LEGADO

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Legado

Cincuenta años terrenales es el tiempo exacto que puede estar un ángel sin visitar el Cielo antes de morir. 

Pronto se cumplirán cincuenta años desde la última vez que se abrió el portal. 

Todos están en peligro.

Un Guardián que odia a los humanos.

Un Cupido enamorado del enemigo. 

Y una humana que ve como todos sus sueños se destruyen. 

Sus destinos han quedado entrelazados. 

¿Podrán entre todos acabar con la Expulsión que pesa sobre los ángeles? 

¿Será una humana capaz de enseñar a amar a un ángel?

PERSONAJES

Nathan

«—¡Haced algo, joder! —grito, fuera de mí.
Me sorprendo cuando la súplica se escapa de mis labios. Nunca antes les había pedido nada, pero, una vez que cruzo esa barrera, me doy cuenta de que quiero decir mucho más. Los maldigo. Les echo en cara el habernos abandonado a nuestra suerte. Cuando apenas me queda furia dentro y el dolor de mis puños es insoportable, me dejo caer de rodillas, desesperado.
—Os necesitamos. —Mis palabras se pierden en el silencio y no hay nadie para escucharlas, pero a mí me liberan—. Ayudadnos, por favor.
Con esa petición, me descargo por completo. Me quedo quieto, perdido.
No sé cómo arreglar esto.
No sé cómo continuar cuando estamos tan cerca del final.
Atisbo una luz plateada que centellea en mi campo de visión y levanto la vista de golpe, ilusionado, pero la decepción me aplasta de nuevo al comprobar que no ha sido más que mi hiperactiva imaginación, el reflejo de lo que quería ver: un poco de esperanza.
Me levanto y observo la puerta durante unos segundos más antes de largarme.
Cincuenta años terrenales es la cifra exacta que puede estar un ángel sin visitar el cielo antes de morir.
Dentro de siete meses hará cincuenta años que las puertas del cielo se abrieron por última vez.
Todos los ángeles del intermedio estamos condenados.
No puedo permitirlo.»

Cynthia

«—Vamos, Cynthia, enséñame lo que puedes hacer. —Las palabras de Nicole son un reto, quiere molestarme para sacar lo peor de mí. Dios, odio que esté funcionando.
Aprieto los puños con el pulgar por fuera, tal y como me ha enseñado, y la golpeo en la mandíbula con todas mis fuerzas. Al principio tenía miedo de hacerle daño, pero después de unas cincuenta veces en las que mi puño ni siquiera ha estado a menos de diez centímetros de su cara, he perdido todo el miedo. Ahora, quiero darle de verdad.
La situación es todavía más difícil porque nuestra lucha tiene testigos. Los ojos grises de Nathaniel observan cada uno de mis movimientos, los analizan y los despedazan para luego criticarme. Estoy segura de ello. ¿Y qué es lo peor? Que a una parte de mí le pone de los nervios su escrutinio, pero otra, una parte loca, está disfrutando de tener toda su atención. Me anima y hace que desee demostrarle lo mucho que valgo.
Lo odio. A él y a mí misma. Me encantaría gritar de la frustración.»

Colin

«Espero de verdad que encontremos a algún Descendiente, porque es lo único que puede relajar a Nathan en este momento.
—Vamos a dispersarnos para peinar todo el lugar —organiza. No levanta la voz porque no hace falta, todos lo escuchamos perfectamente gracias a nuestra audición mejorada, que hace que resulte difícil estar en un lugar con tanto ruido—. Yo me encargo de esa zona —comenta, señalando la pista de baile y asignando otros lugares al resto.
A mí no me indica nada, ya que sabe que me gusta ir a mi aire. Me alejo de los demás e investigo por mi cuenta. Me encantaría poder seguir usando la piedra para localizar a los Descendientes, pero en un sitio tan lleno de gente se volvería loca. Mientras me deslizo por la discoteca, siento como una especie de nerviosismo en la boca del estómago. Tengo la piel erizada. Pude ser que la incomodidad se deba al hecho de estar rodeado de personas, así que decido alejarme un poco y tomar aire. Recorro un pasillo y, tras atravesar una puerta al azar, salgo al exterior.
Me doy de bruces con un callejón.
Justo en el instante en el que pongo un pie fuera, todo mi mundo se vuelve del revés.
Christian.
Mis ojos chocan contra su pelo blanco, contra su figura alta y fibrosa. Se me seca la boca, el pulso se me acelera y solo me puedo enfocar en él.»

Christian

«—Vamos, Cynthia, enséñame lo que puedes hacer. —Las palabras de Nicole son un reto, quiere molestarme para sacar lo peor de mí. Dios, odio que esté funcionando.
Aprieto los puños con el pulgar por fuera, tal y como me ha enseñado, y la golpeo en la mandíbula con todas mis fuerzas. Al principio tenía miedo de hacerle daño, pero después de unas cincuenta veces en las que mi puño ni siquiera ha estado a menos de diez centímetros de su cara, he perdido todo el miedo. Ahora, quiero darle de verdad.
La situación es todavía más difícil porque nuestra lucha tiene testigos. Los ojos grises de Nathaniel observan cada uno de mis movimientos, los analizan y los despedazan para luego criticarme. Estoy segura de ello. ¿Y qué es lo peor? Que a una parte de mí le pone de los nervios su escrutinio, pero otra, una parte loca, está disfrutando de tener toda su atención. Me anima y hace que desee demostrarle lo mucho que valgo.
Lo odio. A él y a mí misma. Me encantaría gritar de la frustración.»

PRIMEROS CAPITULOS

PRÓLOGO

Es lo mínimo que puedo hacer. Lo único que puedo hacer, en realidad. Noto como la sangre comienza a calentarse en mis venas, fruto del enfado y la frustración. Nunca se me enfría del todo, pero en este momento está cerca de derretir mi piel. Siento ganas de matar. Quiero destrozar a los que nos han condenado a muerte. Aunque, en vez de ir en pos de mi venganza, aprieto la mandíbula y me inclino para tomar en mis brazos al bulto tendido sobre la cama, que lucha contra la extinción.

Lo levanto y lo observo de cerca. Me grabo a fuego sus rasgos para que su rostro no se me olvide nunca. Cedric, que hasta hace apenas unos días era un Guardián fuerte y magnífico, el ángel que me dio la bienvenida en el Intermedio, ahora no es más que piel y huesos. Maldigo, no por primera vez en los últimos cincuenta años. Aprieto el paso para llegar a la puerta.

Sé que es una pérdida de tiempo. Lo sé, jamás se ha abierto. Jamás han cedido en su afán de castigar nuestros pecados. Ni una sola vez. Pero tengo que intentarlo, se lo debo.

Avanzo decidido mientras atravieso los pasillos casi desiertos que antaño desbordaban vida. Pronto dejo atrás el edificio residencial, la biblioteca, el jardín… todo desaparece como si no tuviera importancia.

Antes de llegar al inicio de la escalinata que lleva al Portal Celestial, una figura se coloca a mi espalda. Sé que es Derek, a pesar de que todavía no haya notado su esencia. Es el único que se atreve a vivir este proceso conmigo.

A medida que asciendo los escalones de piedra gris, la neblina que los rodea se vuelve más densa. Y más crecen mi desasosiego y desesperación. Siento cómo el Guardián se va deshaciendo en mis brazos.

Tengo que darme prisa.

Cuando llego al punto más alto, frente al arco de mármol blanco protegido por las figuras de las cuatro especies de ángeles que antaño era la puerta hacia el cielo, deposito a Cedric en el suelo.

Me quedo observándolo, a la espera de que suceda algo.

Después de unos segundos de inactividad, me alejo un par de pasos. Quiero que a los Originales les quede claro que, si lo salvan, si abren la puerta para que Cedric pueda entrar a recargarse, no intentaré colarme. Solo deseo que lo salven a él. Que los salven a todos. Mi propia existencia me da igual. Llegados a este punto, no sirve para nada. Soy completamente inútil cuando no puedo proteger a los míos.

Pero, como todas las veces anteriores, no sucede nada.

Observo cómo Cedric se deshace sin apartar ni un segundo la vista.

No se me puede olvidar lo que están sufriendo los de mi especie. Eso es todo lo que me importa. Lo que impulsa mi lucha. Quiero salvarlos.

Tengo que ser fuerte.

Tengo que serlo por ellos.

Pasan los minutos y nada cambia.

La puerta no se abre.

Es el final.

Se escucha un sonido siseante cuando el cuerpo físico de Cedric se desintegra frente a nuestros ojos, pasando de ser poco más que piel cubriendo huesos a solo polvo. Un polvo que no tarda en desaparecer también.

En apenas unos segundos no queda nada de él.

El pecho se me contrae. Ha sucedido otra vez. No han impedido que muera. Ni ellos ni nosotros.

Jamás me siento tan impotente como cuando el tiempo de alguno de nuestros ángeles llega a su fin.

Por mucho que quiera, no puedo ayudarlo. Hay tres fuerzas que nos sustentan: la comida para mantener el cuerpo material, cumplir con el propósito que se nos asigna al convertirnos manteniendo así nuestra energía y subir al cielo para recargar el espíritu. Esto último debemos hacerlo cada cincuenta años terrenales o desaparecemos como si nunca hubiésemos existido. Como si no hubiésemos dedicado toda nuestra existencia a cuidar de otros, a vivir otra vida. Como si fuésemos insignificantes, prescindibles.

No me gusta, pero no puedo cambiarlo de ninguna manera.

Solo siento una ira abrasadora correr por mis venas. Él no había hecho nada. No se merecía desaparecer. No por los errores de otros.

Trato de controlar mi respiración, de mantener la furia a raya. No quiero explotar delante de Derek y tener que aguantar otra charla sobre cómo gestionar mis emociones y mantenerme frío si queremos solucionar la Expulsión. Sé que tiene razón, pero ahora mismo me encuentro muy lejos de estar calmado.

No todos podemos tener su autocontrol y templanza.

—Ya sabes lo que tenemos que hacer. —La voz de Derek rompe el silencio y me saca de golpe de la espiral de pensamientos en la que me había sumido.

Asiento con la cabeza como respuesta. Lo sé. El problema es que no es tan sencillo. Ojalá lo fuera.

Noto que se da la vuelta y respiro aliviado. No quiero contenerme. Me concentro en sus apenas audibles pisadas descendiendo las escaleras y, cuando está más allá del alcance del oído, retiro el tapón de mi furia.

Es como un chute de energía, de dolor, de ira. Me nubla los sentidos. Necesito sacarlo de mi interior, desquitarme con algo o con alguien.

Subo el último escalón y me pongo frente al portal.

Me inclino hacia delante con una sola cosa en mente: destrozar.

Comienzo a darle puñetazos al arco. A todo lo que está a mi alcance. Golpeo hasta que la sangre empieza a brotar de mi piel, dura como el granito. Me destrozo los nudillos, pero ni eso consigue que me deshaga del vacío en mi interior, de toda la rabia.

—¡Haced algo, joder! —grito, fuera de mí.

Me sorprendo cuando la súplica se escapa de mis labios. Nunca antes les había pedido nada, pero, una vez que cruzo esa barrera, me doy cuenta de que quiero decir mucho más. Los maldigo. Les echo en cara el habernos abandonado a nuestra suerte. Cuando apenas me queda furia dentro y el dolor de mis puños es insoportable, me dejo caer de rodillas, desesperado.

—Os necesitamos. —Mis palabras se pierden en el silencio y no hay nadie para escucharlas, pero a mí me liberan—. Ayudadnos, por favor.

Con esa petición, me descargo por completo. Me quedo quieto, perdido.

No sé cómo arreglar esto.

No sé cómo continuar cuando estamos tan cerca del final.

Atisbo una luz plateada que centellea en mi campo de visión y levanto la vista de golpe, ilusionado, pero la decepción me aplasta de nuevo al comprobar que no ha sido más que mi hiperactiva imaginación, el reflejo de lo que quería ver: un poco de esperanza.

Me levanto y observo la puerta durante unos segundos más antes de largarme.

Cincuenta años terrenales es la cifra exacta que puede estar un ángel sin visitar el cielo antes de morir.

Dentro de siete meses hará cincuenta años que las puertas del cielo se abrieron por última vez.

Todos los ángeles del intermedio estamos condenados.

No puedo permitirlo.

Capítulo 1

Los ángeles se nutren de tres energías. La angelical: accediendo al cielo al menos cada cincuenta años terrenales. La humana: consumiendo alimentos para mantener su cuerpo físico. Y la espiritual: realizando la tarea que les ha sido encomendada para cuidar de los humanos.

«Manual para ángeles»

Cynthia

Una mano cae de golpe sobre mi libro de anatomía y me sobresalta.

Doy un respingo, por eso del instinto de supervivencia, pero me relajo al percatarme de la perfecta manicura que tienen los largos dedos. Mi mejor amiga no es capaz de darme un descanso.

—No —pronuncio la palabra con decisión, es la única forma de convencerla. Si me ve titubear, habré perdido.

—¿Cómo que no? Si todavía no te he dicho nada —comenta, dolida, en un tono dulce que ni ella ni yo nos tragamos.

Subo la mirada desde el libro hasta encontrarme con sus enormes ojos verdes y luego alzo una ceja.

—Evelyn, nos conocemos desde que teníamos dos años, ¿de verdad crees que no sé lo que quieres?

—Es por tu bien.

—No. Estudiar es por mi bien.

—Cynthia, estás loca. Nadie en su sano juicio toca los libros de texto antes de que empiece el curso y, por si todavía no te has dado cuenta, eso es en tres días. Tres —recalca, levantando los dedos y colocándolos frente a mis ojos como si de esa forma fuese a lograr que me entrase en la cabeza.

—Sabes que quiero mirar todo el temario.

—Lo sé, al igual que sé que cursar Medicina es el sueño de tu vida y que quieres acabar con todas las enfermedades del mundo… —pone los ojos en blanco como si mis deseos no fuesen más que tonterías—, pero no vas a conseguirlo en un día. Quedarse encerrada en casa todo el verano no es sano —me recuerda.

—No he estado encerrada todo el verano —me defiendo.

—No, no lo has hecho porque yo —pone énfasis en la palabra y se señala el centro del pecho— me he encargado personalmente de evitarlo.

Suspiro. ¿Cómo voy a contestar a eso?

—Mi madre no debería haberte dejado pasar, tendría que valorar un poco más mi paz espiritual —comento, mirándola mal.

Ella pone cara de culpabilidad.

—Te has colado —la acuso, pero antes de que responda ya sé que es así.

—He usado la llave secreta, así que técnicamente no es verdad. Nadie puede colarse si tiene una llave.

Resoplo y me levanto de la silla. Doy unos pasos por mi habitación, alejándome del escritorio solo para ganar un poco de tiempo. Ambas sabemos que tengo la batalla perdida. Por ahora es solo Evelyn, pero, si le da por hablar con mi madre, serán dos en vez de una las que me obligarán a relajarme y «disfrutar de la vida». Creo que tenemos un concepto diferente del significado de esa frase.

—No te preocupes, que aunque no hinques los codos cada hora del día seguirás siendo la mejor estudiante de toda Inglaterra.

Pongo los ojos en blanco, pero no entro en su provocación. Ella sabe que esa no es la cuestión. No es lo que busco. Solo quiero sentir que puedo aportar algo en el futuro a la sociedad, evitar a los demás el daño que he sufrido yo.

—Vamos, será solo un rato. Cenamos aquí con tu madre y luego nos vamos a una discoteca a menear el esqueleto —me pide haciendo pucheros, mirándome con unos ojos más grandes que el Gato con Botas, a los que sabe que ni yo ni nadie con un ápice de corazón podemos resistirnos.

—No pienso pasarme toda la noche de fiesta. No me gusta. Quiero estar fresca para poder estudiar mañana —cedo, porque soy consciente de que no me queda otro remedio.

Antes de que pueda arrepentirme de lo que acabo de decir, Evelyn se ha lanzado a mi cuello y me abraza con fuerza. Con tanta que ambas caemos sobre mi acolchada cama rosa.

—Nos lo vamos a pasar de miedo.

—Lo sé —respondo con sinceridad, porque a pesar de que me gustaría dedicar mi noche a otra cosa, no tengo duda alguna de que vamos a divertirnos. Me tortura porque se preocupa por mí.

—Va a merecer la pena.

Una hora, tres discusiones y diez modelitos después, salimos de mi cuarto para ir a buscar a mi madre. Vamos hasta su despacho para pedirle que cene con nosotras.

Cuando llegamos a su espacio, entro sin avisar. Al dar dos pasos, me encuentro con un escenario que apuñala mi corazón profundamente. Mi madre está inclinada sobre el escritorio, sujetándose la frente. Tiene los ojos cerrados y una mueca que indica inequívocamente que está sufriendo. Debo de hacer algún ruido, porque levanta la cabeza de golpe y me mira. Su rostro dolorido se transforma en una máscara de preocupación al instante.

Todos mis miedos irracionales afloran a la superficie, adueñándose de mi sentido común.

Las tres nos damos cuenta a la vez. Evelyn cubre mi hombro con su mano para apoyarme, para que no pierda el foco con la realidad. Mi madre abre la boca con la intención de tranquilizarme y yo trato de mantenerme en el presente. Trato de aferrarme al sentido común. Mi madre no se va a morir. No está enferma. La historia no se está repitiendo.

Mis ojos salen disparados a la fotografía colgada en la pared, donde mis padres, sonrientes, abrazan a una versión mucho más joven de mí. Un momento en el que en vez de dos éramos tres. Un momento en el que todavía quedaba algo de inocencia en mi interior.

Un tiempo en el que no tenía traumas.

—Es solo un dolor de cabeza, hija —explica, levantándose de su escritorio y acercándose a nosotras—. Llevo todo el día trabajando para preparar las clases del primer mes. Ya sabes que me tomo muy en serio la enseñanza.

Claro que lo sé. Al igual que sé que no se puede trabajar de profesora en una universidad tan prestigiosa como Oxford sin ser la mejor, pero en este momento me siento bastante alejada de la racionalidad.

—Deberías ir a hacerte un chequeo. —Es todo lo que consigo que salga de mi boca.

—Claro —responde instantáneamente. Sé que lo hace para calmarme, pero sirve—. El lunes llamo al médico y se lo comento.

Ahora está ya frente a mí. Alarga la mano y me acaricia con dulzura el pómulo.

—Todo está bien, cariño. De verdad —asegura, mirándome a los ojos. Quiere que vea la sinceridad pintada en ellos.

—El lunes —repito para que vea que no se me va a olvidar. Pero ya me siento bastante más bajo control.

—Podemos llamar desde el coche cuando estemos las tres juntas de camino a la universidad —ofrece Evelyn, que también estuvo a mi lado durante todo el proceso mientras mi padre se apagaba.

—Claro —añade mi madre—. Es una idea magnífica.

Asiento con la cabeza, incapaz de pronunciar ninguna palabra porque sé que no soy la única que está sufriendo y no quiero hacerles daño a ellas.

—Y ahora —comienza a hablar mi madre, y la voz le tiembla un poco—, ¿qué veníais a contarme? —pregunta, tratando de desviar la atención del problema.

Pero si más de tres psicólogos diferentes y años de terapia no han conseguido arreglarme, dudo que ella pueda hacer nada.

—Queríamos saber si te apetece cenar con nosotras. ¡Vamos a salir por ahí a celebrar que en tres días comenzamos la carrera de Medicina en Oxford! —grita mi amiga con exagerada alegría en un intento de quitarle hierro a la situación y distraerme.

Pero la verdad es que nada consigue eliminar este terror por la muerte de un ser querido. Ni siquiera mi genial mejor amiga. Ni ella ni mi amorosa y ejemplar madre. Nadie puede ayudarme. El miedo está atrapado dentro de mí.

—Eso es maravilloso —responde mi madre, siguiéndole la corriente.

Hago acopio de todo mi valor y hablo.

—Lo es —añado para que vean que no estoy tan mal.

No quiero arrastrarlas a mi dolor. No se lo merecen.

Ambas respiran aliviadas. Siguen hablando y, cuando salimos del despacho de camino a la cocina, sé que en algún momento estaré mejor. Solo necesito relajarme.

Todo pasa, ¿verdad?

Capítulo 2

Cuando un ángel muere, todo rastro de su existencia desaparece.

«Manual para ángeles»

Colin

Esquivo la patada por muy poco.

—Ten cuidado, que me vas a volar la cabeza —me quejo.

A lo que Nicole responde con una sonrisa enorme.

—Se me ha escapado.

—Los dos sabemos que no es cierto. Todos los Segadores sois unos salvajes —me quejo, pero no puedo evitar que se me dibuje una mueca divertida en la cara. La verdad es que me gusta entrenar con ella. Me mantiene activo y lo más parecido a vivo que se puede después de haber muerto y resucitado como ángel.

Y también después de haber perdido la esperanza.

 —Dejémoslo en que me gusta asegurarme de que no bajas la guardia.

Se pone a saltar delante de mí. Da pequeños botes mientras decide por dónde atacarme. Piensa antes de hacer su siguiente movimiento, por eso es tan peligrosa. Pero, a pesar de sus cálculos, tiene que esforzarse mucho para golpearme. Hay demasiado espacio a mi alrededor para escapar. Estamos en campo abierto, sobre la hierba, frente a las salas de entrenamiento que ya nadie usa. El Intermedio está en declive, al igual que nosotros. Al igual que toda nuestra especie.

Mi mente se pone a divagar. Nicole aprovecha mi distracción para asestarme una patada en el costado que me hace sacar el aliento de golpe.

—Auch —me quejo, frotándome el lugar dolorido con la mano.

Vale, puede que lleve razón cuando dice que debo entrenar más. Sé que tiene miedo de que me hieran en alguna misión, pero yo sigo creyendo que puedo aportar más buscando, a pesar de que hace semanas que no encuentro actividad y me sienta completamente inútil.

—No te distraigas y céntrate en mí. Ponme en el foco. Soy tu mayor amenaza ahora mismo —alecciona Nicole.

—A ti te resulta muy fácil decirlo. No hay nada que te guste más que propinar una buena paliza —bromeo.

—Tú lo sabes bien.

Luchamos durante unos minutos, centrados en nuestros movimientos. Disfrutando del momento. El ambiente desenfadado se rompe de golpe cuando una figura irrumpe en los jardines y capta nuestra atención.

Nathan.

Dios. Esto es malo.

Cuando lo veo pasar con Cedric en brazos, comprendo que las cosas van a ponerse muy chungas. Mi amigo estará destrozado cuando vuelva. No es que yo sea un insensible, por supuesto que me afecta que Cedric se extinga. Odio que sus cincuenta años sin entrar al cielo lleguen justo ahora. Pero hace tiempo asumí que es inevitable que nuestros compañeros mueran hasta que matemos a todos los Descendientes. Nathan, sin embargo, todavía no lo ha hecho. Ni creo que lo haga nunca. Solo quiere arreglar una situación imposible. El sentimiento de responsabilidad que tiene con los ángeles del Intermedio supondrá su propio final cualquier día. Quiero decir, mucho antes de que todos muramos. No es saludable. La ira le lleva a tomar decisiones que lo alejan del Guardián que era antes. Me siento muy impotente.

No lo dudo y me pongo en movimiento. El entrenamiento tendrá que esperar a otro momento. Aunque, en vez de seguirlo hacia las escaleras que llevan al Portal celestial, corro hasta la biblioteca. Tengo que concentrarme en aportar. Quiero estar preparado para cuando acabe.

La preciosa torre dorada que alberga todo el conocimiento de nuestra especie no se encuentra muy lejos. Por lo que Nicole, que me sigue de cerca, y yo no tardamos en llegar.

Abro los portones de golpe y me dirijo a la inmensa mesa de madera blanca con bordes dorados. No me paro a mirar las miles de estanterías que llenan el edificio. Camino por el pasillo central a paso firme mientras el eco de nuestras pisadas nos acompaña.

Cuando llego al escritorio, que antes era del Maestre, las pruebas de lo que he estado haciendo esta mañana me observan acusadoras. Es evidente, aunque solo sea para mí, que en vez de buscar Descendientes estaba tratando de localizar a Christian.

Otra vez.

Miro con vergüenza el cristal envuelto con un retal de su túnica. Tardé semanas en atreverme a coger un trozo de tela, y solo lo hice porque necesitaba algo suyo para encontrarlo. Me costó mucho convencerme a mí mismo de que su ropa era algo físico que se podía reponer si quisiera volver. Que por arrancar un pedazo no estaba generando ningún tipo de mala energía que lo mantuviera lejos.

Junto al cristal, descansa un mapa del mundo humano en el que no hay ni una marca. Por mucho que me he esforzado por buscarlo cada día desde hace años, nunca he obtenido resultado. Ambos objetos están colocados en el centro de la mesa y dejan claro de un vistazo lo que es prioritario para mí.

Siento como se me calientan las mejillas por la vergüenza.

No esperaba venir con público a la biblioteca, pero, si Nicole se ha dado cuenta de lo que he estado haciendo, desde luego no lo dice en alto. Cosa que agradezco sobremanera. Tengo bastante castigo con el retortijón que siento en las entrañas.

Guardo el mapa y el cristal de forma apresurada detrás de la pila de libros que reposa en la esquina derecha de la madera. Estirándome un poco, alcanzo el enorme cristal que arranqué de la Sala de los Portales hace años y que «convertí» en una especie de buscador para localizar Descendientes. Me centro en rastrear.

No pienso parar hasta que caiga exhausto o encuentre un rastro.

Son pocas las ocasiones en las que eso ocurre. Se esconden en algún sitio al que no tenemos acceso. Los Custodios se han encargado de protegerlos muy bien. Han ido perfeccionado su arte a lo largo de los años. Tanto que ahora nos resulta prácticamente imposible encontrarlos. Pero no son infalibles. Y, si cometen el más mínimo descuido, allí estaré yo para verlo. En este momento mi voluntad es inquebrantable. Quiero darle algo con lo que trabajar a Nathan. Lo necesita ahora mismo. Me necesita. Así que me concentro en el mapa para no perderme ni la señal más pequeña y comienzo a balancear el péndulo sobre él.

Mientras, Nicole se sienta en alguna butaca cercana con uno de los miles de libros que tengo apartados y que creo que nos pueden ayudar a terminar con nuestra Expulsión.

Trabajamos en silencio durante horas, pero mi mente no deja de divagar.

Hay veces que echo de menos mi vida antes de que nos expulsasen. Era sencilla. Mi única obligación consistía en ser un buen Cupido. Podía ver a Christian cada día y dormir en sus brazos cada noche… ¿Quién me iba a decir que nuestros caminos se separarían cuando siempre habían estado destinados a ir de la mano? Cada día que paso lejos de él me duele.

Sí, yo también quiero evitar que los ángeles del Intermedio dejen de morir, que nos perdonen nuestros pecados, pero, a veces, cuando pienso en si alguien me diese a elegir entre poder disfrutar del poco tiempo que me queda al lado de Christian o salvar a todos los ángeles… Me alegro de no tener que enfrentarme jamás a esa decisión, la respuesta no me dejaría en muy buen lugar.

El sonido de unas pisadas acercándose devuelven mi atención al presente.

—¿Tienes algo? —es lo primero que pregunta Nathan cuando entra a la biblioteca. No me sobresalto, estaba esperando que llegase en cualquier momento.

Levanto la vista del lío de cristales que tengo montado sobre el mapa, sin dejar de sujetar con el dedo la página del libro que estoy consultando, y lo estudio con la mirada.

—No —reconozco. No endulzo la contestación porque nada lo va a calmar.

Procesa mi respuesta tomando aire por la nariz. Observo cómo sus fosas nasales se ensanchan, en un pésimo intento de tranquilizarse mediante la respiración, y camina hacia mí.

—¿Estás seguro? —vuelve a intentarlo cuando llega a mi lado.

Observa el mapa como si por pura fuerza de voluntad fuese a aparecer una señal. Lo comprendo. Yo también querría que las cosas funcionasen así.

Le miro la mano, que chorrea sangre púrpura por donde se ha destrozado los nudillos. No quiero ni imaginarme la fuerza con la que ha tenido que golpear el objeto que haya usado para descargar su rabia, teniendo en cuenta que la piel de los Guardianes es tan fuerte como el granito.

Nathan sigue mi mirada y cierra los puños, apartándolos de mi vista. No quiere escucharme decirle otra vez que tiene que cuidarse, pero no pararé de hacerlo hasta que le entre en su cabeza más dura que la piedra.

—Ahórratelo —replica sin dejarme siquiera hablar. Como siempre, se defiende antes de recibir.

—Empieza a cuidarte —contraataco.

—Ya lo hago.

—No. No lo haces. Te preocupas por los demás de una manera demasiado salvaje, si es que alguien quiere escuchar mi opinión. Pero en ti mismo no piensas nada. Si lo hicieras, ya te habrías curado en vez de estar sangrando sombre mi escritorio.

—Colin —mi nombre sale de su boca como una advertencia. Puede que él sea muy grande y muy duro, y que con su rabia consiga asustar a todo el mundo, pero no a mí. No cuando lo conozco desde hace mucho tiempo, más del que recuerdo. No cuando hemos pasado tantas miserias juntos.

Lo observo. Su rostro masculino de ángulos fuertes no parece tener más de veinte años, pero en sus ojos plateados se puede encontrar su verdadera edad. Está cansado y muy cerca de colapsar. Ojalá pudiera salvarlo.

Nicole nos observa en silencio desde su butaca. No nos quita los ojos de encima. Ella también está preocupada.

—¿Hace cuánto tiempo que no te alimentas de esencia? —indago, pero él decide ignorarme.

—Cuando tengas algo, me avisas. —Sus palabras son una sentencia. No se queda un segundo más a mi lado para que pueda decirle nada.

Aprieto los dientes, molesto, pero también preocupado. Tengo la intuición de que algo está a punto de suceder. Y mi intuición nunca me ha fallado.

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