿sabes si Tariq ha decidido ya quién va a ser su siguiente ayudante?
Solo queda una semana para que el brujo anuncie quién será su nueva ayudante durante el próximo año. A mi favor tengo que soy una clase muy rara de bruja. ¿En mi contra? Que soy la nieta de aquella a la que asesinó por volverse malvada. Sí, tengo que jugar muy bien mis cartas si quiero conseguir el puesto. Y lo deseo con toda mi alma. Es la única forma de conseguir acceso a los registros de lo que sucedió con mi abuela. Tengo que limpiar su nombre. Puede que todos los integrantes de nuestra comunidad crean a pies juntillas de lo que la acusaron, incluida mi madre, pero yo no me lo trago.
—Eh… Ah… —Lanza una serie de balbuceos incongruentes mientras clava los ojos vidriosos en mí.
—¿Y quién es?
—La bruja es… —comienza a hablar y mi cuerpo vibra de la emoción. Se me dispara la imaginación. Casi saboreo el triunfo de descubrirlo cuando Damaris se queda callada de golpe y se le abre la boca.
—Eh, Damaris —la llamo primero chasqueando los dedos para que se centre y luego, cuando veo que no es suficiente, me inclino sobre la mesa para agarrarla de la barbilla—. Dime quién es. Un nombre. Solo un pequeño nombre —comienzo a rogar. Esto es un desastre.
Fantástico, le he fastidiado el cerebro.
Y eso no es lo peor, lo realmente jodido es que no voy a sacar nada de ella. Dejo caer la cabeza sobre la mesa y me permito unos segundos para lamentarme antes de pasar a la acción. La misión ha sido un fracaso. Levi se va a reír de mí cuando se lo cuente luego.
Escucho un ruido en la escalera y me levanto. Barajo la posibilidad de meter a Damaris en un armario para esconder las pruebas que me incriminen, pero pronto veo que es nuestro gato. Respiro aliviada. Estoy más tensa de lo habitual porque hoy no es el mejor día para estar junto a una bruja drogada, sobre todo cuando has sido tú la responsable, porque el mundo sobrenatural de Nueva York está completamente alterado con la muerte del alfa de los Marsalis.
Sí, el mundo sobrenatural de Nueva York se está reorganizando. Aunque no creo que el poder vaya a cambiar de manos. Por lo que he escuchado, el hijo del alfa es el que ha ocupado el puesto de forma natural. Nadie lo ha desafiado. No es que yo sea la persona más indicada para hablar, pero las leyes de sucesión de los lobos me parecen barbáricas.
Aunque no es momento de reflexionar. Tengo que entrar en acción y asumir que mi idea para sonsacarle información a Damaris ha sido una mierda.
Voy hasta la estantería que recorre toda la pared para coger los ingredientes necesarios y realizar una poción sencilla y contrarrestar, con suerte, los efectos de esta. Parece que más que de control le he dado una para dormir.
Cuando la campanilla de la tienda de antigüedades suena, casi se me escapa un grito. Estoy tan concentrada mezclando que se me olvida que estamos en un lugar muy público. En la unión entre la tienda que tenemos abierta de cara al público y la puerta que esconde el edificio gigantesco en el que vivimos todos los brujos de Nueva York.
Si el tiempo no me apremiase tanto, no sería tan imprudente. O puede que sí. Está bien reconocerse a una misma cuando se tiene cierta tendencia a los desastres.
—Mierda —digo a nadie en particular.
Giro sobre los talones y me acerco a todo correr a Damaris para levantarle la cabeza de la mesa, donde la ha dejado caer y está babeando sobre la carta de la muerte. La obligo a tragar el contenido y rezo para no terminar matándola, bien atragantada o bien por toda la mezcla de hierbas que le he dado en un momento.
—¡Ya voy! —elevo la voz para que se me escuche al otro lado.
—Tranquila, espero —regresa la voz de un hombre.
—Vamos, Damaris, espabila, por favor —digo a la bruja antes de volver a colocarle la cabeza sobre el mantel.
Quizá si alguien la ve mientras estoy atendiendo al cliente, pueda pensar que está durmiendo una siesta. Dios. ¿A quién quiero engañar? Esto es un problema de proporciones gigantescas. Pero tengo que seguir como si nada.
—Buenos días —saludo cuando salgo a la tienda. Borro de mi cara todo rastro de tensión y dibujo mi expresión más dulce. Esa de la que nadie duda nunca—. Lamento la espera. Tenía unos asuntillos que resolver.
—No te preocupes. —Mueve la mano en el aire para restarle importancia—. Necesito algo muy… específico —comenta lanzándome una mirada para calibrar mi expresión. Mirada que por supuesto finjo no ver. A veces es mejor hacerse la tonta.
—Entiendo. ¿Me podrías dar más información para ver si puedo ayudarte?
—Claro. —Esboza una sonrisa que pretende ser tranquilizadora, pero alcanzo a ver que tiene fundas en los dientes y que estas esconden unos bordes afilados. Puede que sea un tritón. Mis ojos se van directamente a sus piernas, pero por supuesto no me encuentro con una cola. Habrá tomado algo, porque juraría que no estoy equivocada en cuanto a lo que es—. Estoy buscando una poción que haga que un ser cambie definitivamente su estado. Ya sabes, convertirse en otra cosa.
Me quedo mirándolo mientras calculo las posibilidades de que la quiera para algo turbio, pero no llego a ninguna conclusión. Podría ser por cualquier motivo.
—Me han dicho que si existe lo que necesito, es aquí donde tengo que buscar —añade para empujarme. No hay que ser muy listo para comprender que no está hablando de las pócimas normales que vendemos en la tienda. Quizá debería preocuparme más que mis actividades extracurriculares se estén volviendo tan populares.
Pero como no tengo tiempo para detenerme a ahondar ahora mismo en ello, decido aceptar por lo menos reunirme con él y quitármelo de encima por el momento.
—Puede que tenga lo que necesitas, pero no estás en el lugar adecuado —digo bajando la voz para que solo él pueda escucharme. Estamos solos, pero nunca se es lo suficientemente precavido—. Si estás muy interesado, te aconsejo que vayas esta noche a la discoteca Eclipse. Puede que allí encuentres lo que buscas.
El tritón no tarda en entender lo que quiero decir.
—La verdad es que me apetece conocer la noche neoyorquina.
—Bien. En ese caso puede que nos veamos allí.
Asiente con la cabeza. Cuando se da la vuelta para irse, lo sigo con la mirada hasta la puerta. Luego, regreso con Damaris. Se me escapa un suspiro de alivio, pero solo dura unos segundos, ya que la campana de la puerta vuelve a sonar indicando que tenemos una nueva visita.
Esta tortura no se va a acabar.
Vuelvo a la tienda y me encuentro con que han entrado tres hombres. Lo que me faltaba. Mis ojos se ven atraídos como un imán hacia uno de ellos y, cuando nuestros iris se encuentran, se me eriza el vello de los brazos. Luego, un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Me quedo anclada al lugar incapaz de moverme. Me siento… me siento… rara.
¿Qué acaba de pasar?
—¿Les puedo ayudar en algo? —pregunta de pronto la voz de Damaris sobresaltándome. Me trago la maldición que me llega a la boca. El susto que me ha dado.
Despego los ojos del hombre a duras penas, tengo que centrarme en la bruja. Ver cómo están las cosas.
La analizo durante un segundo. Parece bastante normal para todo lo que le he hecho. ¿Se habrá dado cuenta de lo que ha pasado?
Justo cuando estoy pensando en ello, uno de sus acompañantes abre la boca y se me cae el mundo encima.
—Venimos a hablar con Tariq. Soy el nuevo alfa de la manada Marsalis.
No me fastidies.
Parece que los problemas se me están amontonando.
La cuestión es ¿se me caerán encima y me aplastarán o lograré esquivarlos?
3
No descansaré hasta que descubra quién lo ha asesinado
Reese
Lo primero que me atraviesa es la incredulidad.
Lo segundo, la idea absurda de llamar a mi tío para despedirme. Mi mente no es capaz de procesar que ya no está aquí, en el plano terrenal, junto a nosotros. No asimila que lo he perdido para siempre.
Después llega la rabia. Es un sentimiento mucho más deseado. Un sentimiento que acojo en mi seno con los brazos abiertos. Es la gasolina que me impulsa mientras viajamos a Nueva York. Ciudad a la que había jurado no regresar. Ciudad que odio con todo mi ser. Ciudad que me recuerda todas mis fallas y las de mis progenitores.
—Amigo, deja de gruñir, estás asustando a todo el jodido avión —me llama la atención Dorian.
—No deberías estar aquí —es todo lo que respondo y, pese a que no le he dado la razón, dejo, en efecto, de gruñir. Ni siquiera era consciente de que lo estaba haciendo.
—Te he oído las diez primeras veces que me lo has dicho —replica echándose hacia atrás en el asiento, con los ojos cerrados, como si no tuviera una puta preocupación en el mundo—. Igual que tú me has oído a mí decir que, donde tú vayas yo iré, cabezota.
Fulmino con la mirada su cara relajada mientras por mi pecho se extiende, una vez más, el dulce calor de la lealtad. Desde que Dorian y yo nos conocimos cuando éramos un par de niños, formamos un vínculo que estoy seguro de que se va a esforzar durante toda su existencia por proteger, al igual que yo, por mucho que refunfuñe.
Tres horas después llegamos al aeropuerto internacional John F. Kennedy y el límite de mi paciencia está tan estirado que el lobo que ha venido a recogernos apenas cruza unas palabras conmigo.
Más de una hora después llegamos a la mansión de mi tío en el Prospect Park de Brooklyn, donde vive toda la manada. Cuando me bajo del vehículo y veo la construcción, me atraviesa un dolor insoportable. No me puedo creer que esté aquí y no vaya a verlo. No me puedo creer que haya abandonado este mundo. No entiendo por qué ha tenido que morir él con la cantidad de hijos de puta que hay en el mundo. Mi tío era posiblemente uno de los únicos faros de luz que aún quedaban en la Tierra. No es que fuera un bendito, ningún alfa que tenga que proteger a los suyos puede serlo, pero sí que era un hombre justo, paciente, un hombre que amaba a sus seres queridos por encima de todo.
Al notar que me cuesta respirar y que los ojos se me están llenando de lágrimas, me obligo a moverme. No pienso derrumbarme. He venido aquí para descubrir qué coño ha pasado. Para despedirme de él.
Dorian me acompaña como una sombra reconfortante cuando decido que es hora de que entremos en la mansión. Al entrar en el salón veo a una figura conocida. Su ligero parecido con mi tío hace que el corazón me dé un vuelco.
—Primo —saluda el que ahora es la única familia de sangre que me queda; abre los brazos como si quisiera que me acercase a él. No. Eso no va a suceder—. Me alegro de que hayas dejado tus deberes para venir a despedir a mi padre. Significa mucho para mí. —Se le quiebra la voz y, en vez de provocarme lástima, me hace querer poner los ojos en blanco. Siempre ha sido demasiado melodramático para mi gusto.
—Theodore —le devuelvo el saludo haciendo un breve asentimiento.
—Kelsie os ayudará a instalaros. —Señala a una loba que está de pie a su derecha—. Tienes pinta de no haber dormido en días —comenta lanzándome una mirada con una mezcla de pena y disgusto. No cumplo con sus estándares de pulcritud con mis sencillos pantalones vaqueros y mi aspecto de haber estado corriendo por el bosque durante días.
—No quiero descansar. Quiero saber qué cojones le ha pasado a Michael. Quiero saber quién lo ha matado. ¿Cómo estás organizando la búsqueda del asesino? Tenemos que trazar un plan.
—Entiendo que estés enfadado, Reese, pero no deberíamos hablar aquí de esto —comenta con un vistazo a nuestro alrededor.
Sigo la trayectoria de sus ojos y me encuentro con un montón de lobos que observan nuestro intercambio. Algunos se han escondido, pero otros nos miran abiertamente, tan ávidos de información como yo.
—¿Qué hacía en ese callejón?
—Me parece, Reese, que es mejor que no lo descubramos nunca. Quiero seguir viendo a mi padre de la misma forma que antes —dice y siento sus palabras como si me hubieran arrojado cuchillos ardiendo.
No lo puedo evitar. Me lanzo a por él, gruñendo, enseñando los dientes, dispuesto a destrozarlo. O lo habría hecho si mi amigo no se hubiera abalanzado sobre mí para evitarlo.
—¿Quieres empezar una pelea con el único familiar que te queda en la casa de tu tío? —pregunta, y ha elegido las palabras de forma tan adecuada que me frena en seco.
—Acaba de insinuar que estaba haciendo algo turbio —gruño entre dientes.
—Estoy seguro de que no lo quería decir así, Reese.
—Ahora no es el momento de tratar el tema. Deja tus cosas, respira un poco y a la noche quedamos en mi despacho para organizar todo —dispone Theodore mirando a Dorian en vez de a mí. Se ha dado cuenta de que no pienso dar mi brazo a torcer. Que lo necesita a él para tratar de controlarme—. Me encantaría quedarme con vosotros y ayudaros a instalaros, pero he quedado con el brujo jefe de Nueva York. Ya sabes, es otro de los miembros del consejo —dice y se calla durante unos segundos para dejar espacio a que reflexionemos en lo que es importante ahora, pero más que ganas de aplaudirle, lo que siento son deseos de golpearlo solo para poder sacar un poco del dolor y la rabia que llevo dentro. Entiendo que tiene que estar a la altura de su nuevo puesto, pero me gustaría que se sintiese tan destrozado como yo—, y si no salgo ya, llegaré tarde.
Lo decido en una fracción de segundo.
—Vamos contigo.
Por la forma en la que aprieta los labios, que quedan estirados en una línea recta, sé que mi proposición lo molesta. No quiere incomodar a los miembros del consejo, pero francamente a mí me la pelan. Todos ellos.
—Bien —acepta, como sabía que haría.
Si es inteligente, lo mejor que puede hacer para que me largue cuanto antes es dejarme investigar.
No me trago que nadie odiase tanto a mi tío como para asesinarlo por muchos enemigos que un alfa pueda tener. No me trago que acabase en un callejón solo haciendo Dios sabe qué. No le pega, no es su estilo. Si alguien trata de convencerme de que estaba haciendo algo turbio, buena suerte, porque no lo voy a creer.
No descansaré hasta que descubra quién lo ha asesinado y pague por ello.
4
Huele a bosque, a rayos de luna llena y… a libertad
Reese
Tardamos un buen rato en llegar hasta la zona de los brujos.
O puede que en este punto mi paciencia esté agotada. Trato de distraerme mirando por la ventanilla del coche, a los edificios que pasan a nuestro lado como un borrón. La ciudad ha cambiado desde la última vez que estuve aquí. Es más moderna, más impersonal y aún más individualista.
La detesto.
El edificio de los brujos todavía está en la misma calle de Queens. La fachada de ladrillo color arena siempre me ha parecido hermosa. Supongo que los seres mágicos siempre permanecemos inmutables al cambio. Convivimos en un mundo en el que apenas participamos, nos escondemos de todos sin atrevernos a mostrar quiénes somos por miedo a las represalias. Sí. Los humanos son muy intolerantes. Y poco perceptivos. Aunque tengo la sensación de que incluso un humano podría captar la magia que se desborda desde la puerta de la tienda de antigüedades.
Estoy tan perdido en mis reflexiones que solo regreso a la realidad cuando mi primo abre la puerta del establecimiento y la campanilla suena sobre nuestras cabezas. El cuerpo comienza a vibrarme y las cejas se me fruncen.
Me pongo alerta por si el instinto me quiere decir que estamos en peligro. ¿Qué coño me está pasando?
Pongo un pie en el interior y el olor que impregna el ambiente me golpea más fuerte que un puñetazo. Huele a bosque, a rayos de luna llena y… a libertad. La boca se me hace agua. Es todo lo que más me gusta en el mundo.
Por un instante, busco la fuente de su origen como si, de no encontrarla, fuese a morir en este puto instante. No tardo en encontrarla. Proviene de una chica menuda de pelo largo que está de espaldas a mí. Tardo unos segundos en darme cuenta de lo que sucede, me gustaría pensar que de haberlo hecho, me hubiese largado antes de que la conexión se formase, pero no estoy seguro. Luego, todo sucede como a cámara lenta. Ella se da la vuelta poco a poco, mientras retira el mechón rebelde que le ha caído sobre la cara, y mi cuerpo se prepara para lo que está punto de ocurrir.
Es puro instinto animal. Un conocimiento ancestral.
Me tenso, incapaz de hacer nada más que aceptarlo. Como si en vez de ser parte del suceso fuese un mero espectador sin ningún poder.
Es como un rayo que impacta sobre mi corazón y luego se extiende a la velocidad de la luz por cada átomo de mi cuerpo. Se propaga como un virus imparable. Lo cambia todo a su paso. Lo modifica.
Me llevo la mano al pecho cuando noto cómo la marca comienza a formarse, como si me la estuvieran grabando a fuego.
Esto no puede estar sucediendo.
Pero cuando nuestros ojos se encuentran, no puedo negarlo. Es mi compañera. Una especie de desazón se extiende por mi pecho. ¿O es necesidad? ¿Anhelo?
No necesito tenerla más cerca para saber que no es una loba, sino una bruja. Me observa con la confusión pintada en su rostro angelical. No entiende qué acaba de pasar. Bien. Es mejor que no lo sepa. Que no entienda que la voy a rechazar porque lo último que quiero en este mundo es tener una compañera.
Me da igual que las Moiras hayan decidido que nuestros destinos estén unidos. No estoy hecho para tener alguien a quien cuidar, al igual que mis progenitores y, ya que estamos, tampoco para ser padres.
Estoy aquí únicamente para descubrir qué ha sucedido con mi tío y enterrarlo. Luego me iré.
Tan solo me quedará el recuerdo de que, en algún lugar al que no pienso volver, hay una persona que está hecha para mí.
No voy a aceptarla.
Jamás se enterará de que soy suyo.
Entonces ¿por qué no puedo despegar los ojos de su mirada?
—¿Les puedo ayudar en algo? —escucho que una mujer pregunta, pero no me concentro en ella.
—Venimos a hablar con Tariq. Soy el nuevo alfa de la manada Marsalis —interviene Theodore.
—¿Estás bien, Reese? —me susurra Dorian y me da un golpe en el brazo para captar mi atención. Poco sabe él que acaba de salvarme del torbellino de sensaciones que me tiene retenido.
Cuando arranco los ojos de la chica, me resulta un poco más sencillo pensar, pero solo un poco.
—Sí. ¿Vamos? —digo, y sigo a mi primo, al que la otra bruja está mostrando el camino.
Sin que yo le dé permiso, mi mirada se desplaza por la tienda en busca de mi compañera —solo pensar en esa palabra hace que un hambre voraz se extienda por mis venas; lo único que consigue aplacarla es la culpa, no tengo nada para entregarle—. Cuando descubro que se ha marchado, experimento un pinchazo de pérdida en el pecho que se me antoja desproporcionado para tratarse de una persona a la que he visto dos segundos en mi vida.
Me fuerzo a olvidarme de ella. Que se aleje de mí es lo mejor que me puede pasar.
Ascendemos por unas escaleras ocultas tras una puerta y luego cruzamos un pasillo enmoquetado hasta el despacho del brujo jefe. Me las arreglo para saludar cuando toca y lanzar un amago de sonrisa cuando es necesario. Pero, a pesar de mi convicción, de tomar la única decisión que puedo con respecto a mi compañera, paso toda la reunión extremadamente distraído. Apenas los escucho hablar sobre que mi primo sustituya a su padre en el consejo. Nada que me interese. Lo único que quiero esclarecer es la muerte de mi tío. Saber quién coño lo ha asesinado.
—Hermano, cálmate un poco —me pide Dorian dándome un codazo para que vuelva a la realidad—. No nos interesa molestar al consejo. Son demasiado influyentes y los necesitamos de nuestro lado para poder investigar. O por lo menos para que no nos obstaculicen.
Tiene razón.
—Cuando acabemos quiero ir al lugar… —titubeo antes de soltar la palabra, porque la muerte de mi tío cada vez es más real en mi mente y me está destrozando. Ponerlo en palabras solo lo hace peor— del asesinato. Aquí estamos perdiendo el tiempo.
Dorian asiente.
Justo al terminar, sin demorarnos un solo segundo, nos largamos a la mansión a prepararnos antes de ir al lugar donde mi tío perdió la vida. Necesitamos una ducha y cambiarnos de ropa.
Cuando llegamos, me desnudo frente al espejo antes de meterme en la ducha y me permito admirar la marca de compañeros durante unos segundos. El aire se me atasca en la garganta contra mi propia voluntad. Trazo el dibujo con asombro, casi con reverencia, incapaz de creer que me haya sucedido a mí. Estoy fascinado por lo hermosa que es pese a no estar del todo dibujada. Nunca terminará de formarse porque ella jamás sabrá lo que somos. No realizaremos el ritual que nos terminaría de unir como compañeros. No puedo tener un gesto más puro hacia ella.
Aparto los ojos del espejo y me obligo a asearme. Esta es la única vez que me permitiré pensar en la marca y en ella. Está decidido.
No hay vuelta atrás.
5
Hay algo en ese lobo… que me pone los pelos de punta
Faye
Cuando estoy segura de que todo el mundo en la comunidad duerme, me escapo por la ventana de mi habitación.
Al principio temía precipitarme al abismo, pero con los años me he vuelto una experta en escalar. Supongo que era eso o quedarme espachurrada adornando el pavimento.
Al tocar el suelo con los pies, me oculto entre las sombras y me alejo de las farolas; cuando llego al final de la calle, echo a correr. Tengo tan interiorizado el camino hasta la discoteca que no necesito hacer uso de la totalidad de mi cerebro, por lo que mi mente divaga, ofreciéndome de nuevo la imagen del lobo que ha aparecido hoy en la tienda. Se me eriza el vello del cuerpo al instante. Hay algo en él que… me pone tensa.
Levanto la cabeza cuando me planto frente al cartel de Eclipse. Su luz roja de neón me da la bienvenida como cada noche.
—¿Con quién hemos quedado? —me preguntan al oído y suelto un grito por el susto.
—¡Joder! —exclamo. Mi primera reacción es golpear a mi atacante, hasta que me doy cuenta de que es Levi. Entonces, en vez de contenerme, le pego más fuerte—. ¿Podrías buscar un poco de sutileza en tu interior? Sería todo un detalle para los que todavía estamos vivos. Si muero, ¿con quién te vas a entretener?
—Yo también te he echado de menos