TODO LO QUE SIEMPRE HE QUERIDO

TODO LO QUE SIEMPRE HE QUERIDO

Jueves

ADAM

Siempre había odiado la Navidad hasta que llegó él.

Siempre me había parecido que eran unas fechas en las que las calles se llenaban de demasiada gente y donde todo el mundo fingía ser bueno cuando en realidad no lo era. Era un momento en el que cualquier persona se atrevía a meterse en tu vida para preguntarte con quién ibas a pasar las fechas señaladas como Nochebuena o Nochevieja. ¡Qué narices les importaba a ellos! No podía negar que había fantaseado innumerables veces con poder matar a todo el que me preguntase, aunque, por razones obvias, no lo había hecho. Solo había una persona en el mundo a la que le permitía inmiscuirse en mi vida: mi hermana, y no porque quisiera, sino porque no me quedaba más remedio.

—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho, Adam? —me preguntó Marla molesta devolviéndome de golpe a la realidad.

No, no había escuchado ni una sola palabra. Estaba demasiado distraído observando a Leo, el hombre por el que, muy a mi pesar, había empezado a ver el lado bueno a esta época del año.

Lo había conocido dos años atrás, justo antes de que empezase la Navidad. Recordaba ese día como si hubiese sucedido ayer.

«Era cuatro de diciembre. Mi asistente personal, la cual llevaba trabajando en la empresa familiar durante más años de los que yo llevaba vivo, y que era de lejos la persona más competente y organizada que había conocido en la vida, se había jubilado la semana anterior y estaba desesperado. El jefe de Recursos Humanos y yo llevábamos haciendo entrevistas toda la mañana para tratar de encontrar un sustituto que estuviera a la altura.

La cosa no iba bien.

En parte sabía que era mi culpa porque no me gustaba tener a desconocidos cerca, era una persona muy reservada y, la otra parte, de la cual también tenía yo la culpa, aunque nunca lo reconocería en alto, era que no quería que ninguna de las personas que habían optado al puesto se quedasen. Yo solo quería que Vivian volviese, pero, a pesar de todo lo que le

había ofrecido, me había rechazado una y otra vez. No había parado de decirme que quería disfrutar de su marido, de sus hijos y de sus nietos. Menuda tontería.

—¿Puedes dejar de gruñir a toda la gente que entra en el despacho para la entrevista, Adam? —me preguntó George ese día.

—No estoy gruñendo —le respondí, pero la realidad era que sí que lo estaba haciendo y ambos lo sabíamos.

No tenía ningún sentido que lo negase.

—Entiendes que la persona a la que contratemos para ser tu asistente no va a estar en tu casa, que no te estás casando con ella, ¿verdad? —preguntó tratando de hacerme entrar en razón.

—Eso es lo que a ti te parece, a mí no me gusta que nadie esté en mi espacio personal — insistí.

—La oficina no es tu espacio personal.

—Por supuesto que lo es. Aquí paso muchas más horas que en casa. No voy a meter a cualquiera. Ahora, si me disculpas —dije y me levanté de la silla—, necesito algo de aire.

George suspiró, pero me dio lo mismo. No aguantaba ni un segundo más. Tener a un completo desconocido a mi lado todo el día no era algo que fuese fácil de asumir para alguien tan cerrado como yo. Rodeé el escritorio y salí a paso rápido del despacho. Recorrí el largo pasillo que separaba mi oficina del rellano del edificio a grandes zancadas y pulsé el botón del ascensor. Miré hacia arriba y suspiré cuando vi que estaba a unas cuantas plantas de la mía. Lo pensé durante unos segundos y decidí que no estaba de humor como para quedarme allí parado esperando. Había unos veinte pisos hasta la calle, pero me daba igual, la cuestión era que quería despejarme. Si bajaba andando lo conseguiría antes.

Con la decisión tomada, caminé hasta el fondo del rellano donde estaban los ascensores y abrí la puerta que daba acceso a las escaleras. Empecé a bajarlas. Cuanto más me alejaba de la situación que tenía entre manos, más relajado me sentía. Había sido una buena idea marcharme.

Cuando llevaba unos diez tramos recorridos el teléfono comenzó a vibrarme en el bolsillo. Lo saqué para comprobar quién era y, cuando vi el nombre de mi hermana en el identificador de llamadas, comprendí que George la había llamado para que me hiciera entrar en razón.

Lo guardé en el bolsillo, no tenía ninguna intención de contestar. Justo cuando devolví la mirada a las escaleras, me crucé con un chico moreno que me dedicó una sonrisa. Se me trabaron los pies y estuve a punto de caerme hacia atrás. Esa sonrisa tan sincera me dejó muy impactado. Me quedé quieto durante unos segundos sin saber qué hacer. Por alguna extraña razón me sentía lleno de curiosidad. «Qué tontería», pensé y reanudé de nuevo la bajada.

—Oye —escuché decir a una voz que no conocía, me paré y giré la cabeza para mirar hacia atrás—, ¿te llamas, Adam? —preguntó el chico que me había cruzado segundos antes.

—¿Cómo sabes mi nombre? —le devolví la pregunta sorprendido.

Lo observé, necesitaba analizarlo. El chico tenía unos ojos castaños enormes, rodeados por unas pestañas espesas y muy largas. Su cara en forma de corazón irradiaba bondad y felicidad, tenía una boca rosa de dientes perfectos que me sonreía.

—Lo pregunto porque me acabo de encontrar un pañuelo en el suelo y he pensado que podía ser tuyo —explicó levantando la tela frente a mí y encogiéndose de hombros—. Te pega el nombre, bueno, y el pañuelo también —añadió riendo divertido.

El sonido de su risa hizo que el estómago me burbujease.

—¿Por qué estás subiendo las escaleras? —le pregunté sin poder evitarlo, ese extraño despertaba mi curiosidad.

Estábamos más o menos en el decimoquinto piso, una cosa era bajar las escaleras y otra muy distinta, subirlas.

—Estoy nervioso —contestó sin añadir nada más, como si eso fuese suficiente explicación para saciar mi curiosidad.

—¿Por qué? —insistí.

—Tengo una entrevista de trabajo —explicó retorciendo las manos— y me gustaría tantísimo que me cogieran —comentó con aire soñador—. Llevo unos cuantos años, desde que salí de la universidad para ser exactos, tratando de conseguir un trabajo de técnico de Recursos Humanos, pero, por el momento, me he tenido que conformar con trabajos de camarero.

—Acompáñame —le dije.

—Espera ¿qué? —preguntó, pero, a pesar de esa queja, cuando comencé a subir las escaleras me siguió.

Desandamos el tramo que acababa de bajar y salimos al rellano en la planta donde estaba mi despacho. Cuando entré en la oficina, mi hermana y George estaban hablando de forma intensa. Cuando me vieron aparecer, se callaron de inmediato. No había que ser muy listo para darse cuenta de lo que estaban tramando. Estaban buscando la mejor manera de hacerme entrar en razón para que contratase a alguien.

—Tenemos que hablar —dijo mi hermana sin andarse con rodeos.

—Antes de que digas nada—dije levantando una mano en alto para impedir que hablase—, tengo que decirte que ya he encontrado a la persona que quiero contratar —dije, y tanto George como Marla me miraron como si les acabara de decir que sabía volar.

El despacho se quedó en silencio.

—Esto… —empezó a decir el chico y todos nos giramos a mirarle— tengo que irme. Toma —me dijo tendiéndome el pañuelo del que ya me había olvidado.

Cuando alargué la mano para cogerlo y nuestros dedos conectaron, sentí una descarga eléctrica por todo el brazo que me hizo elevar los ojos para mirarlo. ¿Qué coño acababa de pasar?

—¿Quién es este chico? —preguntó George de pronto como si acabase de reparar en su presencia.

—Soy Leo —dijo alargando la mano y ofreciéndosela. Leo. El nombre le pegaba.

Observé cómo los dos se saludaban mientras buscaba en la cara de George el más mínimo indicio de que hubiera sentido la electricidad que desprendía Leo.

—¿Qué haces aquí, Leo? —le preguntó mi hermana.

—He venido a hacer una entrevista para el departamento de Recursos Humanos, necesitan un becario —respondió con una sonrisa deslumbrante que hizo que tuviera que aguantar la respiración.

—Y es mi nuevo asistente —añadí, con lo que conseguí que todas las cabezas de la sala se girasen para mirarme.

—¡¿Qué?! —preguntaron todos a la vez.

—Espera, ¿quién eres tú? —preguntó Leo desconcertado mirándome como si estuviera tratando de descubrir si estaba loco.

—Es el director general de la empresa —explicó George, y prácticamente le escuché poner los ojos en blanco—. Adam White».

En ese momento, de vuelta en el presente, me resultaba imposible dejar de mirarlo. Su presencia me distraía como nunca nada lo había hecho. Cuando estaba en una habitación, era imposible no fijarse en él. Como por ejemplo en ese momento. Leo estaba cantando villancicos en voz baja, mientras terminaba de colocar los adornos en el árbol de Navidad que le gustaba poner en mi despacho. Si hubiera sido otra persona, no se hubiera atrevido a hacerlo, yo no se lo hubiese permitido, pero me había dado cuenta de que a Leo no le impresionaban lo más mínimo ni mis quejas ni mis negativas. Supongo que esa era la consecuencia de que no fuese capaz de ser firme con muchas de las cosas que le decía. Si había tomado alguna decisión que no le parecía justa o pensaba que estaba equivocado en algo, no paraba de darme guerra hasta que cambiaba de idea.

—Ambos sabemos que no he oído lo que decías —dije apartando la vista a regañadientes de Leo para posarla sobre mi hermana.

Ella puso los ojos en blanco y suspiró.

—Te decía que mañana es la cena de empresa, ya sabes, ese banquete que hacemos todos los años y en el que el director general, o sea tú, das un discurso —me recordó con tono jocoso, como si pudiese olvidarme de ello. Hablar en público hacía que un escalofrío de pánico me recorriese todo el cuerpo.

La risa de Leo llegó hasta mis oídos, lo que provocó que me distrajera de nuevo. Lo miré, estaba separado del árbol que estaba decorando y lo miraba con una mano colocada sobre la barbilla, casi como si lo estuviera analizando. Supe al segundo que algo no le gustaba. Miré el árbol con curiosidad y me pareció una obra de arte. Leo siempre había tenido mucho gusto para decorar cosas.

—¿Has escrito el discurso ya? —insistió mi hermana.

—Sí, lo ha hecho —respondió Leo que ahora sí que nos estaba prestando atención, lo que hizo que me sentase un poco más recto en la silla; siempre me tensaba bajo su mirada tratando de parecer más grande y perfecto de lo que en realidad era—. Bueno, en realidad lo

hemos hecho juntos, ya sabes que a Adam no le gusta mucho tener que expresarse —dijo riendo y haciendo que mi hermana también lo hiciera.

Yo, sin embargo, me quedé callado observando su sonrisa, que conseguía que mi corazón se acelerase.

LEO

Debería molestarme que Adam me estuviera observando, pero si su mirada clavada en mí lo hiciera, no hubiera soportado ser su asistente personal durante los últimos dos años. Es más, mentiría si dijera que no disfrutaba de que sus ojos me siguieran allá donde me moviera. Aparté la vista del árbol en el que estaba colgando las bolas y la posé sobre él. Estaba hablando con su hermana y se le veía molesto. No hacía falta que lo dijese, lo conocía lo suficientemente bien como para interpretar sus estados de ánimo por muy cerrado que fuese. Creo que fue al segundo día de empezar a trabajar para él, cuando me di cuenta de que tenía un problema expresando sus emociones. No sabía lo que le había pasado para llegar a reprimirlas de esa manera, pero la verdad era que quería saberlo todo de él. En ese momento sabía que se encontraba tenso, porque su cuerpo estaba inclinado ligeramente hacia la izquierda, tenía las manos apoyadas sobre los reposabrazos de la silla y movía el dedo índice de forma casi imperceptible. Sabía que eso pasaría inadvertido para alguien que no se dedicase a mirarlo tanto como yo, pero para mí no. Adam era muy guapo, tenía un rostro anguloso de mandíbula marcada, que siempre había soñado con besar, y un rastro de barba que le hacía parecer muy sexy.

Su hermana estaba preguntándole por la cena del día siguiente, ese era el motivo por el que Adam se estaba poniendo nervioso. Traté de mantenerme al margen, él era mayor y sabía que podía defenderse solo, pero no era muy bueno en las relaciones personales. Además, su hermana siempre tendía a avasallarle, sabía que lo hacía para tratar de sacarle de su caparazón, yo mismo lo hacía algunas veces; odiaba tanto como ella que se encerrase dentro de sí mismo y se negase a expresar lo que sentía, pero cuando ella era la que lo hacía me salía mi vena protectora. Lo cual era ridículo, Adam era un hombre muy grande y fuerte, un hombre que era el director general de una empresa que tenía miles de empleados, no necesitaba que su asistente personal lo protegiese. Pero la realidad era que para mí él no era un trabajo, para mí Adam era mucho más. Adam era el hombre con el que estaría si él se diese cuenta alguna vez de lo perfectos que éramos el uno para el otro. Aunque por el momento me conformaba con su compañía. Cuando lo conocí en las escaleras dos años atrás, mientras venía a la empresa para hacer una entrevista para otro trabajo, nada me hizo

pensar que mi vida acabaría así. Había cambiado desde que lo conocía, había madurado mucho, pero lo que no había cambiado para nada era lo mucho que me gustaba, esa conexión había existido desde el primer segundo.

Volví a la conversación que Adam mantenía con Marla cuando escuché que esta le preguntaba por el discurso. Hasta ese momento pude evitar meterme.

Cuando conseguí convencer a su hermana de que la cena de la noche siguiente y el discurso estaban controlados, se marchó de la oficina. Fue entonces cuando devolví mi atención al árbol. Quería que la decoración fuera perfecta. Amaba la Navidad.

—¿Qué le pasa al árbol? —preguntó Adam acercándose mucho a mí y sorprendiéndome.

No me sorprendió que se diera cuenta de que había algo que no me gustaba, él siempre notaba esas cosas, tenía una sensibilidad especial para mí y mis sentimientos; lo que me sorprendió fue que se acercase tanto, solía guardar las distancias. Sentirle parado detrás, con su gran cuerpo cerca del mío, hizo que cerrase los ojos y me dedicase a disfrutar del momento.

Nunca había deseado a nadie como lo deseaba a él.

Nunca había sentido que necesitase más que unas manos se posasen sobre mi cuerpo. Esa necesidad de conectar con él. A veces sentía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces solía preguntarme cómo era posible que él no se diese cuenta.

—No me gusta cómo queda la estrella de arriba, no pega con el resto de los adornos —dije solo para alejar esos pensamientos de mi cabeza, ya que al único sitio al que me llevaban era de golpe a la frustración.

Adam levantó la cabeza y observó el adorno como si estuviera tratando con todas sus fuerzas de entender lo que quería decir. Cuando vi que achicaba los ojos, me eché a reír.

—No pega el color —expliqué para que Adam entendiese lo que pasaba.

—A mí me parece que queda bonito —comentó desviando la mirada de la estrella y posándola sobre mí, lo que hizo que el estómago se me llenase de mariposas.

—Quedaría mucho más bonita si fuese dorada. Este fin de semana saldré a comprar una — le comenté con una sonrisa estúpida.

Era incapaz de aguantar la sonrisa cuando lo tenía tan cerca y pendiente de mí.

ADAM

«No me puedo creer que esté haciendo esto», pensé, pero luego comprendí que mi pensamiento era una tontería, ya que, por mucho que me hubiese negado a verlo durante un tiempo, estaba claro que haría cualquier cosa por Leo.

Era la tercera tienda de la que salía sin nada en mi búsqueda de la estrella dorada perfecta para Leo. Me sentía perdido entre las calles llenas de gente. La luz cálida de los escaparates adornados con motivos navideños derramándose sobre el pavimento y un sinfín de luces de colores y guirnaldas adornando las farolas hacían que todo a mi alrededor adquiriese un aura casi mágica. Hubiese dado cualquier cosa por poder compartirla con él. Echaba de menos que estuviera conmigo, pero era una sorpresa y no quería que se enterase antes de tiempo.

Mientras paseaba, recordé que al final de esa calle había un pequeño taller donde hacían figuras artesanas de madera. Me emocioné, estaba seguro de que allí encontraría lo que estaba buscando. Quería que la estrella fuese tan única y perfecta como lo era Leo, y eso no se podía encontrar en cualquier lugar.

Cuando entré dentro de la tienda, la puerta rozó la campanilla colgada del techo y emitió un sonido tintineante. El tendero salió a los pocos segundos del almacén, justo cuando yo llegaba al mostrador. El hombre era un señor mayor de pelo cano, piel blanca y pómulos rosados. Llevaba puesto un jersey de lana con motivos navideños de color rojo, verde y blanco. Se parecía a Papá Noel, pero en la ciudad. A Leo le hubiera encantado.

—Buenas tardes —saludó, e hice un asentimiento con la cabeza como respuesta—, ¿qué es lo que desea? —preguntó.

—Estoy buscando una estrella dorada para la parte alta de un árbol de Navidad —dije, y me lo pensé durante unos segundos, necesitaba darle más detalles para que pudiese enseñarme lo que yo quería—. Me gustaría que fuese especial y distinta. Es para un regalo y quiero que sea perfecta.

—Oh, ya veo —dijo el señor sonriendo—. Es para alguien importante, ¿verdad? —preguntó.

Asentí de forma rígida y le observé entrar a la trastienda. Salió unos pocos minutos después con una caja de color crema. Una estrella de color dorado, que estaba hecha de madera, descansaba sobre un acolchado verde. Era preciosa, perfecta.

—Me la quedo —dije sin dar opción a que me enseñase ninguna más, no hacía falta, era justo lo que estaba buscando.

Pagué al hombre y salí de la tienda encantado. Me moría de ganas de darle la estrella a Leo, por ver la cara que pondría cuando la viera. Por eso no pude resistirme. Si hubiera sido una persona sensata, después de comprar la estrella me hubiera marchado a casa, pero como ya había demostrado antes, siempre que se trataba de Leo, no lo era.

Saqué el teléfono del bolsillo para mandarle un mensaje y preguntarle dónde estaba. Me respondió a los pocos minutos. Me monté en el coche y le di al conductor la dirección del bar donde Leo me había dicho que estaba tomando algo con unos amigos.

Prácticamente salté del coche cuando llegamos. Entré en el bar, agradecí que el lugar no estuviera muy lleno. Me estiré para poder ver todo y paseé la vista por el local en busca de Leo. No lo vi por ningún lado, pero me acerqué a la mesa en la que estaban sus amigos.

—Buenas noches —saludé cuando llegué frente a ellos—, ¿sabéis dónde está Leo? — pregunté.

—Acaba de ir al baño —respondió Sam. —Gracias.

Una parte de mí sabía que estaba siendo irracional yendo allí a buscarlo, pero a otra parte de mí le daba exactamente igual. Esa parte solo necesitaba verlo.

Me crucé con él justo cuando salía del baño. Yo lo había visto, pero él a mí no, estaba distraído mirando el teléfono. Llevaba unos pantalones vaqueros con un roto en la rodilla y un jersey verde que se pegaba a su cuerpo, estaba muy guapo. Muy diferente a la forma en la que estaba acostumbrado a verlo. En la oficina siempre llevábamos traje y, aunque le quedaban muy bien, verlo vestido de esa manera tan desenfadada me hizo sentirlo más cercano, hizo que ese encuentro fuese casi íntimo. Se me aceleró la respiración y el estómago se me llenó de nervios.

—Leo —lo llamé cuando estaba a punto de golpearse contra mí.

Él elevó la cara y, cuando me vio, en su rostro se dibujó una inmensa sonrisa. Una sonrisa que iluminó la mía.

—Has venido —dijo apretándome la mano para saludarme.
El lugar donde me había acariciado fugazmente me ardía. Me sentía muy nervioso e inquieto.

—¿Necesitas algo? —me preguntó después de unos segundos, cuando se hizo dolorosamente evidente que yo me había quedado paralizado y no iba a decir nada.

Darme cuenta de eso me hizo reaccionar.

—Sí, quería darte una cosa —dije, y levanté la mano con la caja.

—¿Es para mí? —preguntó con un tono de sorpresa impregnando su voz.

—Sí.

Cogió el paquete que le tendía y lo abrió con manos ansiosas. Se quedó muy quieto cuando vio lo que había dentro. Tan quieto que me asustó.

—¿Es una estrella para el árbol de la oficina? —preguntó mirando sus manos, me sentí ridículo.

¿Cómo había podido ir hasta allí para darle eso? Iba a pensar que había perdido la cabeza. —Sí —respondí incapaz de decir nada más.

Ni una explicación, ni una excusa, nada. Las palabras se me amontonaban en el cerebro, pero me sentía incapaz de sacarlas hacia afuera.

Levantó la cabeza y me miró. Me sorprendió ver que sus ojos estaban brillantes, como si estuviera a punto de ponerse a llorar.

—Es perfecta. Me encanta, Adam —dijo lleno de emoción.

Cuando una sonrisa enorme se extendió por su rostro, comprendí que haría cualquier cosa por volver a ser yo el que la pusiera de nuevo ahí. Antes de que pudiera decir nada, Leo se abalanzó hacia delante, lanzándose a mis brazos. Lo agarré por instinto y lo apreté contra mi cuerpo.

—Gracias —me susurró al oído—, no sabes lo mucho que esto significa para mí —dijo antes de girar la cabeza y depositar un beso sobre mi mejilla.

Me volví loco. Cada una de las células de mi cuerpo se despertó con ese contacto. Un anhelo como el que jamás había sentido brotó desde el centro de mi pecho hacia afuera iluminándolo todo. El calor que desprendía Leo entre mis manos, sus labios sobre mi piel hicieron que perdiera la cabeza. Lo necesitaba más cerca, lo necesitaba dentro de mí. Por instinto, o más bien por necesidad, giré la cara y coloqué mis labios sobre los suyos. El contacto de nuestras pieles incendió el mundo. Empecé a besarlo, sus labios sabían a refresco de cola, eran dulces y firmes. Los míos los devoraban impacientes. No podía pensar en otra cosa que no fuera en más, más fuerte, más profundo. Me sobraba el aire. Apreté su cuerpo todavía más contra el

mío, agarrando su jersey con las manos. Las suyas viajaron hacia mi cuello y se quedaron allí. Me sentí mareado. Solo podía pensar que no quería que ese beso se acabase nunca. No quería que lo hiciera porque era perfecto. Era todo lo que siempre había necesitado. Era lo que llevaba anhelando desde la primera vez que lo había visto.

—Oh, lo siento —escuché decir a una voz.

Esa interrupción hizo que me volviera consciente de lo que estaba haciendo. Me transportó de golpe a la realidad. Me separé de Leo, lo miré y vi que me observaba como si no se pudiese creer lo que acababa de hacer. Tenía los ojos medio cerrados, cargados de un sentimiento que no pude identificar. Me sentí ridículo y muy expuesto. Necesitaba irme de allí, huir de esa situación en la que me había descontrolado.

Sin decir ni una sola palabra, ¿qué se podía decir después de lo que acababa de hacer?, me fui casi corriendo del bar.

Viernes

ADAM

Cuando llegué esa mañana a la oficina, estaba nervioso. Estaba muy preocupado por cómo reaccionaría Leo cuando nos viésemos. Esa noche no había podido pegar ojo, no podía dejar de pensar una y otra vez en el beso, en cómo me había sentido. Tenía el estómago con un nudo de nervios.

Como siempre, Leo llegó puntual a la oficina. Actuó como si el beso que le había dado en el bar la noche anterior no hubiera sucedido. Al principio me sentí agradecido de que se comportase así y empecé a relajarme, pero, a medida que el día avanzaba y seguía pasando de mí, como si estuviese enfadado, mi preocupación fue creciendo. Odiaba no poder hablar con él, más bien odiaba que él no hablase conmigo, pero era incapaz de acercarme a él y decirle cómo me sentía. No sabía cómo hacerlo.

Comimos en silencio, lo cual era muy raro, ya que Leo siempre estaba hablando, alegrando el mundo con su carácter extrovertido y con su luz. Después de comer tuvimos un par de reuniones con algunos jefes de departamento y, cuando llegó la hora de salida, observé impotente cómo Leo cogía su cazadora del armario y se despedía con un seco adiós. Me quedé paralizado durante unos segundos, hasta que me dije que tenía que hacer algo de una santa vez. Me levanté de la silla y salí corriendo detrás de él.

—Leo, espera —dije agarrándole de la mano para impedir que se fuese, ese mínimo contacto hizo que todo mi cuerpo se despertase; me gustaba tocarle, no había duda de ello—, necesito hablar contigo.

Tenía que poner mis sentimientos bajo llave, haberme dejado llevar por lo que me hacía sentir era lo que me había puesto en esta situación.

—No me apetece hablar, Adam —respondió cortante, y se dio la vuelta para irse.

Su actitud me hizo daño, me hizo sentir que lo había alejado de mí con mi comportamiento.

—Quiero pedirte perdón.

Aquellas palabras sí que parecieron llamar su atención, ya que se paró de golpe y se dio la vuelta para fulminarme con la mirada.

—¿Perdón? ¿Me quieres pedir perdón? ¿Por besarme? —preguntó furioso mirándome.

A Leo nunca le había importado que fuese mucho más alto y grande que él, tampoco le había importado que fuese su jefe, ninguna de esas cosas lo amedrentaban para decirme nada cuando pensaba que había hecho algo mal. Se acercó tanto a mí que nuestros pechos se tocaban con cada inspiración. El calor de su cuerpo traspasaba su ropa y se metía dentro de mí despertando cada uno de mis nervios, activando el botón del anhelo. Hubiera dado cualquier cosa por volver a besarlo, por no dejar de hacerlo nunca.

—Sí —respondí.
—¿Crees que ese es el problema? ¿Crees que estoy así porque me has besado?

—Sí —respondí, porque parecía que me volvía idiota cuando lo tenía tan cerca y no era capaz de juntar más de dos letras.

—No, Adam, ese no es el problema. El problema es que, en cuanto se acercó alguien, te marchaste asustado, el problema es tu incapacidad para expresar lo que sientes, lo que te pasa por la cabeza —Se quedó callado observándome, pero yo era incapaz de reaccionar—. Por la forma en la que me besaste sentí que te gustaba, pero no has hecho nada al respecto. Llevo dos años esperando a que te des cuenta de la conexión que hay entre nosotros —dijo levantando dos dedos delante de mi cara—, y la verdad es que me he cansado de esperar. Y ahora, si me perdonas, me voy a casa, tengo que prepararme para la cena de esta noche — dijo, y acto seguido se dio la vuelta y se alejó a paso rápido.

Casi no me podía creer lo que significaban sus palabras. No estaba enfadado porque lo había besado, estaba enfadado porque no me había quedado junto a él. Dios. Si solo supiera lo mucho que lo quería, lo mucho que lo necesitaba.

Cuando lo vi montarse en el ascensor de nuestra planta y desaparecer, me sentí frío y con el corazón apretado. Tenía la sensación de que lo había perdido, y eso era algo que no podía soportar. La oficina que siempre me había parecido un lugar seguro se me antojó una cárcel sin Leo, sin su compañía, sin su eterna sonrisa y su actitud positiva. Tenía que hacer algo para recuperarlo. Todavía no me podía creer que él sintiera algo por mí.

LEO

Para cuando llegué a la planta baja del edificio, ya me sentía culpable por lo que le había dicho a Adam. Desde que lo conocía, sabía que tenía problemas para expresar sus sentimientos, desde la alegría hasta el enfado, por lo que no tendría que haberme molestado lo más mínimo su reacción a nuestro beso, de hecho, era la primera vez que lo veía hacer algo tan impulsivo. Toda la frialdad que lo acompañaba y rodeaba había caído cuando se había lanzado a mis labios, cuando me había besado como si me necesitase para respirar. Solo con el recuerdo de la noche anterior tenía problemas para no endurecerme. Sabía que era precisamente por eso por lo que me había molestado tanto, porque por primera vez había quitado del todo el muro que contenía sus emociones y me había permitido ver lo que había al otro lado por unos minutos. Claro que muchas veces me mostraba sus sentimientos con pequeños detalles, pero nunca nada como lo de ayer. Quería más de eso. Pero no lo quería a costa de que él se sintiese perdido y desnudo.

Me monté en el asiento trasero de su coche y le dije al chofer que por favor me llevase a casa. Esa misma noche volvería a hablar con Adam y le diría que lo sentía. No quería dar la vuelta y hacerlo en ese mismo momento porque estaba demasiado sensible y sabía que la cosa no acabaría bien. Lo último que quería era discutir más con él.

Fui a casa, me di una ducha y me preparé para esa noche.

Mientras el chofer de Adam me llevaba hacia el hotel que habíamos reservado para celebrar el evento, estuve pensando en cómo me disculparía con él. Estaba ansioso por hacerlo. Pensar que podía estar sufriendo me mataba.

Cuando llegué al salón todavía quedaba una hora para que el evento comenzase y, como no había rastro de Adam por ningún lado, decidí pasar el tiempo charlando con el resto de

mis compañeros. Sabía que, si estaba entretenido pensando en otra cosa, el tiempo se me pasaría mucho más rápido.

Cuando llegó la hora en la que estaba previsto que Adam diese el discurso, nos sentamos. Empecé a mirar hacia todos los lados ansioso porque apareciese de una vez. Cuando lo vi entrar en la sala por una pequeña puerta al lado del escenario, el estómago me hizo una pirueta y el corazón se me aceleró. Era dolorosamente guapo y yo estaba enamorado de él hasta las trancas. Era un lástima que él no sintiera lo mismo. Lo observé mientras subía las escaleras con decisión. Tenía una planta imponente, no dejaba traspasar hacia el exterior los nervios que sabía que tendría.

Me gustaba estar sentado en primera fila para poder verlo a la perfección, para que viese que estaba ahí si necesitaba apoyarse en mí.

Adam se colocó frente al atril, apoyó las manos a ambos lados del micrófono y se aclaró la garganta. Lo primero que hizo cuando levantó la vista fue buscarme. Cuando nuestras miradas conectaron, sus ojos se llenaron de alivio, lo que me hizo feliz. Me gustaba que me buscase como apoyo incluso cuando estaba enfadado conmigo. Le sonreí con cariño y me emocioné cuando él me devolvió la sonrisa.

—Buenas noches a todos —comenzó a decir, y la sala se quedó en silencio al instante—. Hoy, al igual que todos los años, tenía pensado dar un discurso para agradeceros el año y para que repasásemos los buenos datos de la empresa, datos que habéis contribuido a obtener. Llevo semanas preparándolo junto a Leo —dijo aclarándose la garganta y señalando en mi dirección, haciendo que el corazón se me acelerase, ¿qué estaba haciendo? —, pero hoy ha sucedido una cosa que ha hecho que cambiase de idea —dijo haciendo que toda la sala estallase en murmullos—. Veréis, hay algo que quiero contaros: este mes hace dos años que conocí a Leo, nos encontramos de la forma más tonta, por una casualidad de la vida. Yo estaba agobiado ese día y decidí bajar por las escaleras en vez de por el ascensor, él, por casualidades de la vida también, llegó hasta nuestro edificio para una entrevista de trabajo y también, por casualidades de la vida, decidió subir por las escaleras en vez de por el ascensor. Muchas veces pienso en que, si a alguno de los dos se nos hubiera ocurrido comportarnos de forma lógica, hoy no nos conoceríamos. Pensar en eso me hace temblar de terror, porque hoy es el día que no puedo imaginarme mi vida sin él —Se escucharon suspiros por la sala y mi cuerpo entero explotó de felicidad, tenía el estómago tan lleno de mariposas que estaba a punto de salir volando de mi asiento—. En cuanto lo vi, supe que era especial, supe que no podía dejarlo escapar, así que hice que fuera mi asistente. Os puedo asegurar que aquella fue

la mejor decisión que he tomado en la vida. Mi mundo está iluminado y es mucho más hermoso desde que tengo la suerte de tenerlo a mi lado —Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de amor, lágrimas de felicidad, era tan bonito lo que estaba diciendo que apenas me podía contener—. Ayer nos besamos por primera vez —dijo haciendo un ruido muy tierno, una mezcla entre la incredulidad y la alegría—. Fue lo mejor que he sentido nunca, pero me asusté y me marché, pensando que él no sentía lo mismo, pero hoy he descubierto que estaba equivocado, lo que Leo quería era que me quedase a su lado, que le demostrase lo que siento por él. Es cierto que para mí no es fácil, me cuesta exteriorizar mis sentimientos, pero por Leo estoy dispuesto a hacer cualquier cosa, a salir totalmente de mi zona de confort, porque él merece la pena. Tú la mereces —dijo hablando directamente conmigo—. Sé que soy una persona difícil de tratar, pero quiero cambiar, tú haces que quiera lograrlo, haces que quiera sacar hacia fuera todo lo que tengo dentro. Esta noche necesitaba demostrarte todo lo que siento por ti, necesitaba que supieras que no me importa que cada persona del mundo sepa que estoy enamorado de ti. Porque no he podido dejar de pensar ni un segundo en ti desde el día en el que te vi por primera vez. Desde entonces ese sentimiento no ha parado de crecer, hasta que no he terminado enamorado de ti con cada centímetro de mi cuerpo. Te amo —dijo mirándome con los ojos cargados de esperanza.

Cuando Adam terminó de hablar, no pude contenerme durante más tiempo y salí corriendo para poder subir junto a él. Sin pensar en la gente, en nada más que no fuésemos nosotros dos, me coloqué frente a él, me puse de puntillas y lo besé. Dios, Adam me volvía loco. Cuando nuestros labios se tocaron, fui trasportado de golpe hasta el paraíso, su boca era cálida, resbaladiza y exigente. Me besaba con pasión mientas me apretaba contra su cuerpo. Me empujé todavía más contra él, necesitaba sentirlo cerca. Empecé a escuchar aplausos, pero me costó procesar que había más gente a nuestro alrededor y que era a nosotros a quienes aplaudían. Cierto, estábamos en medio de un escenario rodeados de gente.

—Será mejor que dejes de besarme o vamos a darles a todos un buen espectáculo —le dije a Adam separando mis labios de los suyos y apoyando la frente contra la suya para poder mirarlo.

Me faltaba el aliento. No quería separarme de él, no quería volver a hacerlo nunca más, pero no era el momento ni el lugar para que estuviéramos devorándonos el uno al otro.

—Si no me queda más remedio —me dijo riendo y mirando mis labios con deseo.

—Ven —le dije agarrando su mano y dirigiéndolo hacia una de las salidas, lejos de todos para que tuviéramos privacidad.

ADAM

Leo me dio la mano y fuimos hasta una puerta que había en uno de los laterales del salón. Cuando la atravesemos, se giró y se lanzó a mi cuello cogiéndome por sorpresa.

—Adam, eres lo que siempre he querido y mucho más, no necesito que cambies nada. Solo quiero que no me dejes fuera de tu mente, que no me excluyas, quiero compartir todo contigo, me gusta como eres. Amo tu manera de pensar, te amo a ti —añadió en un tono suave cargado de amor que hizo que mi corazón explotase en mi pecho duplicando su tamaño.

Necesitaba tener un corazón más grande para poder contener todo lo que amaba a Leo.

—Te amo —le repetí, porque no podía callármelo durante un solo segundo más.

—Yo también te amo —me respondió él—. ¿Por qué no nos vamos de aquí y nos ponemos al día de todo lo que nos hemos perdido durante estos dos años? —me preguntó con un tono juguetón que hizo que me volviera loco.

—No hay nada que desee más en el mundo.

Salimos caminando del hotel agarrados de la mano. Íbamos camino hacia nuestra nueva vida. Una vida que pensaba pasar a su lado.