MIL MOTIVOS PARA NO ESTAR JUNTOS (primeros capítulos)

Prólogo

¿Qué es el amor?

NIKANOR

El amor es…

… inseguridad, miedo a perder, incertidumbre.

El amor es como dar un paso al vacío.

Es pánico.

El amor es errado, confuso, imprevisible.  

El amor es miedo a que te descubran. A que sepan lo que de verdad anhelas en lo más profundo de tu alma.

Es contención. Sufrimiento.

El amor es muchas cosas.

Es un golpe, una chispa, un fogonazo.

El amor te atrapa y no te enteras hasta que es demasiado tarde.

El amor es ciego.

El amor no distingue.

Y ese era, en mi caso, el principal problema: que estaba enamorado de quien no debía, de la última persona que debería amar de esa manera.

Pero, a la vez, el amor también era el sentimiento más increíble que había experimentado en la vida.

El más importante.

El que lo movía todo.

El que me hacía sonreír.

El que me hacía levantarme cada día de la cama.

El que me hacía avanzar y tener esperanza.

El que calentaba mi cuerpo lleno de soledad.

Por todo eso, dejando a un lado mi autodesprecio, me sentía afortunado de haber podido experimentar en mis propias carnes esa clase de amor. Era afortunado por saber lo que se sentía al querer a alguien de una manera tan pura y verdadera como yo lo quería a él.

Era lo suficiente inteligente para saber que no todo el mundo lo sentía, algunos ni siquiera lo hacían una sola vez en la vida, pero que fuese consciente de eso no quería decir que no me preguntase cada puto día por qué había tenido que enamorarme de él. Justo de él.

En muchas ocasiones había tratado de imaginar cómo sería estar enamorado de otra persona y que mi amor fuese correcto, pero, cada vez que había tratado de poner otra cara sobre la suya, había sentido ganas de vomitar. Así que había llegado muy rápido a la conclusión de que él era al único a quien podía imaginarme queriendo de esa manera. Al único que podría querer alguna vez.

Era, en los momentos de debilidad, en los que me preguntaba por qué había tenido que ser justo de él de quien mi corazón tenía que enamorarse. ¿Qué había hecho tan malo en la vida para merecer ese castigo?

1

Vamos a ser muy buenos amigos

NIKANOR

Pasado

Tenía quince años el día que me adoptaron.

Recuerdo los nervios.

Recuerdo las ganas.

El miedo.

Sentir el estómago en un puño apretado mientras dejaba atrás el centro de acogida. Quería que todo saliese bien. Lo necesitaba.

Recuerdo cómo los miré a ambos, a las personas que desde ese mismo día serían mis padres, y sentí que todo estaría bien.

Habíamos estado un tiempo conociéndonos antes de que los asistentes sociales me dejasen irme a casa con ellos y, cada vez que los veía, me moría de ganas por hacerlo. Me gustaban. Me gustaban sus gestos suaves pero cariñosos. Me gustaba su manera de mirarme como si de verdad les importase que estuviese cómodo. Cómo sonreían y se preocupaban por mí. Que se hubieran molestado en conocerme. Había tenido tanto miedo a que fuese demasiado tarde para mí… A que fuese demasiado mayor para que nadie quisiera adoptarme.

Por supuesto cada psicólogo con el que lo había hablado me había dicho que estaba equivocado, que tenía que ser más bueno conmigo mismo y aprender a quererme. No me gustaba que me llamasen la atención por la manera en la que me sentía ni que el resto de las personas creyesen que mis pensamientos no eran adecuados, por lo que, desde hacía muchos años, había decidido que lo mejor que podía hacer era mantener esos sentimientos para mí mismo.

Recuerdo que me quedé dormido durante el camino a casa. Cada vez que esa palabra pasaba por mi cabeza me daba un vuelco el corazón. Casi no podía creerme que fuese cierto que esas personas tan maravillosas me hubiesen adoptado.

Aparcamos el coche en el garaje. Cuando entramos en la vivienda, Ander nos esperaba con una sonrisa enorme y cálida. No era la primera vez que lo veía; había ido con sus padres en muchas ocasiones a visitarme. Siempre me había gustado. Mirar la felicidad que irradiaba me hacía pensar que aquel iba a ser un buen sitio. Un buen hogar. Me hacía creer que había un montón de cosas buenas en el mundo. Me hacía tener esperanza.

—¿Podemos enseñarle su habitación, mamá? —preguntó Ander dando pequeños saltos de emoción.

—Claro que podemos, cariño. ¿Te apetece verla, Nik?

—Sí, mucho —le respondí sin dudar, sintiendo cómo una sensación cálida se extendía por mi pecho.

Subimos al piso de arriba los cuatro juntos. Iba mirando hacia todos los lados de la casa. Era un lugar precioso y en el que, al segundo, te dabas cuenta de que se respiraba un ambiente hogareño. Me hacía feliz estar allí.

Entramos en el que iba a ser mi cuarto y, cuando lo vi, casi me caí para atrás de la impresión.

—¿Te gusta cómo ha quedado?

Asentí con la cabeza, incapaz de responder con palabras. Durante las visitas que habían tenido al centro de acogida, habían llevado varias revistas de habitaciones y habíamos mirado páginas web también. Dentro de esa habitación estaba todo lo que me había gustado. Cada cosa. Me sentí al borde de las lágrimas. Me di cuenta de que de verdad les importaba.

Esa noche, después de cenar y cepillarnos los dientes, me metí en mi cuarto y me quedé mirando la cama, pensando en lo agradecido que estaba, en lo maravilloso que resultaba todo y en lo sencillo que estaba siendo. Noté cómo las lágrimas se me acumulaban en los ojos antes de que se deslizasen por mis mejillas. Todo lo que sentía era demasiado y no podía controlarlo, contenerlo dentro de mí.

Escuché unos pasos que se acercaban a mi habitación y cómo, poco a poco, llegaban hasta mí. No giré la cabeza, no me atrevía.

—Estás llorando —dijo la voz asustada de Ander a mi ­­lado, y me puso una mano en el hombro.

—Estoy bien.

—¿Y por qué lloras?

—Estoy llorando de felicidad. Todo me parece demasiado bueno para ser real.

Ander se rio.

—Es todo real, Nik. Yo estoy muy feliz de que estés aquí. Estar solo es muy aburrido. Ya verás, vamos a ser muy buenos amigos.

Me giré para poder verlo y le sonreí encantado. Que hubiese venido a verme me había hecho muy feliz, me había tranquilizado y era justo lo que necesitaba: alguien que me tratase como a un igual.

Desde ese mismo día fuimos inseparables, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de que solo viví unos pocos años en casa antes de tener que irme a la universidad.

Ander fue para mí el mejor amigo posible. Mi apoyo.

Ander, con su manera dulce y noble de ser, se ganó mi corazón más rápido de lo que una persona tarda en pestañear.

2

El mundo se apaga

NIKANOR

31 agosto, 2019

Siempre había tenido el sueño ligero. Por eso, cuando la puerta de mi habitación se abrió de madrugada, me desperté al segundo.

Gracias a la luz que proyectaba en el cuarto la regleta en la que ponía a cargar todos mis aparatos electrónicos, pude distinguir a la perfección que Ander se acercaba hasta mi cama arrastrando los pies. Por supuesto, cuando descubrí que era él, el estómago me dio un vuelco.

Por supuesto.

Lo primero que hice fue tratar de mantener el control para no dejar que mis sentimientos aflorasen a la superficie. Me centré de lleno en descubrir, cuanto antes, qué era lo que lo había llevado hasta mi habitación. No era una buena idea estar de madrugada y a oscuras a su lado. De hecho, nunca era una buena idea.

Relajarme me llevó más tiempo del esperado y, para cuando quise darme cuenta, Ander estaba cogiendo las sábanas que tenía hechas un ovillo a mis pies y tirando de ellas hacia arriba para cubrirse. Se tumbó a mi lado en la cama. Muy muy cerca de mí. Demasiado.

—Estoy muriéndome —me dijo con voz dolorida y casi sin pronunciar las palabras—. Tienes que ser mi médico particular.

Justo cuando procesé sus palabras reparé en lo caliente que estaba. El estómago volvió a darme un vuelco, pero, esa vez, de preocupación. Al darme cuenta de lo exagerado que estaba siendo, me dije que tenía que serenarme. Estaba seguro de que no le pasaba nada serio y tenía que ser racional. El problema era que, cuando se trataba de Ander, yo y la palabra racional estábamos en putos mudos opuestos.

—Soy traumatólogo, no un médico para niños llorones —le respondí ocultando mi sonrisa. No quería que se diese cuenta de lo mucho que me complacía que hubiese venido a buscarme para que lo cuidase.

—Has estudiado como unos veinte años, digo yo que algo sabrás sobre medicina —sus últimas palabras sonaron sin fuelle, se notaba que estaba dolorido—. Tienes que cuidarme.

Me eché hacia atrás en la cama para estirar el brazo y poder llegar a alcanzar las gafas. Cuando las tuve entre mis manos me las puse. Luego, cogí el móvil que estaba cargándose sobre la mesilla de noche y lo desenchufé. Quería mirarle la garganta a Ander, pero antes de poder hacerlo tenía que lavarme las manos. Me levanté de la cama, salí al pasillo sin hacer ruido y encendí la linterna del móvil para poder ver sin molestar a nadie. Apoyé el teléfono sobre la repisa del lavabo mientras me lavaba las manos y regresé a la habitación.

Cuando era pequeño, Ander solía ponerse enfermo cada vez que volvíamos de vacaciones. La ciudad en la que vivíamos, en el norte de España, era mucho más fría que el lugar donde pasábamos los veranos. Los cambios de temperatura nunca le habían sentado bien a su cuerpo.

Cuando volví a la habitación me senté en el borde de la cama, a su lado. Le acaricié el pómulo con el dorso de la mano para que me prestase atención. Su piel era suave. El contacto hizo que el estómago me hormiguease. Cuando tuve su atención puesta sobre mí, apunté a su pecho con la linterna del teléfono y fui levantándola poco a poco, con mucho cuidado, para que la luz no le diese en los ojos.

—Abre la boca para que pueda verte la garganta —le pedí tragando fuerte.

Estar tan cerca de él era demasiado para mí.

—Me duele mucho —me dijo apoyándose en mi toque, estrujando mi pobre corazón.

Cuando abrió la boca, con un pequeño vistazo tuve suficiente: tenía la garganta roja e inflamada. Era amigdalitis. Necesitaba líquidos, antiinflamatorios y descanso. Mucho descanso.

—Quédate ahí tranquilo, ahora vuelvo —le dije antes de salir de la habitación hacia las escaleras.

Bajé y fui a la cocina para coger una botella pequeña de agua mineral. Luego pasé por el baño de la planta baja, en el que teníamos el botiquín, para coger un antiinflamatorio y un termómetro. Con todas esas cosas en mi poder, regresé a la habitación.

Después de tomarle la temperatura y darle la medicina, me tumbé a su espalda. Una vez que lo tuve entre mis brazos lo apreté entre ellos y lo atraje contra mi pecho. No pude resistirme a hacerlo, quería cuidar de él.

Ander suspiró y se removió entre mis brazos hasta que quedó colocado frente a mí, luego, se hizo un ovillo y enterró la cara en mi cuello.

Joder. Tenerlo así era como estar entre el paraíso y el infierno: no podía existir nada mejor; no podía existir nada peor.

—No me sueltes.

—Nunca —le respondí, y sentí cómo se me encogía el corazón.

Y así como así, mientras lo veía dormir entre mis brazos, todos los demonios que había dentro de mí se fueron. El mundo se puso derecho sobre su eje y me sentí en paz. Feliz. Completo. Tenerlo a mi lado acurrucado era perfecto. Era todo lo que quería y todo lo que no debía querer.

No era capaz de apartar la mirada de su cabeza enterrada en mi cuello. Encajaba tan bien allí. La vista era tan perfecta que parecía posible creer que era el lugar en el que debería estar. Como si estuviese hecho para dormir entre mis brazos.

Pasé horas solo mirándolo, hasta que, en algún momento de la noche, cedí a la tentación y alargué la mano para acariciar los mechones dorados de su pelo. Miré hipnotizado cómo los suaves mechones se deslizaban entre mis dedos. Tuve que reprimirme para no molestarlo al acariciar su cara.

Cuando llegó el amanecer, salí a hurtadillas de la habitación con mucho cuidado de no hacer ruido y despertar a Ander. Bajé las escaleras hasta la planta baja y, una vez allí, antes de salir al jardín, me puse las zapatillas que guardábamos en el armario de la entrada. Después de dar un par de vueltas para infundirme ánimos, me saqué el teléfono del bolsillo. Tenía que arreglarlo todo, mi avión salía dentro de unas pocas horas y yo necesitaba quedarme allí. Marqué el número de teléfono y esperé con el estómago apretado.

—Leire —dije su nombre, aliviado, cuando contestó al otro. Había tenido miedo de que estuviese ocupada con alguna urgencia.

—Buenos días, Nik —me saludó con alegría.

Leire era un cielo de persona.

—Necesito tu ayuda —le pedí yendo directo al grano, pues no tenía tiempo para perder y tampoco es que yo fuese una persona con mucha facilidad para las relaciones.

Esa misma tarde tenía que estar trabajando en el hospital. Como siempre, había apurado mi regreso lo máximo posible; hecho que jugaba en mi contra. Como Leire tuviera planes, estaba jodido.

—Me lo he imaginado, ¿sabes? No sueles llamar mucho por teléfono —me comentó riéndose.

Leire era una de las pocas compañeras con las que me llevaba bien. Siendo sincero, no es que fuera una persona muy sociable.

—No puedo regresar hoy a Madrid. Necesito que cubras mis turnos hasta que pueda volver —expliqué y, como se quedó en silencio, entendí que para hacerme semejante favor necesitaría al menos una explicación—. Ander está enfermo.

—¿Tu hermano? —me preguntó, y yo apreté la mandíbula.

Odiaba cuando la gente pensaba en Ander como mi hermano. No nos habíamos criado así; siempre habíamos sido amigos, desde el primer día en que nos conocimos.

—Sí.

—Oh, lo siento mucho. ¿Es grave? —indagó con voz preocupada.

Joder, no era grave, no.

—No, Leire, tranquila. Pero no quiero dejarlo solo estando enfermo.

—¿No vivía con tus padres? —continuó preguntando, con curiosidad y algo más. ¿Diversión?

—Sí —le contesté—, pero es que yo soy médico —me apresuré a añadir para que mi necesidad de quedarme se viese reforzada.

—¿Se ha roto algo?

—Esto…, no. Tiene amigdalitis. —Cerré los ojos cuando lo dije, pensando que tendría que haberme inventado algo que hiciese mi necesidad de quedarme un poco más creíble.

—Eres traumatólogo, igual que yo —puntualizó riéndose, ahora sí, de manera divertida.

—Ya.

No sabía qué más añadir. Explicado de esa manera, sonaba absurdo. Porque… Bueno, lo era. Deseaba quedarme, no porque Ander lo necesitase, sino porque yo quería estar a su lado.

—Ya sé a lo que te refieres: tu hermano necesita algo y el mundo se apaga. Ya lo he vivido antes —me dijo Leire riéndose.

¿Eran imaginaciones mías o sus palabras estaban cargadas de significado? ¿Acaso podía leer a través de mí? Cuando esa posibilidad pasó por mi cabeza, me asusté. Tenía mucho miedo de que alguien pudiese darse cuenta de lo que sentía de verdad por Ander. Sabía que mis sentimientos eran tan errados que muchas veces ni siquiera a mí mismo me gustaba pensar en ello. Reconocérmelo. Me resultaba mucho más fácil actuar como si no fuese verdad.

En mi cabeza razonaba una cosa y en alto decía otra. Esa era la historia de mi vida: la contención, el no ser nunca capaz de decir lo que de verdad pensaba por miedo al rechazo de los demás. Porque siempre había sentido que había un abismo entre los demás y yo. Como si continuamente estuviera actuando, como si no pudiera ser natural y como si el resto del mundo y yo no hablásemos el mismo idioma.

Solo había tres personas en el mundo con las que podía ser yo; no porque hablásemos el mismo idioma, sino porque teníamos uno propio para nosotros. Esos eran mis padres y Ander. Me sentía así con todos ellos, pero en especial con Ander. Aun así, siempre tenía miedo a que dejásemos de entendernos. El temor siempre había estado allí, escondido, casi invisible, pero yo sabía que estaba.

Por eso, todo lo demás perdía importancia cuando Ander me necesitaba, o se apagaba, como había dicho Leire, porque él era mi debilidad. Era la persona a la que más quería en el mundo. Lo era todo para mí y no podía perderlo.

Para hablar con los demás me vestía con mi disfraz de perfección. Con la ropa con la que nadie podía cuestionar que mi vida no importaba, que no aportaba a la sociedad, pero con Ander sentía que podía ser yo mismo. Que me quería por lo que era. Pensaba que si conseguía que jamás descubriera la verdad de lo que sentía por él, entonces siempre estaría a mi lado. Solo quería poder disfrutar de él, de su compañía y de su cariño.

—Entonces, ¿puedes hacerlo? —le pregunté, porque, a pesar de que hacerlo podía suponer que se diese cuenta de lo que sentía, quería quedarme.

—Vas a devolverme este favor en sangre. Que sepas que no pienso volver a hacer una guardia durante el fin de semana en meses.

—Trato hecho —acepté casi gritando por la emoción de poder quedarme.

Como siempre, me contuve de expresarlo en alto.

1 septiembre, 2019

A pesar de que Ander estaba medio sentado en la cama haciendo pucheros, yo me mantenía firme frente a él sujetando la sopa.

—Me duele mucho al tragar —repitió por tercera vez como si por no dejar de decirlo una y otra vez fuese a conseguir convencerme para que no lo obligase a comer.

—Ya, pero aun así tienes que hacerlo —insistí, y no pude evitar sonreír. Había llegado, ya hacía tiempo, a la conclusión de que no era consciente de lo tierno que resultaba—. Si no te tomas la sopa van a hacerte daño los medicamentos en el estómago.

Nuestro padre se asomó a la habitación cortando lo que Ander estaba a punto de decir.

—¿Todo bien, chicos?

—No. Nik está torturándome para que coma —se quejó Ander.

Nuestro padre se rio con ganas.

—Me parece, cariño, que el que está siendo torturado aquí es Nik. Está muy sobrepreparado para el trabajo de niñero.

—No, hombre, no soy su niñero; soy su médico —le respondí a mi padre guiñándole un ojo como parte de la broma.

Ander nos fulminó con la mirada, pero los dos sabíamos que, con su carácter dulce y bondadoso, no podía enfadarse durante mucho tiempo con nosotros por reírnos de él.

—Ahora en serio, hijos. Creo que no puede haber mayor satisfacción para un padre que saber que sus hijos van a estar el uno para el otro, siempre. Para cuidarse y acompañarse. Vuestra madre y yo podemos morirnos tranquilos.

—¡Nada de morirse! —gritó Ander.

Papá se rio tan fuerte que tuvo que doblarse hacia adelante para poder coger aire y no ahogarse de la risa.

2 septiembre, 2019

Ese día, en uno de los ratos en los que Ander se encontraba bien, nos pusimos a jugar a la consola. Lo miré y sonreí. Estaba medio acostado en la cama, ocupando todo el espacio que le era humanamente posible y, como si eso todavía le pareciera poco, tenía colocada una de sus piernas sobre las dos mías.

—Estás mucho mejor —le dije, aprovechando que había una pausa en el juego mientras se cargaba una pantalla nueva.

—No, que va. Para nada.

—Sí, lo estás.

—¿Eso quiere decir que vas a marcharte ya? —me preguntó dejando el mando sobre la cama e incorporándose para ponerse frente a mí.

—Tengo que hacerlo. —Ander me miró haciendo pucheros. ¿Por qué me hacía aquello? —. Tengo que volver al trabajo —añadí, más para convencerme a mí mismo que a él.

Tenía que mantenerme firme y resistir.

—Vaya —dijo poniéndose triste—. ¿Te vas hoy?

Negué con la cabeza.

—No, mañana.

Ander sonrió de oreja a oreja por mi respuesta.

—Quiero disfrutar del tiempo que nos queda —comentó, casi saltando en la cama.

Tragué saliva y bloqueé los pensamientos que me atravesaron la mente. Pensamientos sucios. Estuve a punto de sonreír, estaba seguro de que nuestras ideas de disfrutar el tiempo en común no eran las mismas.

3 septiembre, 2019

Desde hacía un día, Ander no tenía fiebre. Como se encontraba mucho mejor, casi había vuelto a ser el terremoto de siempre. Era maravilloso tenerlo de vuelta.

Mientras él bajaba a la cocina a desayunar, terminé de meter en la maleta la poca ropa que había utilizado durante esos días. Cuando llegué a la cocina, sonreí al verlo agarrando la taza de cacao caliente como si fuese una auténtica delicia; más teniendo en cuenta que era imposible que, cuatro días después de pasar una amigdalitis, el cacao le supiera a algo. Pero allí estaba él, sonriendo como si el mundo fuera un lugar maravilloso y no existiese nada más que bondad y felicidad. ¿Podía haber alguien más dulce que él? Lo dudaba. Siempre me había asombrado lo mucho que disfrutaba de las pequeñas cosas. Lo mucho que brillaba y sobresalía por encima de todos los demás. Era un ser puro.

Me obligué a apartar la mirada y a repetirme, por millonésima vez, que no estaba bien lo que sentía por él. Desvié los ojos hacia mi madre, que era, sin duda, un lugar mucho más seguro al que mirar. Al verla, también sonreí. Joder, era una mujer increíble. Estaba muy agradecido de que me hubiesen adoptado. Sabía que, de no haber sido así, mi vida nunca habría sido tan perfecta.

Mi madre, que era una mujer de éxito y gerente de su propia empresa, nos servía el desayuno con sus pantalones de pinzas grises impolutos, su camisa blanca de media manga y un delantal rosa. A pesar de que podía permitirse tener gente que atendiese todas las cosas de la casa veinticuatro horas al día, siempre había disfrutado de mimarnos y cuidarnos ella misma. No se podía tener unos padres mejores.

Me senté en uno de los taburetes de la mesa alta de la cocina, enfrente de Ander, exprimiendo al máximo los últimos momentos que me quedaban para verlo. Esos siempre eran los peores, los que me recordaban por qué no podía estar allí. Eran momentos en los que empezaba a ser consciente de que me faltaba poco para dejar de ver las cosas en colores resplandecientes, con sol y calor. Sabía que, en cuanto me montase en el avión y aterrizase en Madrid, volvería a tener mi propia nube gris encima de la cabeza. Volvería a sentir, como me pasaba cada vez que iba, que vivía a medias.

La voz de mi madre me salvó de mis pésimos pensamientos. A punto estuve de suspirar agradecido, hasta que me di cuenta de que estaba frente a mí, esperando a que le respondiese a algo.

—¿Qué has dicho, mamá? —le pregunté, ya que no había escuchado ni una sola palabra pronunciada.

—Te preguntaba que si la chica con la que hablabas la otra mañana era tu compañera.

—Ah, sí. Era Leire. Creo que ya te había hablado de ella.

De repente sentí un golpe fuerte en la espinilla.

—Joder —me quejé, llevándome la mano a la pierna y haciendo círculos sobre la zona dolorida para tratar de calmar el dolor punzante.

Miré a Ander. Estaba observándome con el ceño fruncido y parecía muy molesto.

—Lo siento —se disculpó, pero a diferencia de otras veces en las que me había hecho lo mismo, esta vez no parecía sentirlo para nada.

Lo observé extrañado. Incluso, durante unos segundos, dudé si no lo habría hecho aposta. Aunque enseguida deseché esa opción. Ander era una persona muy nerviosa y le costaba horrores estar quieto. Nuestros padres lo habían llevado al médico para que lo observasen por si era hiperactivo, pero lo habían descartado. Simplemente era una persona muy nerviosa e inquieta que siempre estaba moviendo las piernas, las manos… Era normal que, haciéndolo todo el tiempo, en alguna de esas veces te sacudiera un golpe. Quien se ponía frente a él, y lo conocía, sabía que estaba corriendo un riesgo.

Aparté la vista de su cara cuando escuché que mi madre hablaba de nuevo. Nuestros ojos se habían enganchado. Pensé, una vez más, en lo mucho que odiaba no poder leerle la mente.

—¿Y es guapa esa chica?

—No lo sé, mamá. Ya sabes que no me gustan las mujeres.

Ella no tuvo tiempo de contestarme, ya que, antes de que pudiese abrir la boca siquiera, Ander hizo un ruido muy fuerte desviando nuestra atención hacia él. Sonaba como si se hubiese atragantado con el cacao que estaba tomando. Cuando giré la cabeza en su dirección, mis sospechas se confirmaron. Estaba hecho un desastre. Con el cacao que le había salido por la boca e, incluso, por la nariz, se había manchado la camiseta y gran parte de la barra en la que estábamos desayunando, y boqueaba, desesperado por aire. Me observaba con los ojos muy abiertos, casi redondos, como si fuese la primera vez que me veía en la vida. No pude apartar la mirada de la suya, ni tampoco fui capaz de levantarme para ayudarlo a respirar. Estaba muy sorprendido. ¿Acaso Ander no sabía que era gay?

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